“Vivo sin vivir en mi
Y tan alta vida espero
Que muero porque no muero”
Santa Teresa de Jesús
Cuando era niño, los domingos se repartía en casa el periódico como si de un pastel se tratase, los deportes y noticias para su padre, ecos de sociedad e internacional para su madre, su hermano mayor acaparaba los crucigramas y las páginas de humor y el abuelo las cartas al director y los anuncios de contactos, así que la única hoja huérfana de la que él podía disponer era la de efemérides y necrológicas; esto, unido a su prodigiosa memoria, transformó a Atanasio en un espécimen extraño del que todos los amigos huían.
En realidad daba miedo cuando, invitado a cualquier cumpleaños de un compañerito de clase, entregaba el regalo con la siguiente frase:
-El día de tu nacimiento, 24 de Mayo de 1962, jueves, en la ciudad de Mettingen (Alemania) se prohíbe que las mujeres lleven bikini en los baños públicos de la ciudad. –O también –Tal día como hoy 2 de Julio de 1903, como efecto de la enmienda Platt, el gobierno de Cuba concede a Estados Unidos el puerto de Guantánamo para construir una base naval. -Imaginen la cara de estupor de los invitados y el soponcio del cumpleañero asustado ante semejante perorata y más cuando el padre, presente en la fiesta, y declarado anti americanista propinaba un puñetazo sobre la mesa soltando un “mecagoendiez” y poniendo el suelo perdido de refrescos. Únicamente dos, fueron las invitaciones recibidas en su periplo estudiantil, una de su vecina, obligada por eso de compartir ascensor con la madre y otra de un niño nuevo que, por supuesto, al año siguiente, no repitió.

Así que, la ausencia de amigos y el reparto dominical, lo convirtió en un ser solitario y obsesionado con la muerte; su único compañero de juegos era aquel trozo de papel que tintaba sus manos cada domingo. Frente a la paella, en aquella casa, no se hablaba, se leía el periódico.
Una sobremesa hizo un intento:
–Tal día como hoy 2 de Mayo de 1944, martes el Instituto de Investigaciones de la Marina de guerra presenta una ración de alimentos que consta sólo de tabletas, para ser utilizada por los supervivientes en caso de naufragio –Levantó los ojos para ver el impacto causado por su descubrimiento; su padre, de rostro cambiante dependiendo de la fotografía de portada, seguía oculto tras el diario, sordo a cualquier cosa que tuviese que ver con su familia, el abuelo eructó amodorrado tras atiborrarse de vino barato, mientras su madre recogía los restos del banquete refunfuñando ante los granos de arroz que flotaban dentro del vaso bordeado de grasa del anciano; y su hermano, hacía meses que no se sentaba con ellos a la mesa, durmiendo hasta las cuatro de la tarde tras la cogorza del sábado.
Visto el éxito de su intento de conversación se levantó de la mesa, cogió las tijeras del costurero y un tubo de pegamento Imedio y se encerró en su cuarto con la arrugada página. Despejó el escritorio de soldaditos de plástico verde, aquellos monocolor que comprabas al por mayor en un sobre y atrincherabas bajo la cama a la espera de tomar la colina de la mesa de estudio; éstos eran los vencedores pero fueron relegados sin piedad al suelo de los sometidos para poder extender la hoja sobre ella y deslizar con cuidado la mano para hacer desparecer las arrugas.
No había sido un mal día para la Parca, ocho hombres y tres mujeres, concluyó tras una primera ojeada mientras recortaba con precisión los cuadraditos negros. A sus doce años y con la capacidad de análisis correspondiente a un adulto sacó sus primeras conclusiones: Las esquelas de los hombres suelen ser de mayor tamaño que las de las mujeres, acaso porque a las viudas no les importa malgastar el dinero heredado honrando a sus cónyuges o quizás porque ellas cuando lo hacen ya son viudas y los hijos son más rácanos respecto a sus progenitores. Aquello siempre supuso un problema para Atanasio a la hora de conservar su colección, obligándole siempre a duplicar la cantidad de espacio destinado al género masculino. Un par de cuadernos en espiral, azul para ellos y rojo para las mujeres fueron los comienzos de lo que llegaría a ocupar mil diez volúmenes en cuero índigo y ochocientos treinta y dos en grana, con hermosas letras doradas, perfectamente numerados y clasificados por orden alfabético.
