Los Jardines del Drac

Carmen Huerto, Carmen Muñoz y Jordi Martínez

Archivo para 04, 2011

LA CIUDAD DE LAS FLORES- CARMEN HUERTO

Dedicada a mis compañeras del CHF y a sus madres.

Se arreglaba despacio, sin ganas, sin apenas mirarse al espejo. De una ojeada comprobó que su aspecto no llamaba la atención. El traje negro que  acentuaba más si cabe su extrema palidez  combinaba con las ojeras marcadas de quien hace tiempo que no descansa.

El día anterior había comprado un ramillete de crisantemos amarillos que esperaban en la cocina dentro de un frasco con agua. Sacó las flores y envolvió los tallos en papel de periódico para no mojarse y las depositó en el mueble de la entrada junto a un abultado bolso luego se dirigió sin hacer ruido a la habitación donde su hija dormía plácidamente y contempló durante unos instantes su bendita ignorancia. Muy a su pesar tenía que despertarla, un beso bastaría.

– Buenos días pequeñaja, ¿A que no sabes qué día es hoy?- no esperaba respuesta – Venga que vamos a perder el tranvía.

Mientras le cepillaba el pelo no pudo evitar pensar lo mucho que se parecía a su padre, el mismo pelo rubio, la misma naricilla chata , el mismo gesto socarrón, “y el mismo carácter impaciente” corroboró mientras intentaba mantenerla quieta tratando de acabar de hacerle las coletas y anudarle los lazos de los zapatos. Ayudando a vestirse a la niña comprobó que, a pesar de su edad, 4 años recién cumplidos, aún se adivinaban las piernas regordetas, de bebé. -¡Cómo pasa el tiempo!- suspiró intentando darle un cariñoso mordisquito del que la niña se zafó con pericia. La broma continuó al sacar del armario el vestido equivocado – Ése no, el azul -protestó entre risas y cosquillas  mientras le abrochaban el vestido; era su mejor vestido, luminoso y alegre, aquel que mamá le ponía solo los días de fiesta para que no se estropease y que a ella le encantaba porque significaba “Día especial”, un ritual que se venía repitiendo todos los domingos desde hacía tres años.

Cogerían el tranvía atravesando la ciudad de punta a punta, unos vagones que entre semana rebosaban de sudor y apretujones de obreros dirigiéndose a las fábricas y mujeres al mercado pero que los domingos se convertía, sólo para ella, en el transporte que la llevaba a la ciudad de las flores.

La pequeña ciudad estaba bordeada por una tapia construida en ladrillo viejo y un portero tan viejo como el ladrillo, que saludaba cabizbajo a todo aquel que atravesaba el enorme portón, la mayoría mujeres; a veces esbozaba un atisbo de sonrisa cuando veía a la pequeña pero nadie se daba cuenta y el gesto se perdía como muchos otros dentro de la muralla. La mujer saludó al portero con un pequeño gesto de la cabeza, sin levantar la vista y sin cruzar la mirada, con un sentimiento más rayano en la vergüenza que en la timidez.

Tuvieron que ceder el paso a un gran coche negro que encabezaba la marcha parsimoniosa de un compacto grupo de personas, muy juntos, como si se apoyasen los unos en los otros contribuyendo a mantener un equilibrio precario y un andar acompasado.  Compartieron el lento deambular durante un tramo hasta que el cortejo giró a la izquierda recordando aquellos bancos de peces que se mueven al unísono como si un ente superior dirigiese sus movimientos. La madre, que en una mano llevaba el ramo de crisantemos, aceleró el paso sujetando fuertemente con la otra el brazo de su hija. Una vez dentro la niña forcejeó unos instantes, en parte por el dolor del apretón y en parte en busca de la libertad, hasta que logró soltarse entrando corriendo por una gran avenida de grava, allí  no había peligro y la mujer la dejo marchar resignada.

La calle principal estaba flanqueada de pequeñas casitas floridas con puertas  acristaladas en mil colores, dibujando historias antiguas; diminutas iglesias coronadas con cruces  y por el suelo, desparramados en un orden incierto,  grandes bloques de piedra grabada rematados por estatuas intentando rescatar del olvido vidas acabadas. Al final de la avenida un monumento a un prócer  de la ciudad, Joaquín Costa; con la cabeza barbuda erguida en lo alto, miraba un futuro que él no disfrutaría, un hito distribuyendo el resto de las calles, menos importantes.

