Los Jardines del Drac

Carmen Huerto, Carmen Muñoz y Jordi Martínez

Archivo para 11, 2010

LA COMPAÑÍA

El cuento de hoy de nuestro libro “Veintidós Grullas Doradas”, está relacionado con el arcano que representa “El diablo”. Los negocios, el dinero y el encadenamiento a un modo de vida, tienen mucho que ver con la carta XV del Tarot. El relato es de Jordi y en él nos cuenta las vicisitudes de un ”usuario” de una de las grandes compañías telefónicas. Seguro que, muchas de las circunstancias y avatares de la historia, os serán muy familiares.

                                                                                                   La Compañía

 

                                                                              Vive de manera que puedas mirar fijamente a los ojos a cualquiera y mandarlo al diablo

                                                                                                 Henry Louis Mencken

           Pocas veces la vida me aturde y sólo en contadas ocasiones me desespera; sin embargo, debo reconocer  que aquella experiencia pudo concluir en trágicas consecuencias.
      – Debemos cambiarnos de piso – dijo un día mi mujer, coincidiendo con nuestro vigésimo aniversario -.     Éste ya está viejo y se encuentra demasiado alejado del centro. He visto uno majísimo.
       Al día siguiente fuimos a ver el verdadero objeto del deseo de mi esposa. Era algo tarde cuando llegamos al lugar donde se encontraba la casa. La plaza, amplia y capaz, estaba muy concurrida; un edificio de reciente construcción daba justa réplica a un aparente hotel situado justo al otro lado. Frente a la puerta del primer inmueble, con gesto impaciente, nos esperaba la señorita de la agencia. Era pelirroja, esbelta y atractiva; nos sonrió: “Llegan puntuales”, mintió para iniciar la conversación. Con pasos vivos y seguros nos condujo hasta el ático dispuesta a convencernos de las excelencias de la vivienda. La joven olía a colonia de marca y el piso a recién pintado. Recorrimos las estancias con ojos de futuro y debo reconocer que era toda una tentación y yo soy un hombre sometido a muchas tentaciones. Finalmente salimos a la terraza y allí, asomados a la plaza y viendo como se ocultaba el sol, encontramos un nuevo hogar.
No voy a relatar los detalles del traslado. Supongo que muchos de vosotros habréis vivido una situación parecida y presumo, puesto que me estáis leyendo, que sobrevivisteis. No me extrañaría en absoluto que, de repente, se os disparara un nervioso tic recordando vuestro último cambio domiciliario. Este sentimiento, compartido entre los nómadas de las grandes ciudades, es incomprensible para aquellos que, para su fortuna, siguen habitando las hermosas casas de sus ancestros; eso sí, pendientes de reparaciones, capas de pintura y roturas de conducciones varias.
     Nuestra nueva casa se metamorfoseaba en hogar. Íbamosy veníamos del piso antiguo al nuevo como hormigas recolectoras. Buscamos en la nueva vivienda nuestro espacio, nuestro lugar en el sol. ¿Dónde instalamos el despacho? ¿Dónde la habitación deLuis? ¿Dónde la de María? En mitad de aquel trajín, yo trataba de pasar desapercibido, en realidad tan sólo pretendía un lugar sobre el que pudiera ejercer un mínimo derecho y donde pudiera estar solo de vez en cuando. Elegí unapequeña estancia para instalar mi cuartel general, o tal vez fuese ella quien me eligió.
     Llegó el día de dejar nuestra antigua vivienda. Como era de esperar faltaban un montón de detalles en la nueva y alquilamos un par de habitaciones en el hotel de enfrente.
    Desde la azotea del establecimiento – pomposamente denominada solárium – podían verse a los decoradores, pintores y electricistas entrando y saliendo del piso nuevo como abejas construyendo panal ajeno. Desde la improvisada atalaya hotelera disfrutaba del paisaje sabiendo que nuestra terraza tenía parecidos atractivos. De un solo golpe de vista se podían apreciar los balcones vecinos, llenos de sol y vida.   El campanario de la cercana iglesia se alzaba desafiante señalando al cielo, algunos pájaros lo sobrevolaban; pajarillos de ciudad que usan los terrados vacíoscomo propios, no hay fronteras para su vuelo alegre y despreocupado. ¿Tendrán ellos problemas de nido? ¿Existirán decoradores de plumón y ramita?
      Una voz me sacó demis candorosos pensamientos:
     – Juan, el teléfono, ¡el teléfono!
     Miré a mi esposa y agudicé el oído…
     – No oigo nada – dije, tratando de escuchar el cotidiano repiqueteo.
     – No, Juan, no. Me refiero al teléfono de casa – repitió alterada.
      De pronto recordé que no habíamos hecho el cambio de domicilio.
    – No te preocupes, ya lo arreglo yo – respondí insensato.


