Para celebrar el día de los enamorados ahí va el relato correspondiente al arcano nº VI “L’Amoreux”.
También informaros que, el lunes 14 de febrero, “San Valentín”, podéis encontrarnos alos tres autores en la librería Albareda que cumple 16 años. Os esperamos.
LA CARTA
“No quiero arrepentirme después de lo que pudo haber sido y no fue.”
(Bolero)
Le despertó el sonido de su propio ronquido; como de costumbre y sin abrir los ojos estiro el brazo palpando el otro lado de la cama en busca de la calidez del cuerpo de su mujer. El habitual rifirrafe amoroso del sábado por la mañana se vio frustrado al toparse con la frialdad de las sábanas vacías que le recordaron el viaje de trabajo de Merche.
Limpiándose la saliva de la comisura de los labios se enfrentó a la mañana con pereza y resignación; no estaba acostumbrado a esta soledad así que mientras se cepillaba los dientes barajó la posibilidad de no afeitarse, no tenía que dar explicaciones a nadie, ni salir de casa, es más, pasaría el día en pijama, televisión, cervecita…
La música del móvil interrumpió su ducha, sonando insistente, cada vez más alta, tan impertinente que le obligó a coger el teléfono con un extremo de la toalla secándose la oreja con el otro.
-Buenos días cariño, ¿te he despertado? – Su mujer, siempre tan oportuna.
-No creo que quieras saberlo. La verdad es que estaba en la bañera con una rubia despampanante después de una noche de sexo y desenfreno -contestó fingiendo un exagerado tono de embriaguez- ¿Cómo va la reunión? ¿Ya habéis salvado el mundo? –Esta vez su voz había recuperado la normalidad.
-El mundo puede esperar, que ahora estamos tomando un café. A propósito, antes de despertarte de este sueño dile a la rubia que deje la cama hecha, ponga la lavadora y te recuerde que terminamos la reunión antes de tiempo y me tienes que pasar a recoger al aeropuerto al mediodía.
-Sí, mi ama, lo que usted ordene, pero haz saber a tu jefe que sigue siendo un explotador y que quiero a mi mujer en casa el fin de semana.
Le interrumpió antes de terminar la frase convirtiendo su voz en un susurro apenas audible – Perdona pero cuelgo, la conferencia ha vuelto a empezar. Un beso y pórtate bien.
- Hasta la tarde, un beso.- Colgó en cuanto oyó el adiós de su mujer, dejando el teléfono en la repisa del lavabo para terminar de secarse.
Ya en la cocina no pudo evitar volver a sonreír al abrir la nevera y descubrir un post-it con un claro mensaje “AFEITATE COCHINO” y el dibujo de un cerdito, en venganza bebió directamente el zumo del tetra-brick y, tal y como su mujer habría predicho, se manchó la camiseta.- ¡Bruja!
A la vuelta del aeropuerto la discusión con Mercedes acabó con su paciencia, sólo habían sido media hora de retraso, se había despistado, tampoco hacía falta que se lo reprochase a cada momento. Ya en el ascensor el aire se hizo denso y el tiempo eterno, sin palabras, sin cruces de mirada, sin perdones. Al llegar a casa se encerró en su despacho, golpeando la puerta con saña, reivindicando su propio espacio, mañana estaría todo olvidado pero en ese momento sólo buscaba la soledad, rumiar su enfado mientras ella deshacía las maletas. Buscando transformar su ira en actividad frenética comenzó a vaciar cajones y estanterías. Cualquier cosa con tal de desfogar su resentimiento.
Muy pronto la tarea se había transformado en un verdadero frenesí. Rastreaba en los estantes del despacho haciendo montones: extractos bancarios y recibos, documentos para revisar, para tirar, cada vez aumentaba el número cubriendo casi por completo el suelo de la habitación. Su existencia reflejada en papeles de los que siempre se negaba a deshacerse por superstición pero que necesitaban ser puestos en orden. Hizo un primer viaje al contenedor de papel con periódicos y viejas revistas calibrando lo que pesaba una vida y el sudor que costaba desprenderse de ella.
Una caja guardaba las facturas de los primeros muebles y la televisión que compraron a plazos, recuerdos del viaje de novios a Tenerife e incluso una piedra del Teide que su mujer se había empeñado en meter en la maleta (como si no fuesen lo suficientemente cargados con los mantones para sus sobrinas, los transistores para los abuelos y el tabaco para su cuñado). –Si todos los turistas fuesen como tú, en pocos años el Teide dejaría de ser el pico más alto de España- había refunfuñado sabiendo que no podía negarle nada.
Todo fue recolocado en su sitio: nóminas, análisis médicos, solo un par de cajas con apuntes de la universidad, mudo recuerdo de su época de estudiante, iban quedando relegados a la espera una decisión; habían sobrevivido a dos mudanzas y varias limpiezas generales.