En un principio se obligó a salir de casa buscando en las hemerotecas las esquelas de sus abuelos maternos y de la yaya Paca arrancando con disimulo y sin pudor las páginas obituarias correspondientes. Sobre una cartulina negra trazó un preciso árbol genealógico, sólo de segunda generación, en cuyas ramas pegó el botín de sus pesquisas adhiriendo un cuadradito blanco en reserva de los espacios aún por ocupar; después, como si de un trabajo escolar se tratase, escribió con rotulador dorado los nombres de los futuros ocupantes a la espera de su correspondiente esquela. El detalle y la minuciosidad con las que realizó la labor, adornado con hermosos ángeles dorados, con abigarradas volutas enlazadas entre sí, le hubiesen permitido obtener un sobresaliente en expresión artística, pero al finalizar el trabajo enrolló con cuidado la cartulina atándola con una cinta, dorada por supuesto, introduciéndola posteriormente en la maleta roja que le habían regalado para su comunión y que nunca había usado. Ya sólo sería abierta cada vez que uno de los espacios en blanco fuera sustituido por el oportuno recorte de periódico.
Convirtiéndose en un antropólogo de la expiración, gustaba analizar con detalle cada una de sus adquisiciones considerando que, una simple esquela daba la suficiente información para reconstruir, sin conocerlo, la vida del finado. La esquela familiar proporcionaba datos tales como la edad, número de hijos y a veces, por desgracia, aparecía la madre del interfecto (los padres raramente sobrevivían a los hijos, pero algunas madres tenían la desdicha de hacerlo); muchos hijos y esquela grande era signo de elevada posición social, más si junto a ésta aparecía las correspondientes a los empleados de su empresa, compañeros de asociación y ya el colmo de la importancia era que las fuerzas vivas “no te olvidasen”. Daban también información acerca de las creencias religiosas, profesión e incluso, a veces, de la causa de la muerte.
Sus preferidas eran aquellas que en una esquina, intentando pasar desapercibido, un epitafio mandaba su mensaje final. Imaginaba al cadáver ojeando el periódico a la mañana siguiente vertiendo las lágrimas que ya no podía derramar al leer “que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero”, estaba convencido que, en estos casos, entre el remitente y el destinatario había quedado todo dicho.
Los ordenadores le facilitaron mucho las cosas, permitiéndole obtener listados por edades, por fecha de defunción, por orden alfabético, por número de hijos. También le facilitaba el localizar determinadas curiosidades tales como personas con el mismo nombre y apellido merecedoras de un archivo especial que él llamaba “Personas Muertas Dos Veces” e incluso se había dado el caso de que algún nombre apareciese tres veces pero poca gente contaba con esa tercera oportunidad.
También rompía el orden estricto de archivo con aquellos nombres y apellidos fuera de lo común, alabando unas veces y vilipendiando otras, al destino que hacía enamorarse a personas con apellidos tan poco comunes como Condón Triste o padres con un deformado sentido del humor que jugaban con la dignidad de los hijos bautizándolos con nombres como Elena Nito del Bosque, Aida Grima o Aitor Menta y ya el colmo de la estulticia de aquellos que, demasiado influidos por la cultura televisiva, castigaban con nombres como Kevin Costner de Todos los Santos.
Raramente encontraba esquelas imaginativas fruto, la mayoría de las veces, de desquites póstumos: La “Casi-ex” despechada agradecida por heredar antes de consumar el divorcio que dedicaba una ínfima parte de la herencia en su desagravio particular o un empleado vengativo que gastaba parte de la paga extra para resarcirse de las humillaciones infringidas por un jefe déspota al que no se atrevió a enfrentarse en vida.