     El departamento de atención al cliente de la Compañía contestó a mi llamada; era una voz extrañamente metálica que se identifico con un nombre de telenovela venezolana:
    – Le atiende Jorge Alberto. ¿Puedo ayudarle en algo?
     Le conté mi deseo como si del genio maravilloso se tratara. La respuesta de mi interlocutor me dejó muy tranquilo. Sólo tenía que recoger el aparato antiguo y llevarlo a la nueva vivienda, en un par de días pasarían a conectarlo. No obstante, el traslado de barrio suponía depender de una nueva centralita, lo que significaba un cambio de numeración. Antes de despedirse, Jorge Alberto, me pidió un teléfono para localizarme.
     A la mañana del tercer día sonó el móvil, alguien me comunicó nuestro nuevo número. Eran dígitos fáciles y rítmicos; lo comenté con mis hijos, ellos serían, sin duda, losusuarios más contumaces. Medité sobre la tipología de aquellas cifras. ¿Qué hay detrás de un símbolo? ¿Qué esconde? ¿Qué sugiere? Nuestro número tenía tres seises, la cifra del anticristo, me reí de mi propia ocurrencia.

     Dos días después de la llamada dejamos el hotel y nos instalamos. Según mi esposa los decoradores habían hecho un buen trabajo. María y Luis se limitaron a ocupar sus habitaciones y proceder a las modificaciones que consideraron oportunas, es decir, cambiarlo todo de abajo arriba. A los veinte años, o se es inconformista o no se es nada. Al margen de mi parte de derecho sobre el dormitorio de matrimonio, ocupé la pequeña habitación como despacho y la llené de libros, de música y de momentos. Todo estaba listo excepto el teléfono, el aparato que había recuperado de nuestra antigua casa permanecía mudo y expectante.
     – Deberíamos reclamar – dijo mi mujer.
     – Si no quieres pagar un dineral en llamadas – refrendaron mis retoños señalando sus móviles.
     La locución verbal “deber” tiene unsignificado especial para mi familia. Se conjuga en plural: “Debemos”, “deberíamos”, “debíamos”. . . y se realiza en singular y en mi caso, sólo en el mío, en primera persona. Así pues, reclamé.


