Archivo para 12, 2010
La cometa
¡FELICES FIESTAS!
Una nueva entrega de nuestro libro de relatos “Veintidós Grullas Doradas”. Esta vez se trata del primero de ellos, “La cometa”, un imaginativo cuento de Carmen Muñoz, correspondiente al arcano de El loco.
LA COMETA
“Todo lo que una persona pueda imaginar otras podrán hacerlo realidad”
JulesVerne
Tengo casi cincuenta años, qué más da la cifra exacta, la vida pasa tan deprisa que no da tiempo a acomodarte a ninguna edad. Dicho de otra manera, he abierto los ojos a un nuevo amanecer alrededor de dieciocho mil veces, más o menos, y mis párpados empiezan a notar el peso de tanto esfuerzo. Nuestra flaca memoria nos hace recordar una cifra irrisoria de esa elevada cantidad, de no ser así no soportaríamos tanta tristeza, o alegría, o pasión, o decepción, o ira.
No me preguntéis qué hacía yo el uno de marzo de mil novecientos noventa o el veintiocho de febrero de mil novecientos setenta y seis, por decir algo, no me acuerdo, vosotros tampoco. Sin embargo, os puedo contar minuto a minuto todo lo sucedido un día de octubre, el diez, de mil novecientos sesenta y nueve: lo conocí a él.
Fue el año en el que el hombre llegó a la luna y en el que alcancé mi primera década. Recuerdo, como si fuera ayer, la emoción que sentí al ver aquella huella sobre el polvo blanco y escuchar a Armstrong diciendo aquello de “un pequeño paso para el Hombre, un gran paso para la Humanidad”. A mis ojos, el astronauta se convirtió en el ser humano más importante de todos los tiempos, el primero en pisar aquel pedazo desgajado de la Tierra. Primero sentí envidia, luego desesperanza, yo nunca podría dejar mi impronta sobre la superficie lunar, pero nunca conformismo, y aquella quimera se convirtió en sueño, razón y meta.
Lo vi venir a lo lejos y reconocí su caminar asimétrico y cadencioso. Era uno de los residentes de “La Institución”, como era conocido el centro para enfermos psiquiátricos que ocupaba una gran casona de paredes grises en las lindes del pueblo. Caminaba entre nosotros con su pasito incierto y una bolsa de tela al hombro donde todo tenía cabida. Cualquier cosa: Un libro viejo, una armónica, una caja metálica con fotos añejas, una brújula o una figurita de barro cocido podía anidar en las entrañas de trapo, sacado todo ello de los talleres donde los terapeutas de la residencia se esforzaban en mantener ocupadas las mentes de aquellos seres, habitantes de otro mundo. También era común verlo sentado en un banco de la plaza escribiendo versos que luego declamaba en voz alta o poniendo sobre la pila de la fuente su colección de soldaditos de plomo. Nadie le tenía miedo, era totalmente inofensivo, incluso benéfico, diría yo, y todos los vecinos sonreían al contestar la eterna pregunta que salía de sus labios: ¿Sabes quién soy? Había olvidado la mayor parte de su vida y andaba buscándose en los ptros.Yo nunca había hablado con él, hasta aquella tarde.
Cuando llegó a mi lado se detuvo y se me quedó mirando. Al cabo de unos segundos me preguntó:
-¿Sabes quién soy?
– Sí- contesté – al oír mi respuesta se puso en guardia esperando que le desvelara todos los enigmas de su existencia –. Eres uno de los loc…- me paré en seco y corregí mi discurso: – vives en “La Institución”- respondí sin saber si mi respuesta era de su agrado. Por el gesto de decepción que puso comprendí que no le habían gustado mis torpes palabras.
– Quiero saber quién soy, no donde vivo, eso ya lo sé- explicó con mucha lógica y se sentó a mi lado.
Seguidamente se interesó por lo que hacía un chiquillo solo por aquellos andurriales. Miré hacia arriba y enseguida comprendió a qué se debía mi cara de aflicción.
–Yo puedo ayudarte- dijo inmediatamente -. Confía en mi y súbete a mi espalda.
Entonces fui yo quien se puso en guardia.
Dudé un momento, una cosa era hablar con él y otra muy distinta subirse a su lomo, pero sus hombros anchos y sólidos me hicieron sentir seguro. De esta guisa pude alcanzar el extremo de la rama y rescatar mi cometa, después, con sumo cuidado, me dejó en el suelo y me acarició la cabeza regalándome una mirada llena de emoción y ternura; quizás fuera un tonto,- pensé- pero un tonto encantador.
Para celebrar la hazaña le invité a compartir mi juego.
-¿Sabes volar una cometa?- pregunté.
- No sé, no me acuerdo- me respondió.
–Es muy fácil, sólo tienes que correr contra el viento e ir soltando cuerda- expliqué.
