Los Jardines del Drac

Carmen Huerto, Carmen Muñoz y Jordi Martínez

Archivo para 10, 2010

EL COLECCIONISTA DE ESQUELAS- CARMEN HUERTO

      

“Vivo sin vivir en mi
  Y tan alta vida espero
  Que muero porque no muero”

   Santa Teresa de Jesús

 
                                                                                                                           
  
Coleccionaba esquelas desde que tenía uso de razón. Podía haber comenzado una colección de llaveros, sellos, vitolas, chapas de champán, bolígrafos, cromos de fútbol, latas de refrescos, muñecas Barbie, monedas, zapatos, fotografías autografiadas por famosos, miniaturas de colonias, barcos de guerra u otras mil zarandajas que se les pudiesen ocurrir en Septiembre a los creadores de fascículos que hacen que los quioscos se transformen en un bazar de todo a un euro; pero no, el coleccionaba esquelas.
 

  

Cuando era niño, los domingos se repartía en casa el periódico como si de un pastel se tratase, los deportes y noticias para su padre, ecos de sociedad e internacional para su madre, su hermano mayor acaparaba los crucigramas y las páginas de humor y el abuelo las cartas al director y los anuncios de contactos, así que la única hoja huérfana de la que él podía disponer era la de efemérides y necrológicas; esto, unido a su prodigiosa memoria, transformó a Atanasio en un espécimen extraño del que todos los amigos huían. 
En realidad daba miedo cuando, invitado a cualquier cumpleaños de un compañerito de clase, entregaba el regalo con la siguiente frase: 
-El día de tu nacimiento, 24 de Mayo de 1962, jueves, en la ciudad de Mettingen (Alemania) se prohíbe que las mujeres lleven bikini en los baños públicos de la ciudad. –O también –Tal día como hoy 2 de Julio de 1903, como efecto de la enmienda Platt, el gobierno de Cuba concede a Estados Unidos el puerto de Guantánamo para construir una base naval. -Imaginen la cara de estupor de los invitados y el soponcio del cumpleañero asustado ante semejante perorata y más cuando el padre, presente en la fiesta, y declarado anti americanista propinaba un puñetazo sobre la mesa soltando un “mecagoendiez” y poniendo el suelo perdido de refrescos. Únicamente dos, fueron las invitaciones recibidas en su periplo estudiantil, una de su vecina, obligada por eso de compartir ascensor con la madre y otra de un niño nuevo que, por supuesto, al año siguiente, no repitió.   


                    Así que, la ausencia de amigos y el reparto dominical, lo convirtió en un ser solitario y obsesionado con la muerte; su único compañero de juegos era aquel trozo de papel que tintaba sus manos cada domingo. Frente a la paella, en aquella casa, no se hablaba, se leía el periódico. 
Una sobremesa hizo un intento:  

–Tal día como hoy 2 de Mayo de 1944, martes el Instituto de Investigaciones de la Marina de guerra presenta una ración de alimentos que consta sólo de tabletas, para ser utilizada por los supervivientes en caso de naufragio –Levantó los ojos para ver el impacto causado por su descubrimiento; su padre, de rostro cambiante dependiendo de la fotografía de portada, seguía oculto tras el diario, sordo a cualquier cosa que tuviese que ver con su familia, el abuelo eructó amodorrado tras atiborrarse de vino barato, mientras su madre recogía los restos del banquete refunfuñando ante los granos de arroz que flotaban dentro del vaso bordeado de grasa del anciano; y su hermano, hacía meses que no se sentaba con ellos a la mesa, durmiendo hasta las cuatro de la tarde tras la cogorza del sábado.
  

