Los Jardines del Drac

Carmen Huerto, Carmen Muñoz y Jordi Martínez

Archivo para 09, 2010

Alejandro Casona

El próximo día 17 se cumplen cuarenta y cinco años de la muerte de  Alejandro Rodríguez Álvarez,  a quienes algunos llamaban el”el Solitario” y al que todos conocemos como Alejandro Casona.

          Casona  nació en Besullo, una aldea de Cangas de Nacea en Asturias y murió en Madrid el 17 de septiembre 1965. Fue escritor, poeta, articulista, pero sobre todo destacó como un genial draaturgo. En muchos lugares y publicaciones podéis encontrar su biografía y su exitosa bibliografía.

     En el pasado he podido visitar varias veces su aldea de nacimiento y constatar que no fue en la Casona dónde nació o habitó Alejandro Rodríguez, aunque él mismo lo dijera en New York y a unos periodistas y a quién quería preguntárselo y es por eso, que así lo aseguran sus biógrafos. Tampoco tiene siete balcones la casa en cuestión. Sin embargo, Casona trasmite el alma de Besullo y de toda Asturias en sus escritos: la Dama del Alba o La casa de los siete balcones, así lo atestiguan. Y su estilo drámatico y lírico destaca en toda su producción literaria. La sirena varada; Los árboles mueren de pie; Nuestra Natacha o Siete gritos en el mar, son parte de sus perlas literarias.

               Hace unos pocos años gané un concurso de relatos con una obra que quería destacar la personalidad del autor y su constante relación con la muerte ( la Dama del Alba). Aquí os lo inserto, para vuestro disfrute y como un pequeño homenaje al maestro.

 

  

                             

                                                             LA DAMA DEL BOSQUE  

                                                                        por

                                                               Jordi Siracusa            

       Sé que ha venido, que está ahí, entre el público que abarrota la sala. Sé que ha venido al estreno, que no quiere perderse mi última obra: sabe que es ella y sólo ella la protagonista.

           Me refugio entre bastidores y desde allí espío a los que van tomando asiento en  platea. Encerrado en mi mundo de tramoyas, decorados y fantasía la espero. La intuyo. Quizá esté ya dentro de mí, disputando el aire a mis células, haciéndose espacio entre mis órganos. Quizá esté sentada en las primeras filas aguardando a que el telón se levante, deseosa de verse representada.  La presiento como el día que la conocí, allá, en Asturias,  en mi lejana aldea.

         Besullo está muy cerca del Paraíso. Las aldeas asturianas del interior se pierden entre frondosos bosques y alegres ríos trucheros. Por las noches la carpa celestial que las cubre  se puebla de millones de estrellas: luminosas ciudadanas del cielo, verdaderos ojos de un universo extraño y eterno. Escenario para la fantasía y las noches de amor.  El aire en la aldea es limpio, la ausencia de ruidos provoca una sensación de tranquilidad y bienestar. Las casas van elevándose a lo largo de la calle principal por encima de la vega. Desde la aldea baja un camino hacia “El Pradón” frente al cual está la capilla de Las Veigas. El mismo camino que bajan y suben los romeros el día de su patrona.

            A pesar de haberme marchado de la aldea a los siete años, regresaba cada verano. Me sabía las caprichosas formas de los castaños de Las Veigas de memoria. Mis más hermosos recuerdos vagan todavía por aquellos parajes.  Cada uno de los troncos vacíos y heridos de los árboles fueron fortaleza, trinchera, refugio o jardín encantado. Por las noches, sobre todo en las hermosas noches de verano, las estrellas de Asturias eran mis confidentes y amigas. Allí, tumbado de cara a la inmensidad, pretendí mil veces contar las luces que con tanta generosidad me ofrecía el cielo. Era  feliz. Por esas razones volvía cada verano a mi aldea.   El reencuentro con los amigos de infancia y de juegos se me antojaba como una bendición. La palabra amigo era sinónimo de alegrías compartidas, de meriendas en el río, de bailes, de fiestas. La palabra amigo me traía siempre dulces sensaciones, pero sobre todo, me inundaba de una tremenda ternura. Ternura  y  sentimiento por  aquellos compañeros  para los que el tiempo  pasaba exageradamente veloz convirtiéndoles prematuramente en  hombres y surcándoles el rostro de desengaños. Aquellas gentes hospitalarias, amables y sencillas, sólo tenían  sus propios valores y un pedazo de tierra. Unos en la superficie, con los distintos tonos verdes con que se pintan  los prados y los cultivos; otros, en la mina, tierras ocres y negras de carbón. Y todos, unos y otros, en el campo santo.  Mi primera visita era siempre para “La Casona”. Era, La Casona,  un hermoso edificio rectangular situado en el centro de la aldea. Sus balcones dominaban las calles y caminos de tierra que atravesaban el lugar. Era mi lugar preferido, mi castillo. En mi imaginación de adolescente  la había hecho “mía”. Y nada más cierto porque las cosas, como las personas, son del que las ama no del que las posee. Jamás cuatro paredes consiguieron despertar tanto cariño y admiración como la que yo sentía  por la mansión. Aquel era mi lugar de encuentro y el primer destello al llegar a la aldea, la primera mirada, el primer suspiro. . . el regreso.