     Trataré de resumir lo que a continuación sucedió sin que las lágrimas emborronen el escrito. Algo denso, kafkaiano y terrible permanece aún en mí impidiéndome relatar loshechos con imparcialidad y sin vehemencia. Como habréis observado no menciono ni mi nacionalidad ni mi vecindad para no alarmar a mis compatriotas. Dejo para vuestra imaginación situar la latitud exacta de esta historiay a vuestro docto juicio su credibilidad.
     De nuevo llamé al número de atención al cliente. La letanía anunció que estaba al aparato una tal Gloria María. Le conté mis cuitas:
      – Hace una semana que pedí un traslado y… – no me dejó terminar.
     – Dígame su nombre y dirección – me preguntó inquisidora.
     – Juan Pérez López, plaza… – respondí esperanzado.
     – Está en la lista, ya le llamaran.
     – Pero, ¿cuándo?- osé preguntarle.
    – Muy pronto, muy pronto – contestó Gloria María.
    Sería mi imaginación, pero noté cierto tono irónico en la respuesta.
    Desde aquel día anduve atento a las llamadas, incluso desatendí un poco a mis clientes. En casa me preguntaban continuamente: “¿Y el teléfono? ¿Por qué no insistes? ¡Tantos amigos que tienes!”. Sí, lo sé, podría haberles pedido que me relevaran de tan arduo deber; sin embargo, no quería sentirme fracasado. Así las cosas, insistí de nuevo y pedí, incluso supliqué, el teléfono de los instaladores para llamarles personalmente.
     – De ninguna de las maneras- respondió un talRoberto Ángel-.Usted no puede contactar directamente con ellos ¡para eso estamos nosotros!
     Pero ya no estaba dispuesto a concederles más oportunidades:
    – Póngame con reclamaciones – exigí.
    – ¿Cómo dice? Sepa, señor mío, que esta Compañía no tiene departamento de reclamaciones, eso es cosa del pasado. Ahora, nosotros lo arreglamos todo, todo, todo.
     – Páseme con su jefe y déjese de chorradas – le grité, ya fuera de mí.
     Ni me contestó. Al cabo de breves segundos se puso alguien al aparato que se identificó como Carlota Luisa. Reprimí un insulto y le solté, paciente, todo el rollo; cuando hube terminado, ella, me preguntó en tono apático y exageradamente amable:
    – ¿Le importaría repetirme su nombre y domicilio y contarme de nuevo el motivo de su llamada?
     Una extraña mezcla de rabia y desesperación me invadió. Opté por colgar, sin más explicaciones.
     Puse en marcha toda mi artillería pesada y después de remover cielo y tierra, de recurrir a políticosy amigos, mi móvil cantó la esperada llamada:
    – Buenos días, soy de la contrata instaladora de la Compañía, creo que está pendiente…
    No pude contenerme:
    – ¡Por supuesto, hace diez días que está pendiente!
    – Perdone usted – contestó el interpelado – . Hace días que le venimos dejando mensajes en el contestador y…
    – ¿En qué contestador? – pregunté desesperado.
    – Joder, en el suyo – y cantó el número de los tres seis.
    – Pero, hombre de Dios, si no tengo el aparato instalado, ¡cómo cojones voy a escuchar el contestador!
    Hubo un extraño silencio, sentí la vergüenza de mi interlocutor clavada en mi pabellón auditivo y no obstante, la venganza de aquel truhán no se hizo esperar:
    – Pues lo siento, quizás dentro de tres o cuatro días.
    Me tragué todo mi orgullo y acepté. Fijamos fecha.

    Asomado a la terraza, observando las idas y venidas de los inocentes pajaritos, le vi llegar. Aparcó justo enfrente, en la zona reservada a los clientes del hotel. Nadie le dijo nada, probablemente el establecimiento hotelero tenía pendiente alguna instalación o algún cambio y no quisieron jugar con la suerte. Bajó de la furgoneta majestuoso y seguro de sí mismo; era de mediana estatura, recio, de pelo canoso y brillante, el mono azul que vestía le daba una apariencia de eficacia que me ilusionó y hasta me emocionó. Se dispuso a cruzar la plaza, la caja de herramientas se balanceaba alegre y cadenciosa en su diestra.
     Un coche de apariencia vulgar, de los que apenas salen en los anuncios televisivos, trató de aprovechar el ámbar. Se oyó un golpe seco, un grito sordo y un chirriar de frenos huérfanos de ABS. Bajé corriendo a la calle y llegué sólo a tiempo de recoger los últimos estertores del hombre del mono azul. Allí cerca, la caja de herramientas, cual caja de Pandora, permanecía abierta dejando escapar todos los males. Un pequeño bloc de tapas rojas y páginas llenas de direcciones mostraba con descaro mi nombre y una nota al margen: ¡Urgente!
Me quedé junto al desgraciado operario hasta que llegó la ambulancia. Un piadoso lienzo cubrió el cuerpo y el rostro del muerto, y también mi última esperanza. Ya en el portal escuchando alejarse la sirena me apoyé, desfallecido, en los buzones; intuitivamente abrí el nuestro, sólo había un sobre.
     Al cogerlo noté mi mano manchada con sangre del infortunado instalador, la carta se tiñó de rojo. Miré la misiva y mi asombro no tuvo limites: ¡Era de la Compañía! En ella me agradecían la confianza depositada en sus servicios y me aseguraban proporcionarme un mantenimiento exclusivo de ¡24 horas al día, 365 días al año! Firmaba el Director de Marketing, no había ni dirección, ni teléfono, ni fax… nada, tan solo el membrete de la Compañía; era una carta venida deninguna parte, quizás del cielo, tal vez del infierno. Busqué refugio en mi pequeño despacho y allí lloré como un niño.