Lo intentó, pero la torpeza de su carrera le impedía cazar cualquier débil ráfaga de aire. Con gesto triste me entregó el cabo diciendo:
– Desde que me hirieron en la guerra mi pierna ya no es la misma- y calló. Como es natural quise saber más acerca de aquella guerra de la que hablaban todos y que hacía muchísimos años había acabado. El testimonio en primera persona de un superviviente.
Sentados en una gran piedra comenzó a narrar su historia:
– Recuerdo que corría por la ladera de una colina, nuestra compañía tenía que tomar aquella posición antes de anochecer y el capitán nos daba gritos para lanzarnos hacia delante -¡Allons-y!- clamaba, alzando el su puño al aire.
– ¿Alonsi?- pregunté yo extrañado, nunca había oído esa palabra
-Si-, me dijo- significa: ¡Vamos!, en francés.
-¿Sabes francés?- seguí interrogando cada vez más intrigado.
-No lo sé, pero de eso sí me acuerdo- explicó y retomó el curso de sus pensamientos, a nuestro alrededor iba oscureciendo-. El sudor empapaba mi gorra y la sal me picaba en los ojos. Tenía las manos mojadas y sujetaba el arma con fuerza para que no se me escapara. Era un día frío y seco pero, todos, sudábamos de miedo. Las granadas estallaban a nuestro alrededor y rezábamos para no ser alcanzados. El ruido era ensordecedor y frente a nosotros grupos de soldados alemanes asomaban las cabezas disparando sobre las trincheras mientras otros, por los flancos, venían a la carga para detener nuestro avance. A un lado y a otro, compañeros míos dejaban súbitamente de avanzar y caían desplomados al suelo. Mientras corría me acordaba de mi madre, creo que hasta la llamé en voz alta llorando, pidiendo que viniera a abrazarme. Estábamos ya tan próximos al enemigo que veíamos con toda nitidez los jóvenes rostros de aquellos que teníamos que matar. Algunos parecían arrancados del pecho materno para ir a combatir por su káiser.
-Ese káiser. ¿Era Franco?
- ¿Quién es ése?- preguntó a su vez -. Luchábanmos contra Guillermo II, el emperador alemán.
Siguió, según él, recordando, ajeno a que sus palabras eran destinadas a un niño. Frunció el ceño y entornó los ojos buscando el infinito, su voz se hizo más grave:
– Entonces lo vi- continuó- corría hacia mi, colina abajo, y se paró en seco apuntándome a la cabeza. Me quedé parado y no pensé nada, ni sentí nada, tan solo esperaba a que todo se pusiera negro. Sentí que dudaba y que le temblaba el arma. Gritaba mientras me encañonaba, sin decidirse a apretar el gatillo. Lanzó un alarido y disparó. Me destrozó la pierna y caí de espaldas. Allá arriba, la serenidad de aquel cielo azul sin nubes, inmóvil y transparente me pareció cruel. Desde el suelo vi que se acercaba, para rematarme, pensé, pero soltó el fusil y se arrodilló ante mí, tendría veinte años, como yo. Lloraba amargamente mientras decía con fuerte acento alemán:” ¡No puedo, no puedo!, ¡el quinto!, ¡no matarás!, ¡no mat…! … y el estallido de una granada ahogó su voz para siempre. Cayó sobre mí. Yo sentí el fuego del infierno devorándome el pecho y el vientre. Luego morí.
Tal vez porque apenas había atravesado el umbral de la existencia y aún guardaba memoria del otro lado o porque mi alma era porosa como un montón de arena, le creí. Volvió a iluminarme con la candidez de su sonrisa y, como quien muestra un trofeo, me enseñó sus “heridas”. Se remangó el pantalón hasta la rodilla dejando ver una pierna debilitada y reseca. Pasó su manos por los empobrecidos músculos como queriendo transmitir el calor de la vida a aquellos nervios estrangulados. A continuación abrió su camisa y dejó al descubierto una larga cicatriz que dividía su vientre en dos. Parecía más obra de cirujano que carne retorcida por los cascotes de una bomba, pero di todo por bueno. Únicamente la piel de su pecho no mostraba signos de los trozos de metralla que amenazaban su corazón.
Aquella historia, tan diferente a las que contaban los viejos en la taberna, me pareció tan real e inalcanzable a las limitadas posibilidades de mi mente como la esfera recién hollada que nos acariciaba con sus largos dedos de luz e ingenuamente pregunté:
-Pero… ¿tú eras de los rojos o de los nacionales?
Me miró extrañado y contestó:
Por primera vez en mi vida estuve en presencia del misterio, de lo insondable. Toda la realidad parecía derretirse como la pintura fresca de un cuadro puesto al calor y a partir de entonces hasta ahora, y por el resto de mi vida empecé a mirar más allá de lo que veían mis ojos. Nos levantamos y empezamos a caminar hacia el pueblo a paso lento.