           Recuerdo aquel día como hoy mismo. La leche recién ordeñada, el pan todavía caliente, y los “freisuelos” con miel fueron mi desayuno. Disponía de toda la mañana.  Mis amigos estaban en el campo ayudando a sus padres; desde la ventana de la cocina los veía trasegar con la hierba o llevar las vacas a pastar. Los gritos y silbidos llamando a  los animales rasgaban el silencio y llegaban a mis oídos  como una canción amada de agradable y familiar armonía. Era la melodía de la aldea que la ninfa Eco devolvía alegre desde las cercanas montañas.  Bajé a la Veiga saludando a cuantos encontré a mi paso. A pesar de la hora, el calor  ya se hacía notar; al llegar al Pradón no pude resistir lanzarme al mar de hierba y revolcarme por el heno. Quedé tendido boca arriba mirando la capilla, el pequeño templo parecía estar colgando del cielo sujetado por un invisible hilo. Lancé un profundo suspiro, me parecía increíble estar allí ¡lo había deseado tanto!  Pegué un brinco,  corrí hacia el bosque y me adentré en él.  Los helechos  parecían inclinarse y saludarme. Miré  los enormes castaños esculpidos por el viento. Todo olía a humedad, a una agradable fragancia  que anunciaba la presencia cercana del río. Todo estaba vivo y en movimiento, todo sentía: las plantas, las flores, los árboles, hasta la tierra. . . húmeda y viva.  Mi fértil imaginación  se disparaba con el entorno, cada rincón del bosque me parecía perfecto para imaginar una historia; en cada cueva, adivinaba la guarida de algún mitológico animal  que allí dormía desde hacía siglos, y en cada paisaje me parecía advertir la presencia de algún ser fantástico. 

           La memoria me traía todos y cada uno de los cuentos que el viejo Antón  me había relatado. Amaba a todos los personajes que en ellos aparecían: el Cuélebre, misterioso dragón que habita en los bosques de Asturias, a veces, bondadoso; otras, terrible y vengativo. Los Trasgu: pequeños duendes capaces de hacer  prodigios  y   pesadas bromas; las  Xanas: bellas y misteriosas doncellas, mezcla de hadas y de ninfas que  acostumbran a bañarse en los innumerables ríos  asturianos y  otorgan deseos a las aldeanas y aldeanos que se cruzan en sus caminos.  El bosque brindaba la posibilidad de toparse con uno de estos seres maravillosos. Y yo sabía que estaban allí, esperando cada verano mi regreso. ¡Ah, el viejo Antón!, sabía como nadie contar las quiméricas historias y las increíbles leyendas que escondía el bosque, lo hacia en la puerta de su casa, cuando los mayores dormían la siesta, en voz baja y con tintes misteriosos; acariciándose la barba cada vez que el cuento llegaba al punto culminante.  Llegué al río y me quedé largo rato contemplando las limpias y transparentes aguas. En algunos recodos quedaba momentáneamente atrapada asemejando un espejo; sin apenas movimiento,  la clara superficie sólo se rompía por la aparición de alguna golosa trucha en busca de un apetitoso insecto. En todo su recorrido, ya fuera en los tranquilos pozos o en los agitados cambios de nivel, el río mantenía su cristalina condición permitiendo ver todo su limpio lecho. Las piedras, algunas ramas, las plantas ribereñas, todo, servía de refugio y guarida a los cientos de truchas que sesteaban tranquilamente. Me senté en el tosco puente de madera.