Visto el éxito de su intento de conversación se levantó de la mesa, cogió las tijeras del costurero y un tubo de pegamento Imedio y se encerró en su cuarto con la arrugada página. Despejó el escritorio de soldaditos de plástico verde, aquellos monocolor que comprabas al por mayor en un sobre y atrincherabas bajo la cama a la espera de tomar la colina de la mesa de estudio; éstos eran los vencedores pero fueron relegados sin piedad al suelo de los sometidos para poder extender la hoja sobre ella y deslizar con cuidado la mano para hacer desparecer las arrugas. 
No había sido un mal día para la Parca, ocho hombres y tres mujeres, concluyó tras una primera ojeada mientras recortaba con precisión los cuadraditos negros. A sus doce años y con la capacidad de análisis correspondiente a un adulto sacó sus primeras conclusiones: Las esquelas de los hombres suelen ser de mayor tamaño que las de las mujeres, acaso porque a las viudas no les importa malgastar el dinero heredado honrando a sus cónyuges o quizás porque ellas cuando lo hacen ya son viudas y los hijos son más rácanos respecto a sus progenitores. Aquello siempre supuso un problema para Atanasio a la hora de conservar su colección, obligándole siempre a duplicar la cantidad de espacio destinado al género masculino. Un par de cuadernos en espiral, azul para ellos y rojo para las mujeres fueron los comienzos de lo que llegaría a ocupar mil diez volúmenes en cuero índigo y ochocientos treinta y dos en grana, con hermosas letras doradas, perfectamente numerados y clasificados por orden alfabético. 
En un principio se obligó a salir de casa buscando en las hemerotecas las esquelas de sus abuelos maternos y de la yaya Paca arrancando con disimulo y sin pudor las páginas obituarias correspondientes. Sobre una cartulina negra trazó un preciso árbol genealógico, sólo de segunda generación, en cuyas ramas pegó el botín de sus pesquisas adhiriendo un cuadradito blanco en reserva de los espacios aún por ocupar; después, como si de un trabajo escolar se tratase, escribió con rotulador dorado los nombres de los futuros ocupantes a la espera de su correspondiente esquela. El detalle y la minuciosidad con las que realizó la labor, adornado con hermosos ángeles dorados, con abigarradas volutas enlazadas entre sí, le hubiesen permitido obtener un sobresaliente en expresión artística, pero al finalizar el trabajo enrolló con cuidado la cartulina atándola con una cinta, dorada por supuesto, introduciéndola posteriormente en la maleta roja que le habían regalado para su comunión y que nunca había usado. Ya sólo sería abierta cada vez que uno de los espacios en blanco fuera sustituido por el oportuno recorte de periódico. 
Convirtiéndose en un antropólogo de la expiración, gustaba analizar con detalle cada una de sus adquisiciones considerando que, una simple esquela daba la suficiente información para reconstruir, sin conocerlo, la vida del finado. La esquela familiar proporcionaba datos tales como la edad, número de hijos y a veces, por desgracia, aparecía la madre del interfecto (los padres raramente sobrevivían a los hijos, pero algunas madres tenían la desdicha de hacerlo); muchos hijos y esquela grande era signo de elevada posición social, más si junto a ésta aparecía las correspondientes a los empleados de su empresa, compañeros de asociación y ya el colmo de la importancia era que las fuerzas vivas “no te olvidasen”. Daban también información acerca de las creencias religiosas, profesión e incluso, a veces, de la causa de la muerte. 
Sus preferidas eran aquellas que en una esquina, intentando pasar desapercibido, un epitafio mandaba su mensaje final. Imaginaba al cadáver ojeando el periódico a la mañana siguiente vertiendo las lágrimas que ya no podía derramar al leer “que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero”, estaba convencido que, en estos casos, entre el remitente y el destinatario había quedado todo dicho.   

Los ordenadores le facilitaron mucho las cosas, permitiéndole obtener listados por edades, por fecha de defunción, por orden alfabético, por número de hijos. También le facilitaba el localizar determinadas curiosidades tales como personas con el mismo nombre y apellido merecedoras de un archivo especial que él llamaba “Personas Muertas Dos Veces” e incluso se había dado el caso de que algún nombre apareciese tres veces pero poca gente contaba con esa tercera oportunidad. 
También rompía el orden estricto de archivo con aquellos nombres y apellidos fuera de lo común, alabando unas veces y vilipendiando otras, al destino que hacía enamorarse a personas con apellidos tan poco comunes como Condón Triste o padres con un deformado sentido del humor que jugaban con la dignidad de los hijos bautizándolos con nombres como Elena Nito del Bosque, Aida Grima o Aitor Menta y ya el colmo de la estulticia de aquellos que, demasiado influidos por la cultura televisiva, castigaban con nombres como Kevin Costner de Todos los Santos. 
Raramente encontraba esquelas imaginativas fruto, la mayoría de las veces, de desquites póstumos: La “Casi-ex” despechada agradecida por heredar antes de consumar el divorcio que dedicaba una ínfima parte de la herencia en su desagravio particular o un empleado vengativo que gastaba parte de la paga extra para resarcirse de las humillaciones infringidas por un jefe déspota al que no se atrevió a enfrentarse en vida. 
Los muertos consumían su vida mientras el número de archivos crecía sin control. “La muerte ocupa demasiado espacio”, reflexionó cuando su cuarto quedó reducido a la mínima expresión, ocupado por estanterías repletas de archivadores; quizás por eso no le importó abrir de nuevo, en medio del dolor, la maleta de su comunión y desplegar el árbol genealógico, el día que su hermano se estrelló contra un árbol que, según su madre sumida en la desesperación, se le había interpuesto en el camino de casa. Heredó así la habitación que aún llamaban “del abuelo” y que su hermano había ocupado desde que al hombre se lo encontraron muerto una mañana con la sección de contactos en la mano y una sonrisa en los labios, el mismo día 17 de Agosto de 1999 en que el presidente estadounidense Bill Clinton admitió, por primera vez, que había tenido una “relación inapropiada” con la ex becaria Mónica Lewinsky.   