– Conozco un lugar donde siempre sopla el viento- comentó-, el mejor para volar tu cometa
Yo le escuchaba con interés.
–Está hacia el oeste, muy cerca de aquí y hay que subir un trecho. Es un alto donde los cuatro vientos se dan cita y forman remolinos. Si quieres te enseño el camino para que vayas tú siempre que quieras.
Asentí con la cabeza y continuamos andando en silencio. Él se dio cuenta de que de tanto en tanto alzaba la vista al cielo y, como quien lee el pensamiento, dijo:
– Dicen que ya hay pisadas humanas en la luna, incluso una bandera. Siempre se pone una bandera cuando se conquista un territorio, ¿a que te gustaría llegar allí?
Le miré y un tímido “sí” derrotado se escapó de mis labios.
-Yo puedo ayudarte- fue su respuesta, envuelta en una franca sonrisa. Fue entonces, y sólo entonces cuando pensé que estaba loco. Nos citamos para el sábado al atardecer pero antes de despedirnos me preguntó mi nombre.
-José- respondí.
– Como yo- contestó él.
Me contagié de su locura y los siguientes días fui un ser enajenado, arrebatado por la idea más peregrina que nunca había tenido, “ yo en la luna” , pensando a cada momento en las ilusas palabras del hombre del manicomio, José, como yo. No pensé ni por un momento en que no lo conseguiría sino en cómo lo haría. Me devoraba la curiosidad y, aunque en el fondo sabía que era un sueño, me dispuse a vivir aquella aventura.
El sábado por la tarde fui el primero en llegar a la cita y esperé con impaciencia ver su figura aparecer por el camino. Trajo con él su sonrisa y un enorme saco, poco pesado, que cargaba en un hombro y juntos emprendimos la ruta hasta la encrucijada de los vientos. Alcanzamos el lugar justo en el momento en que anochecía y la reina del cielo lucía bella y redonda. Esperé que la magia viniera a jugar conmigo. Y vino. De la gran bolsa extrajo una enorme cometa rectangular con tres franjas verticales, azul, blanca y roja. Por un momento pensé que me había engañado y que todo había sido una treta para llevarme allí y enseñarme el volantín que había confeccionado con sus propias manos. Intentó volarla él solo, pero no pudo y me pidió ayuda. Traté de sobreponerme a mi decepción y eché a correr en contra de la brisa; nunca he podido negarme a volar una cometa. Rápidamente ascendió y se vio pequeña y alegre bailando sola en la inmensidad. Mi corazón se atemperó y mis pies volvían a tocar tierra. Llegué a donde estaba el niño más viejo que nunca conocí y puse la cuerda en sus manos. La sujetó firmemente y desde el primer momento aquel trozo de madera y papel obedeció sus órdenes igual que una espada obedece al brazo del caballero que la blande. Por un momento aquel hombre volvió a ser un soldado, empuñando ahora su arma contra los ejércitos de Eolo. No sabía que sabía y, sin embargo, parecía que lo había hecho siempre. Muchos años más tarde, no sé cuando exactamente, en un día cualquiera de los últimos cinco mil, escuché decir, tampoco recuerdo a quién, que tarde o temprano el espíritu, llamémosle intemporal o eterno, de una persona se manifiesta y actúa a través de la vida. ¿Quién era ese viejo al que la memoria le había robado el libro de su exsistencia, por lo menos de ésta, dejándole tan sólo la última página de la anterior? ¿Por qué incluso jugando con el viento parecía un guerrero?
– Saca el objeto que queda en el fardo- dijo con voz segura.
Obedecí y me quedé mirando detenidamente lo que apareció en el interior. Al cabo de unos minutos otra cometa surcaba el aire. Recuerdo que primero sonreí, después lancé una carcajada de alegría y luego corrí gritando de emoción. Era muy grande, rectangular, como una bandera, sobre su fondo rojo un enorme círculo de brillante papel plateado ocupaba el centro y dentro en negro unas gruesas letras. Allá arriba la luz del satélite se reflejaba en el gran círculo plateado haciéndole parecer otra luna en cuya superficie un dedo invisible había grabado un nombre, el mío.
En aquel momento supe que todo es posible, siempre, de alguna manera. Sin dejar de mirar al cielo exclamé:
-¡Ya sé quién eres tú, eres EL HACEDOR DE SUEÑOS! Me miró agradecido y se echó a llorar.
Ahora, a mis casi cincuenta años, he comprendido que el espíritu que anidaba en aquel hombre y que la memoria no fue capaz de destruir era el de un maestro, el mío.
Desde entonces, cuando las carreteras de la vida se cierran a mi alrededor, entorno los ojos y vuelvo al camino que lleva al palacio de los sueños realizados, el que él me enseñó, donde alcancé la luna, porque yo no volé una cometa, la cometa era yo.
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