     A la mañana siguiente saqué fuerza de flaquezas. No estaba dispuesto a iniciar de nuevo el Vía Crucis. Decidí arreglarlo personalmente, a mi modo, costase lo que costase.
    El taxi me dejó en la puerta del acristalado edificio central de la Compañía. En aquel momento recordé que no hacia tanto tiempo, la Compañía, había sido patrimonio de todos los ciudadanos del país. Todos y cada uno denosotroshabíamos pagado, directa e indirectamente, hasta el último de sus retretes. Los pequeños ahorros de muchas familias estaban depositados en sus acciones. Sin embargo, con falsas excusas de rentabilidad y eficacia en la gestión, el gobierno la había privatizado. Y digo falsas porque la Compañía era de sobras rentable, sus tarifas tenían fama de ser las más caras de nuestro entorno, probablemente del mundo.
    Un guarda de seguridad me impidió el paso. Miré su uniforme y tuve el extraño presentimiento de regresar a tiempos pretéritos de infausta memoria:
    – ¿Dónde va? – preguntó acariciando su revólver Smith & Bensson.
    – Quisiera ver a un responsable- dije nervioso.
    – ¿Responsable de qué? – volvió a preguntar, esta vez en tono de reto.
    – Responsable de atención al cliente… al usuario.
Me miró a losojos, yo le devolví la mirada; era un tipo alto y delgado, fibroso, atlético, de mirada fría y movimientos felinos. Observé un par de muescas en la culata de su arma: “Ah, es eso”, contestó con suficiencia. Una luz roja se encendió en la parte superior de la cabina de guardia. Dos nuevos guardas jurados con aspecto y maneras de simio aparecieron en la recepción: “Un camorrista”, dijo el primero de los vigilantes señalándome. Me invitaron a salir del edificio. Jugué mi última baza gritándoles que era accionista de toda la vida, una estruendosa carcajada me acompañó hasta la puerta.
    Pero yo estaba dispuesto a entrar como fuese. Me puse de acuerdo con media docena de muchachos que salían del instituto. Les pagué generosamente para que simularan una pelea frente al inmueble. Tal y como había previsto salieron los tres vigilantes para separar a los litigantes. La recepción quedó franca y me colé dentro.
     Con las debidas precauciones tomé el ascensor. El edificio aparentaba estar vacío y nadie me salió al paso cuando llegué en la última planta. Un gimnasio, saunas, un estéril green de golf simulado y su pantalla permanecían bajo la tenue oscuridad. Entré en lo que parecía una sala de proyección, retratos de siniestros tipos embutidos en uniformes civiles de ejecutivos especuladores cubrían las paredes. Numerosos soportes informáticos se amontonaban en un mueble de puertas acristaladas; había de todo, desde películas pornográficas hasta biografías de santos. Una pantalla digital de gran tamaño repetía sin cesar las cotizaciones de diferentes bolsas mundiales, los tonos rojos y verdes de aquellos guarismos luminosos, destellando constantemente, se estrellaban contra los retratos dándoles una imposible vida y una siniestra sonrisa. Sentí un escalofrío.
     Un cartel anunciaba la planta noble. Anduve por largos pasillos vacíos de presencia humana, tratando de evitar el ángulo de visión de las numerosas cámaras de control. Llegué frente a la Sala del Consejo todavía asombrado por no haberme cruzado con nadie, la puerta estaba entreabierta; con mucha precaución miré por la abertura. Unos cuarenta ¿hombres? estaban reunidos en torno a una enorme mesa. Rostros feroces, casi grotescos; gruesas papadas, barrigas indecorosas y numerosas calvas; ternos caros y elegantes corbatas. El que parecía dirigir la reunión era de los más jóvenes, cabeza cuadrada, pelo rebelde y barba cerrada, sus ojillos pintaban una mirada innoble y vil, tenía escrutadores fanales en todas las partes de su cuerpo, era la bestia. Entre tremendas risotadas se disponían a repartir beneficios: Opas agresivas, oportunas subidas y bajadas de bolsa, participaciones en otras empresas de telecomunicaciones, opciones de compra preferentes de nuevos negocios. Eran conscientes de que no había riesgo, si ganaban, ganaban ellos; si perdían, perdíamos todos.
Miré aquellos rostros sin alma: Eran los que cortaban el bacalao financiero, los más influyentes, todos los dogmas y todas las ideologías estaba ausentes de sus decisiones, las Constituciones eran papel mojado para ellos. No podía distinguir sus sexos, eran una mezcla de concupiscencia y hermafroditismo. Cerré el puño conteniendo mi rabia, no se podía luchar contra tan poderoso contubernio. Su peso y dominio eran evidentes y sus cómplices, lamentablemente, legión. Me alejé de allí.