       La esquela fue colocada con cariño en el espacio destinado a tal efecto agradeciéndole el detalle de cederle un nuevo hueco para colocar sus anaqueles; tres casillas en blanco sobre la oscura cartulina permanecían ávidas, esperando nuevos inquilinos, la de sus padres y la suya. No sentía aprensión, hacía mucho que convivía con espectros y perdido el miedo a la muerte por lo que se recreó deslizando durante unos instantes los dedos sobre los huecos aún vacios, volviendo a enrollar seguidamente el cartón y guardándolo de nuevo en la maleta cual si fuese su más preciado tesoro.
Sin embargo, enseguida tuvo que volver a abrirla cuando su madre incapaz de soportar la angustia de un hijo enterrado y el otro muerto en vida, decidió dejar que la suya se escapase apagándose poco a poco sin que nadie se percatase de ello, y su marido, refrendando la teoría de Atanasio de que la mayoría de viudos sobreviven a sus esposas un máximo de tres años a causa de la vida disipada, la mala alimentación y la falta de cuidados, no tardó en hacerle compañía. 
La casualidad quiso que su padre falleciese el día 21 de Mayo del año 2002, justo treinta años después de que el mismo día, un domingo de 1972 en la Catedral de San Pedro en Roma un perturbado daña seriamente con un martillo la famosa escultura de la Pietà, de Miguel Ángel y Atanasio Cerbero crease un árbol genealógico confeccionado con esquelas comenzando así su extraña colección. Aquel día colocó el póster frente a su cama de manera que era la última cosa que vislumbraba al acostarse y la primera que aparecía ante sus ojos por la mañana o, ¿acaso el cartel velaba su sueño desde la pared? 
Comenzó a no dormir, a ayunar, más por desgana que por desidia, a descuidar su higiene obsesionado por aquella cartulina mellada que le atraía hasta el punto de pensar en el suicidio. ¿Quién completaría su obra cuando faltase? ¿Quién recortaría su esquela pegándola después con cuidado en el sitio que siempre le había correspondido? Esa misma mañana tomó una decisión, la más importante de su no-vida, sólo se necesitaba él mismo para llevarla a cabo y por muy poco dinero. Realizadas todas las gestiones para llevar a buen puerto su plan, aquella noche durmió de un tirón cosa que no hacía en los últimos meses. 
Entreabrió los ojos, espiando entre las pestañas con un disimulo rayano en el ridículo, al fin y al cabo estaba ante una hoja de cartón; luego se levantó acercándose a la pared en un acto de desafío y tal como estaba, en pijama, bajó corriendo al buzón a recoger el diario de la mañana abriendo impaciente las hojas obituarias. Recortó con pulcritud las esquelas del día colocándolas en sus respectivos álbumes e introduciendo los datos en el ordenador como cada mañana. Parecía haber olvidado una sobre la mesa; pequeña, recatada sin fecha ni panegírico, sin esposa, sin padres, sin hijos, sin amigos; sólo un nombre, el suyo, Atanasio Cerbero nacido el 2 de Julio de 1961, el mismo día que el escritor estadounidense Ernest Hemingway se suicida a la edad de 61 años. 
Cubrió con pulcritud el reverso del recorte con pegamento procediendo a completar ceremoniosamente el puzle. Retrocediendo unos pasos sin apartar los ojos de aquel pedazo de cartulina que durante años había frenado su vida, se sintió por primera vez vivo; había muerto.
Un hombre camina por la calle con una maleta roja vacía, indocumentado, sin dinero. Nadie entiende por qué sonríe.   

                                                                                                   FIN   

    

   

     

 

Escrito por Jardines del Drac

LEED LOS CUENTOS DE VEINTIDÓS GRULLAS DORADAS

Os informamos que nuestro libro de relatos “Veintidós Grullas Doradas” se ha agotado. Esta feliz noticia, trae como consecuencia que muchos amig@s se hayan quedado sin leer nuestros cuentos.
A partir de hoy y con periodicidad quincenal aparecerá uno de ellos hasta completar los veintidós. En menos de un año tendréis toda la colección en nuestro blog.
Empezamos con el prólogo y coincidiendo con la noche de difuntos el del arcano sin nombre, es decir el XIII y que se trata del cuento de Carmen Huerto, El coleccionista de esquelas. ¡A disfrutar! Al final de cada relato podéis hacer vuestros comentarios y críticas que serán siempre bien recibidos.

                                                                  PRÓLOGO

                    “-¿Quieres decirme, por favor, qué camino tomar para salir de aquí?

                     - Eso depende  mucho de adónde quieres ir- respondió el Gato.

                      -Poco me preocupa a dónde ir- dijo Alicia.

                      -Entonces poco importa el camino que tomes- replicó el Gato.”

                                                                                                                                   Lewis Carroll.  

                                                                                                      Alicia en el País de las Maravillas.       

 

            En las páginas de este libro encontrarás veintidós senderos. Todos ellos están basado en la experiencia vital que subyace en cada uno de los arcanos del Tarot. No importa por cual empieces, pero sí que los bebas  todos.