La niña va y viene, se siente como en casa -Cucú, cucú – nadie contesta- holaaa- el sonido escapa, sin eco, sin respuesta. A ella le divierte, no espera nada. Le gustaba asomarse a aquellas pequeñas casitas silenciosas, casi de su tamaño, como si estuviesen construidas para ser habitadas por niños. En ningún sitio había visto tanto mármol, tanto oro, tantas flores, tantos ángeles. Cuando se aburre de jugar con el silencio y la oscuridad vuelve a coger la mano de la mujer y con un pié en la calzada y el otro en la acera, simula una cojera y da saltitos, arriba, abajo y otra vez arriba mientras giran a una de las últimas calles adyacentes mucho más estrecha.

Aquí ya no hay ángeles ni grandes estatuas, no hay capillas exclusivas, ni panteones familiares, aquí las paredes son monótonas, una cuadrícula gris y negra en la que las flores escasean o están marchitas. La niña intenta alcanzar unos claveles frescos colocados probablemente el día anterior en un jarrón  desistiendo ante el  sobresalto provocado por la foto de un anciano que desde el muro de piedra caliza la observa con ceño fruncido y mirada acusadora. Un gesto reprobatorio de su madre que no había hablado desde que salieron de casa y parecía apagarse por momentos, hace que se acerque tomando de nuevo su mano y se rebuje entre sus piernas; por unos instantes ha sentido frío.

La mujer se detiene, ya han llegado a su destino, levanta la vista y con la respiración entrecortada deposita el abultado bolso negro en el suelo sacando un trapo y comenzando a limpiar el trozo de pared de su propiedad, algo menos de medio metro cuadrado. Desliza el paño con cariño, acariciando centímetro a centímetro su parcela, el retrato, el nombre, dos fechas 1930-1962, una frase “de tu amada esposa e hija”, una ventana a ninguna parte.

Tira las flores ajadas del domingo anterior a una papelera y se agacha con dificultad para sacar del bolso un frasco de cristal con agua; sus movimientos son precisos, aprendidos a fuerza de repetirlos, sin olvidarse de nada;  llena los jarrones con el agua colocando los crisantemos frescos, durarán exactamente una semana. Mientras su hija se entretiene contemplando las ventanitas cercanas, ya los conoce de siempre, por allí hay un par de alpinistas, su ventana es muy bonita, no tiene los retratos pero sí el perfil de unas montañas, la madre le explicó que eran los Mallos de Riglos, -un día podemos ir a verlos, están aquí cerquita, al lado de Huesca,- y una montaña de Suiza “El Eiger” – No, a ésta no podemos ir que está muy lejos.

Un poco más arriba hay otro cuadradito que también tiene flores frescas todos los domingos y la foto de una niña aproximadamente de su edad, con unas coletas cuidadosamente peinadas, ha aprendido a leer ese nombre tan rápidamente como el suyo, Rosa María; a veces se cruzan con sus papás, tristes y cabizbajos, cogidos de la mano. Ella querría preguntar, conocer a aquella niña, podían compartir juegos en la ciudad de las flores y cuando el anciano de la foto no mirase, robar un clavel para colocárselo en el pelo. No entiende por qué su madre no le quiere que moleste al matrimonio, seguro que ellos también quieren que su hija tenga una amiguita.

-Ven aquí, que se nos hace tarde. -Llama la mujer, que se santigua y ayuda a su hija a repetir el gesto -¿Te acuerdas del Padre Nuestro? -juntas recitan la oración despacio, en voz baja como si temieran molestar a alguien; luego la coge en brazos, levantándola, para que pueda besar la foto sepia, ovalada,  desde la que un guapo joven con bigote y una media sonrisa parece agradecer el gesto desde el nicho. La madre se entretiene un poco más en la caricia y el beso secándose las lágrimas con el mismo pañuelo con el que luego limpia por enésima vez la foto.

Escurriéndose de entre los brazos la pequeña ya corre a la otra acera hablándole a un nicho vacio – Holaaa.

El portero ve salir del cementerio a la madre, de luto, cabizbaja y a la niña sonriente saltando con su vestido azul como el cielo con el que se confunde, arriba, abajo y otra vez arriba.

-Hasta el domingo- musita, pero sus palabras se pierden en la ciudad de las flores.

FIN

Escrito por Jardines del Drac

LA GRULLA DORADA

De nuestro libro de relatos “Veintidós Grullas Doradas”, queremos ofreceros el de Carmen Muñoz y que da título al libro, como homenaje y canto de esperanza al Japón. La tragedia que vive en estos tiempos el pueblo japonés, estamos seguros que pronto será superada. Así lo hubiese querido Sadako, la heroina del relato.