           En aquel maravilloso entorno algo llamó mi atención, allá más lejos, en un pequeño claro de la ribera, se adivinaba la figura de una mujer aparentemente dormida. Se trataba de una hermosa  joven reclinada sobre su lado izquierdo con su larga cabellera rubia flotando sobre la hierba. Se cubría con una túnica de color claro de imposible relación con cualquier gama de colores. No era blanca y sin embargo, el tono de la prenda, no podía catalogarse como gris. Era de un extraño color perla que bajo el efecto del sol parecía más nítido y en las zonas de sombra más oscuro. Una guirnalda de pequeñas florecillas le rodeaba la frente a la bella. Mi corazón  dio un brinco ¡Era ella! ¡La Xana del río!  Me levanté como un resorte, atravesé el puente y sigilosamente, me acerqué a la desconocida procurando no ser visto. La observé con deleite. Comparada con las mujeres de las aldeas era delgada, no de una delgadez exagerada, se trataba de una esbeltez exótica,  equilibrada y estéticamente correcta. Miré sus manos: unas manos largas y perfectas con unos hermosos dedos de artista. No había duda, se estaba realizando uno de mis deseos más queridos: ver una Xana. Hada de los bosques y reina de los ríos.  Quise contemplar más de cerca aquel rostro y sin darme cuenta, me encontré sentado a medio metro de ella. Una extraña sensación me recorrió la espalda. A  pesar de mi sigilo no pude evitar que mi presencia despertara a la durmiente. La mujer  se incorporó algo sobresaltada. Mi primera impresión se vio satisfecha por entero: era una beldad. No obstante, sus facciones, extremadamente duras, disipaban en parte su belleza.

            -¿Te he asustado? – pregunté, esbozando una sonrisa de disculpa. Ella me devolvió la sonrisa.

            – No, no me asusto fácilmente -  respondió visiblemente divertida. Su voz sonó lejana, distinta.

           El río pareció callar y un extraño silencio, ausente de ecos del bosque, ofrecía un insólito escenario a nuestra conversación:

           – Entonces. . .  ¿no te importa que te haya despertado?

           – No, en absoluto, debí de quedarme dormida. Tenía que ir a buscar a alguien,  pero ya no es posible. . . llego tarde y ahora deberé esperar un largo tiempo.

           -¿Se enfadarán contigo?

           – En este caso, no. Me esperaban; sin embargo, se alegraran de que no vaya.

           – ¿Por qué? ¿No te quieren?

           – A veces sí, me desean, me llaman. Pero habitualmente no soy bien recibida.

           Traté de  decirle que a mí sí me gustaba, pero callé. Durante un buen rato hablamos y hablamos. La conversación giró en torno al bosque y sus fantásticos habitantes. Y nuestras risas volaron por un entorno silencioso e intranquilo.

           -   Debo marcharme, es ya muy tarde. . . o quizás muy pronto – dijo ella.

         No entendí sus palabras. No obstante, le sonreí. Era la forma de agradecerle su agradable conversación. Ella trató de devolverme la sonrisa; sin embargo sólo consiguió dibujar una extraña mueca. Nos despedimos sobre el viejo puente. La mujer desapareció entre los árboles y yo corrí hacia el pueblo, feliz por el encuentro. El río inició de nuevo su murmullo y los sonidos de los animales del bosque se volvieron a escuchar, los árboles parecieron animarse. El bosque volvía a ser bosque.

           Al llegar a Besullo me dieron la noticia. La pequeña Alicia – una vecinita de la aldea – había sufrido una terrible caída desde la panera donde jugaba. El fatal vuelo había terminado con un tremendo golpe en la cabeza de la niña. Cuando sólo quedaba el recurso de las lágrimas y los rezos, cuando todo estaba perdido, la niña se recuperó milagrosamente. Unos días más tarde, Alicia, me contaba su “aventura”. Con la  descriptiva sencillez de los niños, la pequeña desgranó los momentos antes de la caída, incluso recordaba el imposible salto. Luego, acercando su carita a mi oído, me relató la parte más extraña  de su historia. La pequeña recordaba que en su inconsciencia pudo adivinar una brillante luz al final de un largo camino. Atraída por la luz había avanzado hacia la claridad, segura de que alguien la estaba esperando, pero al llegar al final del sendero se encontró sola, sin saber qué hacer frente aquel sol luminoso, regresó sobre sus pasos. Me impresionó el relato de Alicia. Durante días dos temas me obsesionaron: la aventura de mi pequeña amiga y el encuentro con la extraña dama. La inminencia de las fiestas del pueblo me hizo olvidar un poco ambas cuestiones.

           Un cohete surcando el azul cielo de Besullo anunció que se iniciaba la procesión. Los gaiteros convirtieron el aire en sonido y los romeros iniciaron la bajada a las Veigas. Mozas ataviadas con el traje típico asturiano rodeaban las imágenes que eran portadas a hombros.  Hay sensaciones que nos llegan y  quedan  dormitando en nuestra piel. Hasta que un sonido, un aroma, o un grito las despiertan y vuelven a pasearse por nuestras neuronas devolviéndonos recuerdos que nos pertenecen y a los que pertenecemos. Una de esas sensaciones fue siempre el recuerdo del cohete anunciando el inicio la fiesta. El repicar de campanas, el olor a manzana, o el peculiar lamento de una gaita me acompañaron siempre, incluso después de muchos años y muy lejos de Asturias. Son recuerdos de la aldea, de mi infancia; tantos, que cuando tuve que escoger un seudónimo para mi oficio de escritor, periodista, cuentero y autor teatral, mi elección evocó aquella casona lejana y querida. Dejé de ser Alejandro Rodríguez para convertirme en Alejandro Casona.