            Te invitamos a viajar a través del tiempo y el espacio, recorriendo el extremo Norte del lado Oeste, hacia el Sur de una tierra al Este del Edén, desde el reino ¿imaginario? del Preste Juan hasta el universo virtual encerrado en el fondo de un caleidoscopio. Un viaje geográfico del Mediterráneo a Hiroshima, de Nueva York a un pueblo cualquiera de nuestra geografía. Un viaje realista, surrealista, onírico o iniciático, depende de ti, donde encontrarás hombres-lobo, casas encantadas y palomas dentro de una chistera. Un viaje en el tiempo: El Toledo del siglo XV, la Guerra Civil española o el 20 de diciembre de 2012, último día en que el Quinto Sol se alzará en el horizonte. Un viaje interno, al centro de ti mismo, atrapado en las líneas de una carta de amor o en los pliegues de una bandera republicana. Y por último un viaje hacia lo alto, hasta la luna, subido en una cometa. 

            En cada volumen encontrarás una carta del Tarot incluida al azar, no busques en ella otros significados que los que tú mismo elijas, si acaso te sugerimos que empieces la lectura por el relato correspondiente a este arcano, quizás tenga algo especial que decirte. Deseamos hacerte sonreír, reflexionar, recordar, intuir, emocionarte, embriagarte y hacerte vivir algún momento de “Nuncajamás”, inefable y breve como el paso de un ángel.

Feria del Libro de Zaragoza 2010

Carpa de la Feria del Libro de Zaragoza 2010

Escrito por Jardines del Drac

LA CONCIENCIA DE LAS MARIPOSAS

Debido a las peticiones de muchos amigos y con el consiguiente permiso de la Fundación Max Aub, os ofrecemos el cuento de Carmen Muñoz, que como os informamos en su día fue finalista del Premio Internacional de Cuentos Max Aub en su XXIV edición.

 

CARMEN MUÑOZ ARIZA

                             LA CONCIENCIA DE LAS  MARIPOSAS
 

      Los ojos del coyote seguían el vuelo de las plumas de quetzal. Con mirada brillante se recreaba en el devenir de aquellas dagas incruentas que acuchillaban el viento en la tarde mejicana. La presa seguía poseída por la atávica danza, ofrenda tardía al Quinto Sol que moría un poco más cada día.

     No tenía prisa, estaba condenada,  y se divertía dejándole creer que era todavía un ser libre. Más tarde hincaría los colmillos sobre su cuello robándole el aliento, suavemente, haciéndole saber quien era desde entonces el amo de su vida. Cualquier gesto brusco, cualquier intento por zafarse apretaría el abrazo de sus mandíbulas, estrangulándola, pero aún había tiempo y a él le gustaba ser generoso con sus víctimas.

     Los pies, protegidos por los cactli  golpeaban el suelo en cada salto haciendo sonar las ajorcas alrededor de los tobillos. Sólo los encumbrados podían llevar esas sandalias de tiras de cuero, el resto de la población vivía descalza, parecía no dolerles los guijarros que se les clavaban en las plantas o, al menos, no se quejaban. Antes de comenzar la danza el guerrero se había despojado de su tilmatli, que llevaba sujeto al hombro y cuyos dibujos, entramados de oro y plata, indicaban su alta posición en el rango militar, era un pilli, un héroe. Un rico pectoral oscilaba en cada envite de su pecho al compás de la música monótona, dura y repetitiva que llevaba al éxtasis. Sartales de caracolas y turquesas  acorazaban sus músculos desnudos. No podía dejar de bailar. Los ricos brazaletes de sus brazos lo aferraban como grilletes a la alta posición que detentaba, la de los señores de aquella tierra. Su cabeza se estremecía debajo del penacho de plumas de aves raras como un arco iris enfebrecido. La sangre en sus venas recorría su cuerpo obligándole a sacudirse al dictado de la memoria de sus antepasados. El tiempo había detenido su loca carrera y parecía en suspenso hasta que el último golpe de timbal lo sacó del trance. El poderoso azteca volvió a ser un pobre campesino sin tierra.

.profesorenlinea.

...como un arco iris

     Con cuidado guardó sus galas, como le gustaba llamar a su plumado disfraz, en una caja de cartón sobre el armario del cuartucho que compartía con cinco hermanos desde que el mayor de ellos, Miguel, lo había abandonado para dirigirse a la tierra de los gringos. Una torpe carta, escrita tres meses después de su partida,  les había anunciado que había cruzado la línea divisoria por algún punto de los tres mil quinientos kilómetros de frontera que separaban las dos civilizaciones. Sumergirse en las aguas del río Grande a nado suponía el bautismo que lo convertía en hijo bastardo de  “la gran puta del norte”, un “wet back” o “espaldas mojadas”. Él sería el siguiente.

     Se enfundó sus “jeans” gastados, una camiseta de colores comidos por las lavadas y las deportivas nuevas que escondía debajo de la cama para quitarlas de la vista de sus compañeros de dormitorio, que las miraban golosamente. Ya en la calle, Emiliano se dirigió hacia la plaza festiva en la que hacía un rato se había sentido un amo del mundo, un príncipe de la guerra precolombino. Apoyado en la pared del bar, el coyote lo esperaba con un tequila en la mano. Aunque anochecía, el traficante de ilegales cubría su frente sudorosa con un sombrero tejano y una estrella de plata de cinco puntas ceñida al cuello tapaba el primer botón de su camisa. Entre las rendijas de su mirada oblicua de indio, vio venir a su cliente.

