El pasado domingo día 12, planeamos por la capital del reino firmando grullas y eulalias en la caseta de Éride. Os agradecemos a tod@s vuestra compañía. No hay nada como los amigos.
Archivo para 06, 2011
CARMEN HUERTO
Este relato ha obtenido un accésit en el concurso de relatos “De buena fuente” de Logroño
TREN CORREO ZARAGOZA-BILBAO
Pseudónimo: CHEFERIANA
No conocí a mi padre. Murió el mismo mes en el que yo cumplía mi primer año de vida dejando tras de sí dos niños huérfanos y una joven viuda sin más herencia que un reloj de bolsillo de poco valor, un duro de plata con la efigie de Amadeo de Saboya y una decena de fotos en blanco y negro que mi madre guardó celosamente en un viejo álbum y que mi hermano y yo nos encargamos de arrugar y pintarrajear en las tardes aburridas del invierno.
De niña, yo disfrutaba pasando las hojas de aquel álbum, memorizando el rostro de mi padre e imaginando matices que las fotos no habían sabido atrapar, inventando respuestas a preguntas nunca formuladas. Deseaba descubrir más de él en aquellos retazos de vida que siempre me devolvían las mismas imágenes grises y negras. Sólo en una de esas fotos aparecía a mi lado, abrazándome, con el rostro desmejorado pero los ojos brillantes, orgulloso de aquel bebé regordete que dormitaba sobre su hombro.
En otra, se retrataba más joven y adoptaba el gesto de un galán de cine con su fino bigote haciendo sombra a una sonrisa socarrona. Mi madre aseguraba que en ese retrato era “igualito que Errol Flynn” afirmación que provocó que, durante años, yo albergase la esperanza de que seguía vivo, aferrada a la idea de que su atracción por el mundo del cine le había obligado a abandonarnos pero que, cualquier día, volvería cargado de regalos. Y cada vez que la televisión reponía una de sus películas y el actor americano fijaba la vista en el objetivo de la cámara mirando directamente al público, yo estaba convencida de que a quien realmente miraba era a mí sabiéndome cómplice de su secreto.
Pero una de aquellas fotos destacaba entre las demás y no sólo porque las triplicase en tamaño sino porque en ella, en primer plano, junto a mi padre y su compañero aparecía una gigantesca locomotora de vapor, flanqueada por dos banderas de España y con un escudo en el frente orlado por la característica leyenda “una, grande y libre” símbolo del régimen. A su espalda, la fila de vagones se perdía en la perspectiva gris y brumosa de la instantánea. Me gustaba lo que podía adivinarse en la pose de esos dos hombres que, pese a ir vestidos con mono de trabajo, habían adoptado una postura acorde con el momento que se conmemoraba y que no era otro que la inauguración de la nueva estación de Logroño, asumiendo un gesto que reforzaba la dignidad de su trabajo, las manos en la espalda y la cabeza ligeramente levantada mirando fijamente el objetivo de la cámara, o quizá más allá, donde las vías se difuminan presintiendo el final del viaje. Y es que ambos eran maquinistas, maquinistas de los de antes, tiznados de carbón, con las mangas remangadas, las uñas negras y el olor a creosota metido en la piel.
Mi hermano y yo creceríamos separados el uno del otro, forzados a un necesario desencuentro, como dos trenes que se cruzan pero que llevan destinos opuestos, el suyo un internado de chicos en Madrid y el mío uno de niñas en la ciudad de Palencia. La distancia de casa me obligaba a tomar el tren dos veces, el primer viaje me llevaba desde Zaragoza al colegio, el segundo, tres meses más tarde, me devolvía de nuevo mi hogar. El recorrido era largo, monótono porque el expreso, que atravesaba la península desde la Barcelona mediterránea hasta las costas gallegas, avanzaba tan lentamente como un anciano que necesitase descansar en los bancos de todas las estaciones por las que pasaba. Sólo un punto endulzaba aquel recorrido amargo: la parada en la estación de Logroño que se había convertido en mi estación favorita desde aquella primera vez en la que un pasajero bajó apresurado al andén y compró una bolsita de caramelos de la Viuda de Solano ofreciendo uno a la niña llorosa que viajaba a su lado. A mi madre no le quedó más remedio que, en cada viaje que realizábamos, apearse durante un par de minutos para adquirir la preciada bolsa capaz de mantener mis dientes pegados en una sonrisa forzada durante el resto del recorrido. Además, en su fuero interno, la mujer se enorgullecía de contribuir al buen funcionamiento de la empresa de alguien que, como ella, era viuda.
Y no podía olvidar que aquella era la estación de la fotografía, mi estación y, mientras pegaba la nariz al cristal vigilando que el tren no se marchase sin mi bolsa de caramelos, esperaba, en un momento mágico, ver aparecer a mi padre entre el vapor de la locomotora, en mono de trabajo, saludando con la mano; pero nunca ocurrió.
