AVATAR O CATARSIS
Mucho han cambiado las cosas. Tal vez la transformación global que preconiza todo avatar ha culminado. Lejos quedan las películas que entretenían las tardes españolas de los sábados hace cuarenta años, y que por aquel entonces ya eran viejas. Imágenes en blanco y negro de vaqueros y de indios en que nosotros, a caballo ya entre el vino con gaseosa y la coca-cola, nos identificábamos con el colonizador blanco, el John Wayne de dos metros que simbolizaba el Bien, contrapunto del “piel roja” personificación de la sombra, del Mal. Gritos de júbilo estallaban en la pantalla y nos contagiaban de su alegría cuando desde un acorazado americano alcanzaban los aviones pilotados por los “diablos amarillos”. Tampoco mirábamos con extrañeza a aquellos blancos estirados dirigiéndose a las minas del rey Salomón mientras los amos de la tierra, unos negros serviles, hacían de porteadores, y veíamos de lo más normal la inclinación de un hindú con turbante ante el amo inglés llamándole “Saïb”, es decir, señor, en Delhi.
Cada pueblo exorciza sus demonios como puede y el arte, sobre todo el séptimo, sirve de psicoanálisis, así pues, ya en los setenta la películas triunfalistas, autocomplacientes y adoctrinadoras de allende los mares acallaron sus ecos; en nuestra piel de toro se acuñó aquello de “el destape nacional”, la efervescencia de todo lo reprimido. Richard Wirmack, Bogart, Grant o Gable dieron paso a los Landa, Ozores, Pajares y Esteso, locos por alguna vecinita picantona; mientras España, beata y provinciana se desnudaba del otro lado del Atlántico nos llegaban los primeros filmes, de tinte amargo, que cuestionaban la guerra, todas las guerras, todos los imperialismos. La selva inhóspita de Vietnam era la pesadilla de la que no podían huir unos marines que caminaban por el filo de la navaja, atrapados en el laberinto verde de la locura en “Apocalypsis Now” una de las primeras obras que golpeó las conciencias americanas.
La visión fue ampliándose en películas más amables pero no menos introspectivas; en “Bailando con lobos” la conciencia blanca, encarnada en un rubio, anglosajón y protestante (WASP, el americano total) Kevin Costner, penetra en el alma indígena y “la ve”, en términos de los habitantes de Pandora.
Y llegamos al último trabajo de de J. Cameron, de nuevo una cita con la rapiña humana. Al igual que en “Encuentros en la tercera fase” los visitantes son seres muy evolucionados, a saber, muy tecnológicos y muy pequeños, sólo que esta vez los alienígenas somos nosotros (ex marines) y no vamos en son de paz. En esta ocasión los hombres palidecemos en tamaño ante los “Na´vi” cuya grandeza, además de en su altura, reside en la conexión energética o espiritual entre ellos y todas las partes de su mundo, formando con el resto de las especies una unidad multiforme, idea que encontramos en todas las tradiciones nativas de los cinco continentes: el Hombre en equilibrio con la naturaleza, y que ahora la industria del cine exporta a las estrellas.
Desde mi butaca, esas criaturas forman parte del inconsciente colectivo norteamericano, las síntesis de todas las razas subyugadas. Su esbelta figura y su complexión nos recuerdan a los magníficos batusi o masaï esclavizados con otras etnias africanas en las grandes plantaciones sureñas; ágiles y rápidos, desnudos o vestidos, según se mire, como los habitantes de la sabana, con sofisticados peinados de trenzas, como ellos, pero a la vez exhibiendo sienes rapadas que forman crestas típicamente apaches, arapahoes o mohicanas, por no hablar de sus pinturas de guerra y los adornos de plumas. Subidos a sus monturas, mitad caballo mitad dinosaurio, recortados sobre un fondo de selva asiática, los “na´vi” avanzan hacia el triunfo de los pueblos oprimidos, lanzando flechas envenenadas sobre la invencible maquinaria bélica de los invasores (nosotros). No obstante su poder militar, los ex marines, ahora mercenarios utilizan en la película las mismas artes de guerra que empleaba Julio César: para someter a un pueblo hay que destruir sus símbolos sagrados, como ocurrió con el bosque de los Carnutes, corazón espiritual de la Galia celta, arrasado por Roma y donde ahora se alza otro bosque, esta vez de piedra, la catedral de Chartres, erigida al dios de los cristianos.
En una apoteosis de efectos especiales surgen las eternas cuestiones de la Humanidad: el ser humano duerme y tiene que despertar a una nueva realidad. Es el alma lo que hace al Hombre y lo lleva más allá de sí mismo: el espíritu de un paralítico se proyecta en otra dimensión adoptando un cuerpo “na´vi” y se convierte en un avatar para esa especie. Y al final, la parte masculina es la que salva de la opresión, pero la parte femenina salva de la muerte.
A veces la película más comercial nos puede ayudar a crecer como personas.
CARMEN MUÑOZ
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