     – Qué hay de bueno, Francisco- saludó Emiliano.

     – Te he dicho que me llames Frank, Francisco es nombre de muertos de hambre como tú ¿has entendido?- El muerto de hambre apretó los dientes y sostuvo la mirada. El recuerdo de una chica le dio fuerzas.

     – Si, Frank.

     – ¿Has traído el dinero?- preguntó el coyote.

     – Si, Frank- respondía Emiliano con falso servilismo. En su interior sabía que tenía que doblarse ante su yugo si quería liberarse de las cadenas de un futuro sin esperanzas.

     Los gruesos dedos del traficante contabilizaron los dólares y su gesto adusto se suavizó. Apoyando su pesado brazo sobre los hombros del campesino lo invitó a un trago y lo condujo al interior de la cantina. El joven se dejó llevar.

      -Mañana a las seis, aquí mismo. Estate preparado o me voy sin ti, no tengo ningún problema en llenar tu plaza, y no te devolveré los pesos si no vienes, los negocios son los negocios- dijo Frank. El trato estaba cerrado. Emiliano fue al encuentro del amor. 

     Atravesando  cúmulos y estratos, viajando en una gota de agua, expandiéndose en cada ráfaga de aire que besa primero la cara de un niño en América Latina y abraza después la cintura de una mujer blanca y azul como el paisaje de su tierra de hielo, flotando entre la niebla que reboza los árboles todavía dormidos, abrasada por los rayos impíos que tuestan la arena de los desiertos, la conciencia penetra en la Naturaleza. Puede bañar los objetos y los seres de forma lenta, impregnándolos hasta que la materia de la que están hechos nota su peso. A veces desciende como un rayo que ciega y cauteriza. Y todo se mueve. Las moléculas se agitan dentro de cada cuerpo y se ponen al mando de la Vida, que se expande en círculos concéntricos. Lejos ya de nosotros, esa vibración conduce los soles y los planetas hasta el centro de las galaxias.

     Nadie sabe donde se aposenta, tal vez no tenga una base anatómica sobre la que descansar y cualquier conjunto de átomos pueda servir de receptáculo: el tímpano en el que choca la música, los dedos que acarician, los ojos que buscan un nuevo horizonte, las alas de una mariposa.

     El tronco del oyamel quedó súbitamente desnudo. Como un solo ser, miles de mariposas monarca emprendieron el vuelo. Habían recibido el mensaje de partir, cuando los días se hacían más largos y la tibieza del aire lamía sus alas. Millones de congéneres habían consumado su ciclo en esas montañas: nacer, reproducirse y morir, un círculo completo que duraba de dos a cinco semanas. Sus hijas, las que ahora tomaban el relevo, dejarían su vida en suspenso hasta completar un viaje de cuatro mil kilómetros hacia el norte. Los Grandes Lagos, en la frontera de Estados Unidos y Canadá serían los testigos y beneficiados: polinizarían flores y pintarían los bosques, sólo entonces podrían transmitir sus genes, antes de que algún guijarro del suelo o el estómago de un pequeño animal les sirviera de tumba. Para ello disponían de un tiempo extra. Las que consiguieran terminar su epopeya habrían alcanzado casi la inmortalidad, nueve meses de vida. Más de mil años para un hombre.

...mariposas monarca

     En silencio cargaron sus cosas. Francisco, Frank, esperaba al volante con el motor al ralentí a que todos tomaran asiento. La furgoneta se puso en marcha con seis personas a bordo: cinco ilegales y el traficante que los conducía dócilmente por una senda plagada de incógnitas. Ninguno miró hacia atrás, nadie habló, el golpe seco de la portezuela al cerrarse  sirvió de saludo.

     Demasiado nervioso para rendirse al sueño de la madrugada, Emiliano contemplaba levantarse el día a través de la ventanilla. El vaho de su aliento se interponía entre él y el paisaje como una cortina de preguntas sin contestar que el joven se esforzaba por disipar con la manga de su camisa pero antes, ocultando el gesto a sus compañeros, escribía con dedo amoroso un nombre de mujer en la superficie blanquecina.

     Habían tomado la carretera que conducía al norte desde las tierras luminosas y pobres del sur de Méjico. Cuanto más avanzaban menos acogedora les parecía la primavera que comenzaba, acostumbrados como estaban a la generosidad de su sol. El primer día transcurrió casi por completo en el mutismo, cortado de vez en cuando por las secas palabras del coyote

     – Cinco minutos para una meada y seguimos. No se alejen mucho o me voy sin ustedes.

     Al atardecer se salieron de la ruta y buscaron una carretera secundaria. Acamparon en un pequeño bosque. Unas cuantas latas de conserva calentadas al calor de una hoguera les sirvió de cena. La luz de las llamas hacía brillar los rostros y, por primera vez, se miraron unos a otros.