Aquellos no fueron buenos años, cualquier periodo de tiempo es malo cuando se añora tanto, pero los colegios de huérfanos de ferroviarios aportaron durante toda nuestra adolescencia nuevas imágenes en blanco y negro al álbum de fotos que se iba engrosando al mismo tiempo que nosotros nos convertíamos en adultos y advertíamos que la vida transcurre al ritmo de los avances ferroviarios: avanzando tan despacio como las viejas máquinas de vapor, en la niñez, luego, en tu juventud, se acelera y se convierte en un recorrido en TALGO, ligero y uniforme, hasta que finalmente comprendes que los días circulan mucho más rápido que el AVE y que, sin darte cuenta, estás llegando al final de un viaje en el que el olvido ha ido velando muchas de las instantáneas que guardabas en tu memoria.
No ha sido sino mucho tiempo después cuando aquel álbum de fotos ha vuelto a reclamar mi atención ya que estoy instalándome en mi nueva casa y he decidido recuperar viejas instantáneas de la familia para decorar una de las zonas del salón: fotos añejas que le den un aire nostálgico a la pared. Así que este fin de semana, durante una comida familiar, he obligado a mi madre a rebuscar en los armarios y cajones y, durante el café, los recuerdos se han desparramado sobre la mesa como aquellas dulces y pegajosas pastillas de tofe. La velada se ha alargado hasta bien entrada la noche y en ella hemos saboreado las risas, los silencios y las nostalgias de aquellos años.
Ahora, de madrugada, cuando todos duermen, me he sentado delante del ordenador con la intención de reflejar en un relato las vivencias de aquellos años y, con la facilidad que nos ofrecen ahora las nuevas tecnologías, he tecleado una búsqueda en la página de Google: INAUGURACIÓN ESTACIÓN DE LOGROÑO: 460.000 resultados no están nada mal pero hay un pequeño recuadro que me obliga a contener la respiración, un link que me redirige a una página de Youtube donde un portal llamado CulturadeRioja ha colgado un vídeo de poco más de dos minutos con lo que parece un reportaje de NODO.
La espera atenaza mi estómago, mi corazón se acelera tanto que necesito unos segundos para tranquilizarme. Es imposible que mi padre aparezca en este vídeo pero la niña huérfana y perdida que había permanecido en mi interior no pierde la esperanza. Los dedos me tiemblan tanto que apenas atino a clicar sobre el símbolo que pone en marcha aquellas imágenes rancias y de los altavoces surge una fanfarria que me devuelve a mi infancia, a aquellas tardes de cine precedidas del noticiario español, a pantanos inaugurados, a bailes regionales, pero esta vez la película no se titula “Murieron con las botas puestas” ni el protagonista es un Errol Flynn trasnochado, es una película colmada de posibilidades.
El locutor comienza a hablar de la nueva estación de autobuses que se inaugura en la ciudad lo que me resulta frustrante, aquella voz sigue hablando y las imágenes no dejan lugar a las dudas, esto no tiene nada que ver con el ferrocarril. Desilusionada, estoy a punto de desistir. Los fotogramas cambian, de pronto aparece la vieja estación de tren y aumento el volumen de los bafles aún a riesgo de despertar a toda la casa. Expectante, fijo la mirada en la pantalla que me presentaba a las autoridades del momento, gentes ajenas que no me importan y trenes TAF demasiado modernos cuando lo que yo busco es la negra locomotora Mikado que aparece en mi recuerdo. Acaricio instintivamente la fotografía que reposa sobre mi escritorio, no escucho, tan sólo aguardo sin atreverme a apartar los ojos de la pantalla, convertida de nuevo en una chiquilla indefensa que espera a un padre que nunca llega.
Ha sido entonces cuando he visto a la máquina acercarse a mí, “dándose humos”, orgullosa de su papel en aquel acontecimiento y, justo en el momento que corta la cinta, logro entrever asomada en la cabina del maquinista, una borrosa silueta, apenas una sombra.
Levanto mi mano en un conato de saludo:
- Hola papá… soy yo… tu niña pequeña… estoy aquí esperándote.
El tren correo Zaragoza-Bilbao pasa a mi lado y una mota de carbonilla ha debido saltar a mis ojos porque las lágrimas, me impiden ver cómo mi padre se vuelve y me dice adiós con una sonrisa.
FIN
Dedicado a mi padre, el maquinista que conducía la locomotora que el día 9 de noviembre de 1958 cortó la cinta conmemorativa que inauguraba la Estación de Logroño.
LOS JARDINES DEL DRAC EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID
El próximo domingo día 12 en la caseta 292 (Éride Ediciones) estaremos ambas cármenes firmando ejemplares de “Veintidós grullas doradas”. Jordi no estará lejos, en la misma caseta y el mismo día, firmara ejemplares de su última novela.
Al hilo de la vida (Eulalia de Borbón, la indómita).
A todos lo que estéis en Madrid, os esperamos.
Esperamos que si os gusta la portada, más os gustará el contenido
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