Los muertos consumían su vida mientras el número de archivos crecía sin control. “La muerte ocupa demasiado espacio”, reflexionó cuando su cuarto quedó reducido a la mínima expresión, ocupado por estanterías repletas de archivadores; quizás por eso no le importó abrir de nuevo, en medio del dolor, la maleta de su comunión y desplegar el árbol genealógico, el día que su hermano se estrelló contra un árbol que, según su madre sumida en la desesperación, se le había interpuesto en el camino de casa. Heredó así la habitación que aún llamaban “del abuelo” y que su hermano había ocupado desde que al hombre se lo encontraron muerto una mañana con la sección de contactos en la mano y una sonrisa en los labios, el mismo día 17 de Agosto de 1999 en que el presidente estadounidense Bill Clinton admitió, por primera vez, que había tenido una “relación inapropiada” con la ex becaria Mónica Lewinsky.

La esquela fue colocada con cariño en el espacio destinado a tal efecto agradeciéndole el detalle de cederle un nuevo hueco para colocar sus anaqueles; tres casillas en blanco sobre la oscura cartulina permanecían ávidas, esperando nuevos inquilinos, la de sus padres y la suya. No sentía aprensión, hacía mucho que convivía con espectros y perdido el miedo a la muerte por lo que se recreó deslizando durante unos instantes los dedos sobre los huecos aún vacios, volviendo a enrollar seguidamente el cartón y guardándolo de nuevo en la maleta cual si fuese su más preciado tesoro.
Sin embargo, enseguida tuvo que volver a abrirla cuando su madre incapaz de soportar la angustia de un hijo enterrado y el otro muerto en vida, decidió dejar que la suya se escapase apagándose poco a poco sin que nadie se percatase de ello, y su marido, refrendando la teoría de Atanasio de que la mayoría de viudos sobreviven a sus esposas un máximo de tres años a causa de la vida disipada, la mala alimentación y la falta de cuidados, no tardó en hacerle compañía.
La casualidad quiso que su padre falleciese el día 21 de Mayo del año 2002, justo treinta años después de que el mismo día, un domingo de 1972 en la Catedral de San Pedro en Roma un perturbado daña seriamente con un martillo la famosa escultura de la Pietà, de Miguel Ángel y Atanasio Cerbero crease un árbol genealógico confeccionado con esquelas comenzando así su extraña colección. Aquel día colocó el póster frente a su cama de manera que era la última cosa que vislumbraba al acostarse y la primera que aparecía ante sus ojos por la mañana o, ¿acaso el cartel velaba su sueño desde la pared?
Comenzó a no dormir, a ayunar, más por desgana que por desidia, a descuidar su higiene obsesionado por aquella cartulina mellada que le atraía hasta el punto de pensar en el suicidio. ¿Quién completaría su obra cuando faltase? ¿Quién recortaría su esquela pegándola después con cuidado en el sitio que siempre le había correspondido? Esa misma mañana tomó una decisión, la más importante de su no-vida, sólo se necesitaba él mismo para llevarla a cabo y por muy poco dinero. Realizadas todas las gestiones para llevar a buen puerto su plan, aquella noche durmió de un tirón cosa que no hacía en los últimos meses.
Entreabrió los ojos, espiando entre las pestañas con un disimulo rayano en el ridículo, al fin y al cabo estaba ante una hoja de cartón; luego se levantó acercándose a la pared en un acto de desafío y tal como estaba, en pijama, bajó corriendo al buzón a recoger el diario de la mañana abriendo impaciente las hojas obituarias. Recortó con pulcritud las esquelas del día colocándolas en sus respectivos álbumes e introduciendo los datos en el ordenador como cada mañana. Parecía haber olvidado una sobre la mesa; pequeña, recatada sin fecha ni panegírico, sin esposa, sin padres, sin hijos, sin amigos; sólo un nombre, el suyo, Atanasio Cerbero nacido el 2 de Julio de 1961, el mismo día que el escritor estadounidense Ernest Hemingway se suicida a la edad de 61 años.
Cubrió con pulcritud el reverso del recorte con pegamento procediendo a completar ceremoniosamente el puzle. Retrocediendo unos pasos sin apartar los ojos de aquel pedazo de cartulina que durante años había frenado su vida, se sintió por primera vez vivo; había muerto.
Un hombre camina por la calle con una maleta roja vacía, indocumentado, sin dinero. Nadie entiende por qué sonríe.
FIN