     Se levantaron temprano y, como obedeciendo a una ley no escrita, continuaron en silencio la marcha. Después de atravesar una Querétaro somnolienta, la renqueante furgoneta se dirigía hacia San Luis de Potosí. La antigua riqueza minera de la región le había valido este apelativo, hermanada gracias a la plata de sus entrañas con las ricas minas bolivianas de las que había tomado el nombre. Su fortuna procedía ahora de la industria y el comercio. Tal vez no les hubiera resultado muy costoso a aquellos hombres encontrar un trabajo de obrero en una de sus fábricas con el que alimentar una familia; sin embargo, miraban al frente sin detener la vista en el tejido urbano que les rodeaba. Sus sueños estaban poblados de multinacionales en las que trabajar de ocho a cinco, grandes carros con el depósito lleno, pantallas de televisión en la que rubias y esculturales modelos anglosajonas les sonrieran mostrando la sonrisa de la abundancia y después, tras haber ofrendado su sudor en los nuevos altares, volver unos días a sus pueblitos moribundos  con las manos llenas. Para eso habían estado escarbando la tierra durante años, doblando la espalda sobre los surcos para recoger el fruto. Separando monedas y pequeños billetes de los míseros salarios para pagar el precio de la usura, un viaje hacia un destino incierto.

     Un ruido ronco anunciaba problemas. La furgoneta perdió velocidad hasta pararse. Malhumorado, Francisco, bajó del coche y levantó el capó

     -¡La hija de la gran puta, se ha chingado el motor!- aulló el coyote- no podemos seguir-, los demás intercambiaron miradas de preocupación.

     -Vamos a tener que pasar la noche aquí mismo, en la cuneta. El pueblo más cercano está a veinte kilómetros, lo digo por si quieren cenar- apostilló burlonamente.- Si no logramos  arreglar la avería tendré que conseguir un nuevo vehículo y eso costará tiempo y dinero ¿está entendido? los imponderables corren de su cuenta. Miró las caras mestizas que se ensombrecían.

     -Si, ya sé que llevan poco dinero encima pero seguro que sus familiares les pueden ayudar. No se preocupen ya pagarán en destino.

 Un sonido ahogado, triste como una queja no expresada se escapó de una garganta, pero nadie dijo nada. Con las tripas vacías intentaron conciliar el sueño. Tan sólo algún coche tardío iluminaba la noche sin pan de aquellos infelices. Emiliano se juró recordar esa sensación y luchar a vida o muerte para no volver a ser poseído por ella. Más tarde, el chasquido efervescente de una lata que se abría desveló al muchacho. Dentro de la furgoneta, en la oscuridad, el traficante se regalaba unos tragos y unas viandas.

     La nube de mariposas abandonó su santuario de invierno en las montañas de Michoacán. Presintiendo abril, desplegaron las alas y las entregaron a los vientos. Así, mecidas por las corrientes de aire se dejarían arrastrar sin ofrecer resistencia, como minúsculas cometas zafándose del cabo que las sujeta a unas manos. No eran tantas como otros años; muchas de las que habían llegado en octubre desde Canadá habían seguido su vuelo sin detenerse en sus refugios ancestrales. Las monarca necesitan bosques apretados, lujuriosos, para aposentarse, una especie de capullo protector formado por las altas ramas de los oyameles donde vivir a salvo. A ras de suelo, las poblaciones humanas precisaban de la madera para su supervivencia. Apilados en los caminos, grandes troncos esperaban los camiones que los llevarían a los aserraderos. Tarde o temprano ni mariposas ni hombres podrían seguir viviendo en aquellos valles arrasados. Imitando a sus vecinas,  los campesinos de la región extenderían sus alas y buscarían nuevos territorios, al norte, donde dicen que hay comida en abundancia y un futuro mejor para sus hijos; para unos y otras una carrera de obstáculos en la que sólo unos cuantos llegarían a la meta.

...en las montañas de Michoacán

     El coyote parecía intranquilo, apretaba el celular a su oreja y hablaba a gritos mientras caminaba nerviosamente en ambas direcciones. Las noticias que se filtraban a través del minúsculo artefacto parecían no satisfacer sus deseos. Las patrullas fronterizas habían redoblado esfuerzos y su compinche del otro lado estaba inmovilizado en “el corralón”, el centro de detención de ilegales de El Paso, en Texas.  Recluidos entre esas paredes, gentes dispares esperaban ser repatriados: blancos descendientes de españoles, italianos o judíos askenazis, indios de todas las etnias del subcontinente austral, negros y mestizos, unidos todos por un alma que se expresa en la misma lengua, el castellano.