     Llegué al sexto, tuve suerte, era precisamente el servicio de Atención al Cliente. Avancé sigilosamente hasta el cartel mural que lo anunciaba y empujé la puerta. Cientos de ordenadores dispuestos en interminables filas parecían estar activos, en sus pantallas iban apareciendo las conversaciones que sostenían y el ruido sordo del eco metálico de sus respuestas imitaba el canto de miles de invisibles cigarras; me acerqué. A través de uno de los monitores pude adivinar que se trataba de equipos conectados a la red telefónica, cada uno de ellos tenía su identificativo, leí: “Gloria María”, “Emilio Andrés”. “Roberto Ángel”, “Carlota Luisa”… ¡todos estaban allí! Con un nudo en la garganta miré alrededor.
     Mis conocidos interlocutores de voz metálica contestaban a cualquier pregunta que les hacían los usuarios y cuando alguna era complicada o machacona, pasaba a la terminal siguiente. Me senté frente al teclado del servidor, no salía de mi asombro. Empecé a preguntar cosas que nada tenían que ver con los negocios de la Compañía. A mis cuestiones los ordenadores respondían con otras preguntas o entraban en un loop repetitivo e inútil. Les hablé de amor, de sentimientos, de poesía; les pregunté por la dicha, la libertad, el consuelo, la solidaridad. Las terminales trataban de contestar. Una a una, fueron abortando sus programas, que se perdieron entre las entrañas de silicio. Matadas por su propia tecnología, iban muriendo mientras los versos de Hernández, Machado, García Lorca, Neruda, Papasseit o Bécquer quemaban sus insensibles circuitos. Un poema de Whitman aceleró el postrer suspiro y todos los monitores se apagaron con un ruido sordo de agonía. El estropicio era inmenso. Solté una demoníaca carcajada al alejarme.
Me deslicé sin hacer ruido camino del ascensor, no sin antes hacer un corte de mangas a las cámaras del pasillo. Al llegar al hall pasé frente a las sorprendidas miradas de los guardias de seguridad que ni reaccionaron. Ya en la calle me llené los pulmones con una bocanada de aire fresco. Iba a tirar el móvil a la alcantarilla, sin embargo decidí hacer una última llamada. Marqué el número de Atención al Cliente, sonó la musiquilla pero no hubo respuesta, los cientos de ordenadores dormían el sueño que instantes antes yo había provocado. Un maldito y oscuro sueño semejante a las conciencias de sus consejeros.

                                                                                                       Fin

 

LA COMPAÑÍA

Relato

Escrito por Jardines del Drac