 
 
 
 
 

Carmen Muñoz

                                                                      La grulla dorada

Nunca llegaré a plegar las 1.000 grullas que me hacen falta.
Sadako Sasaki
(«Pero se equivocaba»): Los autores

Parecía volar. Su menudo y ligero cuerpo semejaba cortar el viento, corriendo sin freno. Era fuerte y veloz, la más veloz, la primera de clase. En cada carrera sus compañeras se disputaban el segundo puesto, ya daban por sentado que Sadako ganaría. Con once años ya sabía lo que quería ser de mayor, profesora de educación física.
También iba a la cabeza aquella vez, pero su pierna falló y cayó al suelo. Su amiga, Chizuko Hamamoto, se acercó rápida- mente ofreciéndole ayuda.
—¿Te has hecho daño? —preguntó.
—Estoy bien, no ha sido nada, sólo una carrera perdida — contestó Sadako, pero una pequeña cojera fue tomando posesión de su pierna izquierda lentamente.
Aquel septiembre de 1954 el otoño pintó su cara de blanco, robándole el rubor a sus mejillas y comenzó a sentirse mal. Le echaron la culpa a un resfriado temprano, pero cuando en noviembre aparecieron unos pequeños bultos en su cuello y detrás de sus orejas, sus padres empezaron a preocuparse, además no mejoraba de su cojera. Dos meses más tarde, en el Hospital de la Cruz Roja, Sasaki-san oyó de labios de un médico lo que ningún padre debiera oír nunca: Su hija iba a morir, le quedaba a lo sumo un año de vida. Diagnóstico, enfermedad de la bomba A, como llamaban entonces a la leucemia.
Aproximadamente diez años separaban ese día de aquel otro, en el que el corazón de uranio de «Little Boy», madre de todas las bombas, estallaba una clara mañana de verano dejando una cicatriz de fuego y humo en el lugar que un segundo antes ocupaba la ciudad de Hiroshima, desintegrando instantáneamente a miles y miles de personas que se preparaban para vivir un nuevo día.

Sadako no recordaba. Tenía dos años cuando salió despedida de su casa por la onda expansiva, cayendo al suelo, ilesa. Parecía que la muerte se había olvidado de ella, pero sólo había aplazado su encuentro. Su madre la recogió y con ella en brazos salió corriendo hacia el puente de Misasa, donde acudía un ejército de fantasmas, negros, desnudos, mutilados, aullando de terror con las manos tendidas hacia el cielo, muchos de ellos ciegos por el resplandor nuclear, la carne hecha jirones colgando de sus huesos abrasados. Se tiraban a las aguas del río para apagar el ardor insoportable de sus quemados cuerpos apartando con los brazos cientos de cadáveres calcinados. Comenzó a llover. Sobre los vivos, el cielo devolvía a la tierra a los muertos en forma de cenizas mezcladas con el resto de materiales que hacía poco habían sido una ciudad. La lluvia negra alcanzó a Sadako derramando lágrimas de miedo sobre el pecho materno. Su madre también lloraba.
—Será por poco tiempo —mintió Sasakisan a su hija cuando ésta fue ingresada—, hasta que los bultos desaparezcan —y una mueca que pretendía ser una sonrisa imposible apareció en su cara.
Cuando la profesora Nomura anunció en clase que Sadako tenía leucemia, todos los alumnos hicieron el pacto de no revelar nunca a la enferma la gravedad de su dolencia. Algunos íntimamente se preguntaban por qué el azar la había elegido a ella si todos estuvieron allí aquel día o si, tal vez, era la primera de una lista que los incluía a ellos también. Estaban en el primer curso de Secundaria, que tanta ilusión hacía a la niña.
—¿Cómo son las clases, Chizuco? —se interesaba.
—¡Bah! Era mucho más divertida la escuela —contestaba su amiga para no entristecerla.
Sadako contempló desde la ventana el fin del invierno, toda la primavera y la llegada del verano. Poco a poco el paisaje desolado y gris iba vistiéndose de colores al tiempo que de los escombros surgían nuevas casas, como flores de esperanza después de la batalla. Únicamente ella parecía estar detenida. Los bultos de su cuerpo disminuyeron gracias al éxito relativo de algún medicamento, pero seguía cojeando y su pierna izquierda hacía meses que estaba plagada de manchas violáceas.
El tres de agosto el hospital fue invadido por un sinfín de grullas multicolores enviadas por las gentes de la ciudad de Nagoya como deseo de curación para los pacientes.
—¡Mira, Chizuco! ¡Cuántas grullas! ¿Por qué las habrán enviado? —exclamó Sadako, después su mirada se ensombreció y preguntó—: ¿Tú crees que volveré a correr? —su amiga, muy seria, le contó una antigua leyenda sobre aquellas aves sa- gradas, símbolo de salud y longevidad en su cultura.
—Dicen que los dioses otorgan un deseo a aquéllos que les hacen una ofrenda de mil grullas de papel —y cogiendo el envoltorio brillante que había encima de una mesa, comenzó a doblarlo. De sus manos surgió una grulla dorada que entregó a Sadako—: Ésta es la primera —dijo Chizuco.
A aquélla le siguieron otras, primero unas decenas y al poco tiempo podían contarse por cientos. En sus largas horas, la enferma transformaba cada papel que encontraba en una figurita de grandes alas que luego colocaba por el pasillo que llevaba a su habitación, como indicando a los dioses el camino hacia ella. Sus pequeños dedos, cada vez más hábiles, hacían grullas de «origami» más y más pequeñas. Visitaba al resto de los enfermos recabando materiales para su ofrenda: Sobres, tarjetas de felicitación, prospectos de medicamentos… Desde el exterior, Chizuco le traía todos los papeles inservibles que encontraba en el colegio. Necesitaba mil grullas para que llevaran su plegaria al cielo.