       No era la primera vez ni sería la última, Alfredo Morata, Fred desde hacía unos años, tenía tanta habilidad para dejarse atrapar por “la migra” como para zafarse de ella. Formaba parte de su “job” como llamaba eufemísticamente a su labor para ayudar a cruzar la frontera a sus compatriotas. Antiguo “wet back”, acompañaba a los ilegales en su incursión en Estados Unidos. Cuando olisqueaba un “jeep” de la pasma ocultaba a los mejicanos en algún zulo y les daba instrucciones por si no volvía en veinticuatro horas, luego salía al encuentro de la policía y se dejaba atrapar, esquivando la suerte de los ilegales. No podían hacerle nada, tenía papeles y, aunque sospechaban de él, jamás lo habían pillado traficando con seres humanos. Era cuestión de días o de horas y saldría libre. Al otro lado, la suerte de unos hombres quedaba en suspenso.

     -Decidan-, comunicó Francisco cuando terminó de hablar por teléfono. – O tomamos a la izquierda, por Chihuahua a Ciudad Juárez para cruzar por El Paso o tiramos recto hasta Piedras Negras y atraviesan la frontera por Eagle Pass-, terminó. Uno de los compañeros de Emiliano, un tal Rubén, que recorría el mismo trayecto por tercera vez, fue el primero en hablar

     -¿Qué posibilidades tenemos en cada caso?- la ingenua pregunta dibujó una torcida sonrisa en el coyote, a veces hasta él mismo sentía lástima de esos miserables.

     – Si vamos a  El Paso contarán con la ayuda de mi compadre, Fred, y les será más fácil tener éxito, pero no sabemos cuánto tendremos que esperar, mi socio está detenido y tiene a los “polis” sobre su pista y yo no voy a perder mi tiempo con ustedes a menos que ajustemos de nuevo el precio.

     Protestaron, gritaron, maldijeron al coyote y a la vida perra que les había tocado vivir, algunos se llevaban con impotencia las manos a la cabeza y otros, como Emiliano, cerraban los dedos crispados sobre las palmas convirtiendo unas manos que sirven en puños que luchan. Desprovisto de todo adorno, aquel gesto otorgaba de nuevo al danzante azteca su condición de guerrero.

     Francisco estaba acostumbrado a estas reacciones y sabía manejarlas, sólo en contadas ocasiones había sacado a pasear su “pipa” como medida disuasoria

     – Si deciden ir a Piedras Negras mañana mismo podrán atravesar a nado el Río Grande, conozco algún recodo tranquilo y con poca vigilancia, aparte de eso, tendrán que contar ustedes con sus propias fuerzas. Les daré las direcciones de unas cuantas granjas que no piden documentos y contratan “espaldas mojadas”. Lo que les suceda a partir de entonces será cosa suya- concluyó.

     El cenzontle espera entusiasmado la caravana multicolor que todas las primaveras cae como una lluvia de confeti de las alturas. Las mariposas monarca se creen protegidas por el escudo venenoso que les proporcionan las asclepias, las flores anaranjadas que son su fuente principal de alimento. Los alcaloides venenosos de estas plantas impregnan sus tejidos haciéndolas poco apetecibles para pájaros, ratones y lagartos. Los llamativos colores de sus alas, de tonos ambarinos bordeados en negro, ponen sobre aviso a los posibles depredadores de su toxicidad, pero esta avecilla, llamada también calandria americana, ha aprendido a distinguir las partes comestibles de estos insectos convirtiéndose en su verdugo. Aunque  nada tiene que ver con la calandria del otro lado del Atlántico, los primeros pobladores europeos le dieron ese nombre por compartir la rara habilidad con la que despliega su canto, capaz, incluso, de imitar el de otras aves y la música de los hombres. Después de volar durante horas por encima de las nubes, a una altura de mil metros, recorriendo distancias de hasta ciento veinte kilómetros, de controlar la posición de sus alas para no gastar energía, después de enfrentarse al choque con otras especies migratorias o de perder el rumbo por alguna violenta ráfaga de aire las monarcas descienden al atardecer para posarse en los troncos y ramas de los árboles, pero antes deben esquivar los picos de los cenzontles, que aguardan vigilantes su llegada.

...el cenzontle espera

     Como un solo ser cubren troncos y ramas, las unas sobre las otras, en un afán de no perder calor y poder atravesar la noche sin dejarse vencer por el frío. En la oscuridad, el ruido de sus alas parece un rumor de papel de seda arrugado. A veces, vencidas por su excesivo número, caen al suelo húmedo del bosque y quedan condenadas. Las que permanecen aferradas no podrán abandonar su improvisado lecho hasta que el sol caliente y la temperatura del aire alcance dieciséis grados centígrados.

     Tenía demasiado miedo para sentir miedo. Ni siquiera el abrazo helado del agua llegaba a su conciencia. No podía dejar el menor resquicio para la duda; la más pequeña  excusa no debía retenerle a este lado del mundo o se arrepentiría toda la vida. Se había despojado de sus deportivas, las había atado  por sus cordones  colocándolas alrededor de su cuello; esperaba que no se le enredaran en la garganta durante la travesía. Sus pies sintieron el seco contacto de la tierra de Méjico antes de ser engullido por el río; la próxima vez que tocaran suelo sería el suelo de otros, hijos de emigrantes como él, pero de eso hacía tanto tiempo que ya no se acordaban.