           La gente se arremolinaba para ver a los romeros portando a su Virgen. Y Allí, entre los lugareños y visitantes que esperaban en la ermita que bajara la procesión, me pareció verla. ¡Sí, era ella! La extraña dama del bosque. Bajé corriendo adelantándome a la romería. Grité tratando de llamar la atención de mi nueva amiga; en aquel preciso instante la traca de cohetes y voladores empezó su ruidosa ofrenda  elevándose en pos de un cielo azul y maravillosamente cercano. El olor a pólvora y el humo cubrieron los alrededores de la ermita. Sólo pude ver cómo la dama desaparecía en el camino. La fiesta continuó; las gaitas sonaron por toda la Veiga iniciando el baile y el olor a sidra y rosquillas de anís se extendió por los prados vecinos. Sobre los manteles tendidos en la hierba aparecieron empanadas, pollo, ternera, el lacón y el excelente arroz con leche. A la siesta, bajo la sombra de acogedores árboles y de mullidas alfombras de hierba, siguió un animado baile. Los niños jugaban a pillarse entre los danzantes y los mozos buscaban a la moza de sus sueños entre trago y trago de sidra. Al anochecer, el baile y la bebida habían hecho estragos entre las cristianas huestes que empezaron a retirarse. Entre las despedidas  y los postreros rayos solares, me pareció ver a mi amiga alejarse con el viejo Antón; él parecía feliz y tranquilo.

           A la mañana siguiente el pueblo amaneció tarde; el olor a pan y empanada recién hecha volaban de un lado a otro de Besullo. Una noticia truncó la alegría de todos: el viejo Antón había aparecido muerto en su cama. Todo el mundo se sentía un poco culpable, nadie había notado su ausencia en la fiesta y el anciano había muerto solo en su cabaña. Les consolaba saber que, Antón, con sus cerca de cien años y  múltiples achaques había confesado en más de una ocasión sus deseos de descansar.  Sentí la pérdida de Antón. Él me había introducido en el mundo de la fantasía y la mitología. No comenté con nadie que le vi en compañía de la dama. En el entierro lloré amargamente y aunque no pude verla, noté la presencia de mi extraña amiga. Los días pasaron veloces como sólo pasan los días de vacaciones y la felicidad. Pero aquel atardecer quedaría en la memoria de todos. En la mina donde trabajaban muchos de los habitantes del “Concejo de Cangas”, el grisú, la terrible venganza de la tierra, había dejado atrapado a cinco mineros, dos de ellos vecinos de Besullo.   Los compañeros de galería contaban cómo el olor a metano pudrió el aire, una terrible explosión les ensordeció y la tierra engulló, en calientes bocanadas, a los cinco infortunados. Todos los hombres disponibles se trasladaron a la boca de la mina. Las mujeres acudían a consolar a los familiares de los mineros. En los rostros se podía ver el miedo; aquel miedo  tantas veces repetido: el temor de tantas y tantas salidas a la mina para ganar el pan.   El descombro de las galerías dañadas era lento y engorroso. Si estaban vivos, cada segundo era vital. Los mineros lloraban y  alguien maldijo a la muerte. Nadie se acostó aquella noche esperando noticias. Sin saber por qué mis pasos se dirigieron al río. La vi coger el camino de la mina. Corrí hasta darle alcance, me situé frente a ella y le miré a los ojos. La dama me devolvió la mirada:

                 -  Debo hacerlo – susurró.                  

                 Busqué su mano, aquella hermosa pero fría mano. Un extraño sentimiento nos invadió. Sin decir palabra la dama me miró, dejó una suave caricia en mi mano, giró sobre sus pasos y se alejó. Llegaba el alba. Volví a casa con lágrimas en los ojos,.  amanecía y en el pueblo todo era regocijo: los mineros habían sido milagrosamente rescatados.

                                                                                 Epílogo

           La volví a ver años más tarde, sobre una piel de toro ensangrentada por el odio entre hermanos y la ambición de los dictadores. Y en los lugares donde el exiliado pasa hambre de alimentos y hartura de nostalgias, y en las ciudades donde se enriquecen los poderosos. Y la retraté en mis libros, tal como es; tal y como queremos que sea  cada uno de nosotros. Y ahora sé que está aquí, en el estreno.  Mientras la compañía saluda al público y me llaman para compartir aplausos y éxitos, la presiento.

En la segunda fila, sobre el centro, se ha roto un corazón. . . ¡ella ha venido a mi estreno!           

                                                                                Fin

 Placa de Alejandro Casona en Besullo

 

Escrito por jordi