Cuando en uno de sus paseos encontró a un niño, enfermo como ella, Sadako le propuso que hiciera lo mismo para pedir curación.
—Los dioses no pueden ayudarme, sé que esta noche moriré —dijo el chico. Mientras hablaba, Sadako observaba en el pequeño cuerpo consumido los mismos bultos y manchas violáceas que la invadían. Aquella noche el niño murió.
¿Por qué? ¿Qué culpas ajenas pagaba ese ser inocente? Ya no le bastaba salvarse a sí misma, continuaría haciendo grullas, hasta mil trescientas, decidió Sadako, para implorar que ningún otro niño tuviera una muerte así. Desde su habitación del Hospital de la Cruz Roja de Hiroshima, un hongo de amor, con cien colores e incontables alas se elevaba por todas las víctimas del mundo. «Escribiré paz en tus alas y volarás por toda la Tierra», era el mensaje que esparcían sus aves de papel hasta el infinito.
Jamás reveló a su familia que conocía su destino. Siempre era la misma niña serena, afable, agradecida a los suyos por el halo de ternura en que la envolvían. Sin embargo, a veces, cuan- do la luz de la habitación ocupada por un enfermo se apagaba, quedando vacía y muda, preguntaba a las enfermeras:
—¿Yo seré la siguiente, verdad? —entristeciendo a aquellas mujeres que, por no contestar, bajaban la mirada y se alejaban después de acariciarla.
Septiembre le robaba sus últimas fuerzas. Ya no podía andar sola y a duras penas continuaba con su labor. Su trabajo febril se convirtió en un doloroso esfuerzo por dar forma de ave a un ligero papel. Estaba muy delgada, casi etérea. Sólo piel y huesos albergaban el espíritu de Sadako, preparado para volar. Ya no soportaba el peso del bello kimono de seda, donde su madre había bordado cerezos en flor. Su primer kimono de adulta, para la mujer que nunca podría ser.
—Tienes que comer Sadako—chan —imploraba la señora
Sasaki.
—No tengo hambre, más tarde, cuando acabe este «origami».
—Haz un pequeño esfuerzo, ¿qué quieres?
—Té y un poco de arroz —pidió, por hacer feliz a su ma- dre. Su padre fue el encargado de traerle la comida.
Tragó la primera cucharada blanca, ofrecida por las manos maternas, y luego otra.
—Está rico —dijo y suavemente se fue, subida a las alas de la grulla que guardaban sus dedos abiertos. Era el 25 de octubre de 1955. Tenía doce años.

                                               EPÍLOGO

Más de medio siglo después, Sadako Sasaki continúa elevando su plegaria a los cielos. Niños de todo el mundo le prestan sus manos. Cada seis de agosto, aniversario del holocausto nuclear, miles y miles de grullas de papel, venidas de todos los rincones del planeta, se posan en el monumento a Sadako, que se alza en el Parque de la Paz de Hiroshima. Por todos nosotros.

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