     Una pequeña mochila a la espalda era el ajuar con el que comenzaría una nueva vida; dentro, algo de ropa, unas fotos, unos dólares y el reloj que heredó de su padre, envuelto todo en unos plásticos para preservarlo del agua. En la memoria, la dirección y el número de teléfono de su hermano Miguel (¿”Maicol”?) en San Antonio y el recuerdo de la futura madre de sus hijos “americanos”.

     La noche cerrada daba sentido al nombre de aquel lugar, Piedras Negras, y teñía de negrura también a los hombres que se atrevían a desafiar  la muerte: almas negras, miedo negro, esperanza negra. Se habían alineado como soldados delante del imponente cauce haciendo acopio de valor cuando la furgoneta del traficante había abierto las puertas y soltado su carga en un camino pedregoso. Ni siquiera había acompañado su despedida con las luces de los faros iluminándoles el trayecto. Un gajo de luna era la única claridad que tenían para guiarse. Emiliano, con el agua a las rodillas, veía mojarse la espalda de un compañero que avanzaba unos pasos por delante. Por detrás gemidos, sollozos, el llanto de Rubén golpeando con los puños el agua: “No sé nadar” creyó oír, pero no se volvió.

     La corriente lo llevaba río abajo. Luchaba por avanzar en sentido transversal pero su cuerpo ancho y macizo no estaba hecho para cortar el agua sino para caminar interminablemente bajo la mirada abrumadora del sol. Algún remolino hundía su cabeza y apretaba el lazo de los cordones de su calzado, como un cordón umbilical enredándose en su cuello, mientras flotaba en un líquido amniótico que debía abandonar si quería nacer a una nueva vida. Sintió la angustia de venir al mundo. El peso del pequeño fardo que transportaba se le hizo insoportable y tuvo que deshacerse de él. Libre ya de todo, con la esperanza como única carga, sus brazos fibrosos consiguieron alcanzar la otra orilla. Se arrastró unos metros y se echó a llorar. Estaba solo, tenía hambre y frío. Tendido sobre su espalda mojada miraba la noche a su alrededor; le parecía tan negra e inhóspita como la de su tierra.

     Debía seguir caminando si no quería sufrir de hipotermia. Miraba a un lado y otro para descubrir algún indicio de los otros hombres, sin hacer ruido para no ser descubierto. Súbitamente se hizo de día y una luz cegadora le hizo cerrar con fuerza los ojos llevándose las manos a la cara. Estallaron colores y comenzó a bailar su danza guerrera haciendo sonar las ajorcas alrededor de sus tobillos, mientras sartales de caracolas y turquesas subían y bajaban orgullosas al compás de su pecho. Sus pies obedecían al ritmo del timbal y sus pulmones se llenaban de los aromas de las resinas quemadas que endulzaban el aire con sus volutas rizadas. Era un príncipe azteca, un amo del mundo.

     Un dolor insoportable en su flanco derecho lo sacó de la inconsciencia. Se levantó la camiseta húmeda y un círculo violáceo apareció en el lugar  donde había impactado la bala de goma. Una coraza sanguinolenta, como una red de collares de coral y amatista cubría su costado. Apretó el brazo contra su pecho y se acurrucó en el suelo, rodeado de flores anaranjadas, bajo un abismo tan azul que parecía desconocer las tormentas.

     Se quedó largo tiempo mirando hacia arriba, hasta que una lluvia de confeti comenzó a caer sobre él. Las mariposas monarca descendían de las alturas para libar el néctar de las asclepias antes de continuar rumbo al norte. Emiliano reconoció aquellos insectos que vivían en cálidos refugios al sur de su tierra hasta que la conciencia sacudía sus alas y las empujaba a dejar sus bosques de oyameles. Las miró revolotear nerviosas e insoportablemente frágiles, entregadas confiadamente a los caminos de viento que las llevarían a su nuevo hogar hasta que, como un solo ser, levantaron el vuelo. Emiliano se puso en pie penosamente, conteniendo el dolor de la herida con una mano mientras con la otra intentaba agarrarse a las alas de las mariposas. Alucinado por la fiebre se sintió una de ellas y le pareció volar. El miedo se disipó y se rindió a su destino. Creyó que unas manos invisibles lo sujetaban y lo conducían. Aún no había acabado el viaje para ninguno de ellos pero la frontera quedaba detrás. Muchos de esos seres de papel conseguirían alcanzar la meta; tal vez él fuera uno de ellos. Como único equipaje llevaba en la memoria las señas de su hermano y el amor de una mujer.

     Al atardecer divisó lo que debía de ser una granja.

     -Could you help me, please?- preguntó  en un improvisado  inglés de supervivencia.

Los ojos irlandeses del granjero se clavaron en Emiliano.

     -¿Wet back?

     – Yes.

     – Come in.                                     

     En un bosque cercano cientos de árboles se vestían de alas.

                                                                    FIN

... cientos de árboles se vestían de alas.

Escrito por Jardines del Drac