Abrió la primera, que exhaló un tufillo a tabaco y partidas de mus, a noches en vela memorizando poemas. Apuntes de economía, arte y literatura. Sonriendo la apartó a un lado destapando la segunda donde bajo resmas de papeles asomaron varios trabajos encuadernados con espiral de plástico, guardados con celo, los mejores, aquellos que le producían un especial orgullo: “Neruda, 20 Poemas de amor y una canción desesperada”, “Lorca, el Romancero Gitano” y un cuadernito con poemas propios, vano intento de convertirse en el escritor que nunca fue. Los ojeó con nostalgia deslizando los dedos sobre las letras apagadas y allí, entre poemas de dolor y sangre y gitanos de luna roja, entre los versos más tristes escritos ésa noche, estaba la carta pidiendo ser rescatada del olvido.
Madrid 24 de Octubre de 1976
Querida mía:
Te esperaba desde el amanecer de los tiempos.
Has pasado por mi lado, te he presentido en un aroma a jazmines y luego has aparecido. Me he acercado, temeroso, esperando un gesto, el reconocimiento de dos almas que se buscan y que acaban de encontrarse, pero tus ojos se han deslizado sobre mí, sin detenerse, como un cuchillo afilado dejando un surco sangrante en mi pecho. ¿Acaso me despreciabas?
Pero has vuelto tu rost…
La puerta se abrió de repente.
-¡Qué!, ¿vamos a estar enfadados toda la tarde? – La voz de su mujer sonaba conciliadora -Ayúdame con la cena anda.
Metió rápidamente las hojas en el cajón, el corazón culpable, temeroso, como un niño al que acaban de pillar en falta. Se levantó apresuradamente esperando que su mujer no se hubiese percatado del movimiento de ocultación.
La conversación trivial durante la cena no lograba borrar de su cabeza las palabras “te esperaba desde el amanecer de los tiempos”, por mucho que se esforzaba no recordaba haber escrito esa carta; intentó rememorar las mujeres de su vida en aquella época, no muchas muy a su pesar, deduciendo finalmente que la destinataria de la carta sería casi con toda seguridad Marta; cómo olvidarla, “cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos” decía el poeta sin conocerla. Cómo intentaba él que sus manos se encontrasen, que sus dedos se rozasen, que sus ojos se cruzasen. Ella miraba desdeñosa, sabiéndose deseada en silencio por todos los muchachos de la clase, hermosa, fría, distante. Recordó su obsesión, comía pensando en ella, sus pensamientos giraban en torno a ella; en sus sueños siempre aparecía ella, Marta inaccesible, Marta altiva. Sin duda ella era la musa.
Durante el primer curso había intentado varias estrategias de acercamiento, pero luego, cobarde, había desistido al ver fracasar a otros compañeros y continuó amándola en silencio. Desde la trinchera no experimentaría la gloria del combate, pero tampoco caería herido.
Ya en el lecho, esperó inmóvil intentando imaginar cómo habría sido su vida con Marta, ejercicio vano, podía crear una vida de ensueño o todo un infierno, casarse, divorciarse, engañarse, amarse, podría escribir cientos de boleros, pero serían sólo una canción. Escuchó por fin cómo la respiración de su mujer se hacía rítmica y profunda y con mucho cuidado se deslizó hasta el borde de la cama con un ligero sentimiento de culpabilidad y dirigiéndose descalzo hacia el despacho abrió el cajón silenciosamente.
Madrid 24 de Octubre de 1976
Querida mía:
Te esperaba desde el amanecer de los tiempos.
Has pasado por mi lado, te he presentido en un aroma a jazmines y luego has aparecido. Me he acercado, temeroso, esperando un gesto, el reconocimiento de dos almas que se buscan y que acaban de encontrarse pero tus ojos se han deslizado sobre mí, sin detenerse, como un cuchillo afilado dejando un surco sangrante en mi pecho. ¿Acaso me despreciabas?
Pero has vuelto tu rostro en el último segundo y tus labios se han abierto en una espléndida sonrisa, la herida abierta ha sanado y he sentido mi sangre, toda mi sangre, agolparse en mi corazón, incapaz de latir.
He seguido tu estela, andado sobre tus pisadas, respirado tu mismo aliento, escuchado tus silencios a la espera de una señal. Me he armado de valor, te he tocado y cuando te has vuelto me has susurrado tu nombre. –Me llamo Mercedes- y tu nombre me ha dado un nuevo mantra que repito a cada momento: Mercedes, dones, regalos. “Te pareces al mundo en tu actitud de entrega” Tú misma eres la dádiva generosa.
Por siempre y para siempre tuyo
Ángel
¿Por qué se había sorprendido tanto? ¿Acaso había olvidado después de tantos años el amor que sentía hacia su mujer. El temblor que le provocó la primera vez que habló con ella? La rutina no podía, no debería haber amortiguado el recuerdo de su pasión. “Para siempre y por siempre tuyo”.
Pensó en su mujer cercana, amorosa y en la gélida Marta y recordó por qué él había elegido a Merche: las tardes en la biblioteca cogidos de la mano, los besos de principiante, las risas ante sus primeras torpezas amorosas.
Volvió a la cama en silencio y al sentarse en el borde su mujer entreabrió los ojos.
-¿Dónde estabas?- musitó.
-Recuperando la cordura -contestó mientras se aferraba a ella acoplándose a su contorno como todas las noches durante tantos años –y recordando cuánto te quiero -le susurró dándole un beso.
Ella ya no escuchaba.
FIN