Dedicada a mis compañeras del CHF y a sus madres.
Se arreglaba despacio, sin ganas, sin apenas mirarse al espejo. De una ojeada comprobó que su aspecto no llamaba la atención. El traje negro que acentuaba más si cabe su extrema palidez combinaba con las ojeras marcadas de quien hace tiempo que no descansa.
El día anterior había comprado un ramillete de crisantemos amarillos que esperaban en la cocina dentro de un frasco con agua. Sacó las flores y envolvió los tallos en papel de periódico para no mojarse y las depositó en el mueble de la entrada junto a un abultado bolso luego se dirigió sin hacer ruido a la habitación donde su hija dormía plácidamente y contempló durante unos instantes su bendita ignorancia. Muy a su pesar tenía que despertarla, un beso bastaría.
– Buenos días pequeñaja, ¿A que no sabes qué día es hoy?- no esperaba respuesta – Venga que vamos a perder el tranvía.
Mientras le cepillaba el pelo no pudo evitar pensar lo mucho que se parecía a su padre, el mismo pelo rubio, la misma naricilla chata , el mismo gesto socarrón, “y el mismo carácter impaciente” corroboró mientras intentaba mantenerla quieta tratando de acabar de hacerle las coletas y anudarle los lazos de los zapatos. Ayudando a vestirse a la niña comprobó que, a pesar de su edad, 4 años recién cumplidos, aún se adivinaban las piernas regordetas, de bebé. -¡Cómo pasa el tiempo!- suspiró intentando darle un cariñoso mordisquito del que la niña se zafó con pericia. La broma continuó al sacar del armario el vestido equivocado – Ése no, el azul -protestó entre risas y cosquillas mientras le abrochaban el vestido; era su mejor vestido, luminoso y alegre, aquel que mamá le ponía solo los días de fiesta para que no se estropease y que a ella le encantaba porque significaba “Día especial”, un ritual que se venía repitiendo todos los domingos desde hacía tres años.
Cogerían el tranvía atravesando la ciudad de punta a punta, unos vagones que entre semana rebosaban de sudor y apretujones de obreros dirigiéndose a las fábricas y mujeres al mercado pero que los domingos se convertía, sólo para ella, en el transporte que la llevaba a la ciudad de las flores.
La pequeña ciudad estaba bordeada por una tapia construida en ladrillo viejo y un portero tan viejo como el ladrillo, que saludaba cabizbajo a todo aquel que atravesaba el enorme portón, la mayoría mujeres; a veces esbozaba un atisbo de sonrisa cuando veía a la pequeña pero nadie se daba cuenta y el gesto se perdía como muchos otros dentro de la muralla. La mujer saludó al portero con un pequeño gesto de la cabeza, sin levantar la vista y sin cruzar la mirada, con un sentimiento más rayano en la vergüenza que en la timidez.
Tuvieron que ceder el paso a un gran coche negro que encabezaba la marcha parsimoniosa de un compacto grupo de personas, muy juntos, como si se apoyasen los unos en los otros contribuyendo a mantener un equilibrio precario y un andar acompasado. Compartieron el lento deambular durante un tramo hasta que el cortejo giró a la izquierda recordando aquellos bancos de peces que se mueven al unísono como si un ente superior dirigiese sus movimientos. La madre, que en una mano llevaba el ramo de crisantemos, aceleró el paso sujetando fuertemente con la otra el brazo de su hija. Una vez dentro la niña forcejeó unos instantes, en parte por el dolor del apretón y en parte en busca de la libertad, hasta que logró soltarse entrando corriendo por una gran avenida de grava, allí no había peligro y la mujer la dejo marchar resignada.
La calle principal estaba flanqueada de pequeñas casitas floridas con puertas acristaladas en mil colores, dibujando historias antiguas; diminutas iglesias coronadas con cruces y por el suelo, desparramados en un orden incierto, grandes bloques de piedra grabada rematados por estatuas intentando rescatar del olvido vidas acabadas. Al final de la avenida un monumento a un prócer de la ciudad, Joaquín Costa; con la cabeza barbuda erguida en lo alto, miraba un futuro que él no disfrutaría, un hito distribuyendo el resto de las calles, menos importantes.
La niña va y viene, se siente como en casa -Cucú, cucú – nadie contesta- holaaa- el sonido escapa, sin eco, sin respuesta. A ella le divierte, no espera nada. Le gustaba asomarse a aquellas pequeñas casitas silenciosas, casi de su tamaño, como si estuviesen construidas para ser habitadas por niños. En ningún sitio había visto tanto mármol, tanto oro, tantas flores, tantos ángeles. Cuando se aburre de jugar con el silencio y la oscuridad vuelve a coger la mano de la mujer y con un pié en la calzada y el otro en la acera, simula una cojera y da saltitos, arriba, abajo y otra vez arriba mientras giran a una de las últimas calles adyacentes mucho más estrecha.
Aquí ya no hay ángeles ni grandes estatuas, no hay capillas exclusivas, ni panteones familiares, aquí las paredes son monótonas, una cuadrícula gris y negra en la que las flores escasean o están marchitas. La niña intenta alcanzar unos claveles frescos colocados probablemente el día anterior en un jarrón desistiendo ante el sobresalto provocado por la foto de un anciano que desde el muro de piedra caliza la observa con ceño fruncido y mirada acusadora. Un gesto reprobatorio de su madre que no había hablado desde que salieron de casa y parecía apagarse por momentos, hace que se acerque tomando de nuevo su mano y se rebuje entre sus piernas; por unos instantes ha sentido frío.
La mujer se detiene, ya han llegado a su destino, levanta la vista y con la respiración entrecortada deposita el abultado bolso negro en el suelo sacando un trapo y comenzando a limpiar el trozo de pared de su propiedad, algo menos de medio metro cuadrado. Desliza el paño con cariño, acariciando centímetro a centímetro su parcela, el retrato, el nombre, dos fechas 1930-1962, una frase “de tu amada esposa e hija”, una ventana a ninguna parte.
Tira las flores ajadas del domingo anterior a una papelera y se agacha con dificultad para sacar del bolso un frasco de cristal con agua; sus movimientos son precisos, aprendidos a fuerza de repetirlos, sin olvidarse de nada; llena los jarrones con el agua colocando los crisantemos frescos, durarán exactamente una semana. Mientras su hija se entretiene contemplando las ventanitas cercanas, ya los conoce de siempre, por allí hay un par de alpinistas, su ventana es muy bonita, no tiene los retratos pero sí el perfil de unas montañas, la madre le explicó que eran los Mallos de Riglos, -un día podemos ir a verlos, están aquí cerquita, al lado de Huesca,- y una montaña de Suiza “El Eiger” – No, a ésta no podemos ir que está muy lejos.
Un poco más arriba hay otro cuadradito que también tiene flores frescas todos los domingos y la foto de una niña aproximadamente de su edad, con unas coletas cuidadosamente peinadas, ha aprendido a leer ese nombre tan rápidamente como el suyo, Rosa María; a veces se cruzan con sus papás, tristes y cabizbajos, cogidos de la mano. Ella querría preguntar, conocer a aquella niña, podían compartir juegos en la ciudad de las flores y cuando el anciano de la foto no mirase, robar un clavel para colocárselo en el pelo. No entiende por qué su madre no le quiere que moleste al matrimonio, seguro que ellos también quieren que su hija tenga una amiguita.
-Ven aquí, que se nos hace tarde. -Llama la mujer, que se santigua y ayuda a su hija a repetir el gesto -¿Te acuerdas del Padre Nuestro? -juntas recitan la oración despacio, en voz baja como si temieran molestar a alguien; luego la coge en brazos, levantándola, para que pueda besar la foto sepia, ovalada, desde la que un guapo joven con bigote y una media sonrisa parece agradecer el gesto desde el nicho. La madre se entretiene un poco más en la caricia y el beso secándose las lágrimas con el mismo pañuelo con el que luego limpia por enésima vez la foto.
Escurriéndose de entre los brazos la pequeña ya corre a la otra acera hablándole a un nicho vacio – Holaaa.
El portero ve salir del cementerio a la madre, de luto, cabizbaja y a la niña sonriente saltando con su vestido azul como el cielo con el que se confunde, arriba, abajo y otra vez arriba.
-Hasta el domingo- musita, pero sus palabras se pierden en la ciudad de las flores.
FIN



