Los Jardines del Drac

Carmen Huerto, Carmen Muñoz y Jordi Martínez

Archivo para 09, 2011

Nuevo relato de Carmen Muñoz, del libro”Veintidós grullas doradas”

 

 
 
 
 

Carmen Muñoz

Carmen Muñoz

De nuestro libro de relatos os queremos ofrecer este de Carmen Muñoz. Bajo el arcano de “La Papisa”, Carmen relata una situación humana extrema y difícil, sin embargo, su protagonista extrae de ella un canto a la superación y al rehacer vital.

                                                             El atanor del trigo

                                                       Tan pobre como la mesa que carece de pan, así la vida resulta vacía si le falta amor.
                                                                                                                   San Antonio de Padua
 
 
 
 
 
 
 
 

 

El médico fijó los ojos en el informe y se demoró unos minutos en ordenar sus pensamientos antes de «dictar sentencia», cosa que hacía habitualmente de forma sencilla y aséptica, como si de un catarro se tratara. Esta vez era distinto, pues la mujer que esperaba «condena» o «absolución» era una vieja amiga, con la que incluso había compartido pupitre hasta que la universidad separó sus caminos. Laura esperaba seria, simulando tranquilidad,sentada en una silla de respaldo alto al otro lado de la mesa. Hacía unas semanas había notado un bulto en el seno izquierdo que obstinadamente seguía allí después del último ciclo menstrual, lo cual había dado lugar a una serie de exploraciones, análisis y mamografías que habían desembocado en aquel momento y lugar, la consulta de Nico, como acostumbraba a llamar a Nicolás desde los tiempos del instituto, casi treinta años atrás.

Cuando por fin la miró, ella comprendió el diagnóstico, aún antes de que el terrible nombre fuera pronunciado, y una bofetada de miedo la golpeó secamente.
—Se puede apreciar una formación tumoral—dijo el médico en tono suave.
—Dicho de otra manera: Cáncer de pecho, ¿no?, como mi madre —respondió abruptamente la enferma.
—Bueno, mujer… hoy en día ya no es lo que era y cogido a tiempo es superable en la mayoría de los casos.
—En la mayoría de los casos…—repitió Laura como un eco, lo que ponía de relieve al otro grupo, menos afortunado.
—Vamos a empezar con «quimio» para ver cómo evoluciona.
Posiblemente no sea necesaria una mastectomía, pero tenemos que empezar ya.
—Necesito unos días para poner orden en el caos, ¿puedo?
—Te doy una semana, diez días a lo sumo.
—Gracias.

La vuelta a casa se convirtió en un camino de retorno hacia el pasado. Llovía, como aquel día, ya muy lejano, en que su madre salió de casa por última vez, ¿a dónde?, ¿por qué? Eternamente silenciosa en un lecho de madera, escoltada por cuatro hombres
de la familia mientras su padre hundía la cara en el pañuelo arrugado y húmedo que contenía su dolor. Ella dio la espalda a la comitiva, maldiciendo desde cada rincón de su alma la vida cruel. Siempre es demasiado pronto para perder a una madre, más aún a los diecisiete.

Como toda mujer, había soñado desde niña con ser princesa, actriz, maestra o enfermera en un mundo ideal de muchas sonrisas y pocas lágrimas, hasta entonces, en que la búsqueda del sentido se convirtió en su horizonte, inalcanzable y esquivo como tal. Únicamente encontrando el significado, la razón para tanto dolor, encontraría el consuelo. El mundo se le antojó hostil; miraba a sus amigas de juventud con los ojos de resentimiento de un animal herido: Tenían lo que ella había perdido para siempre. Para siempre.

 

Apenas sin darse cuenta, y sin importarle demasiado, había ido desatando lazos, soltando amarras. Después se hizo a la mar, solitaria tripulante de un barquito de papel navegando en círculos, mecido por todos los vientos del pensamiento humano: Estudió Filosofía, ciencia de preguntas trascendentes y de respuestas plausibles, pero quién sabe si verdaderas. Vivía en su cabeza y para su cabeza, pasando como un fantasma a través de la gente que la rodeaba. Su «autismo» emocional impedía cualquier impregnación que no viniera del mundo de las ideas. Ya profesora, ante la pregunta de algún alumno ávido sobre sus creencias acerca del mundo y sus misterios, siempre comenzaba: «En mi opinión… », poniendo en su boca un punto de amarga insatisfacción. La verdad es escurridiza como agua en una cesta de mimbre.
El amor la había rozado varias veces y otras tantas había volado de su lado cansado de esperar a ser, no lo único, pero sí lo primero en su vida. En una ocasión, un curso de postgrado en la Sorbona sobre «El panteón griego y los arquetipos jungianos» puso fin a una relación de varios años y cuya salida plausible era la tan manida boda con banquete y luna de miel. En otra fue un trabajo como lectora en una universidad inglesa la excusa para la ruptura. Siempre errante, capaz de pensar más que de sentir, e íntimamente sola. Tenía algún año más de cuarenta, pocos amigos, una cátedra universitaria y un cáncer de pecho.

 

La lluvia arreciaba por momentos golpeando en el rostro de Laura. Se refugió casualmente bajo el toldo de una agencia de viajes y miró el escaparate esperando que parara el aguacero. Recortada sobre el cielo turco, la fotografía mostraba la silueta de «Hagia Sofia», el templo de la Santa Sabiduría. Nunca había estado en Estambul ni en la mágica Capadocia. Quizás fuera el momento; un viaje tangible que prometía alcanzar la metáfora en ladrillo y mármol de su eterna búsqueda. Por una vez dejó a sus pies que tomaran el mando y la guiaran. Entró.

No sabía leer ni escribir y debía su nombre, Soraya, a una bella princesa iraní de ojos verdes que aparecía en una de las pocas revistas que habían llegado a manos de su madre en el olvidado villorrio en el que esperaba su nacimiento. Quizás por casualidad, dos grandes esmeraldas brillaban también en su cara y como su lejana homónima, tampoco había tenido hijos. Todos sus hermanos habían dejado la inmensa llanura de Anatolia para buscar un futuro mejor en las atestadas calles de Estambul, quedando ella al cuidado de la casa familiar y de sus padres. A pesar de su juventud, hacía largo tiempo que había enviudado. Cultivaba un pequeño terruño donde plantaba trigo abriendo surcos con un arado tirado por bueyes. Tenía unas cuantas gallinas y un pequeño huerto del que se alimentaba y que ocupaba gran parte de su tiempo, pero siempre que podía corría al campo sembrado. Las tiernas espigas mecidas por el viento parecían el mar que ella no había visto nunca y que posiblemente nunca vería, pero del que había oído hablar a los familiares que, de tarde en tarde y por poco tiempo, volvían de la lejana metrópolis. Regaba los esbeltos tallos con sus pensamientos a la espera de alguna nube benefactora que acudiera en su ayuda. Era feliz. Lo tenía todo. No precisaba nada más. No se es pobre cuando no se conoce la riqueza.
Cuando el color dorado del trigo avisaba de que había llegado el tiempo, ella misma lo segaba, trillaba, aventaba, recogía el grano en sacos y lo llevaba al molino donde se lo devolvían mutado en harina. Entonces empezaba el milagro, la alquimia primigenia. Sus manos transformaban amorosamente el polvo blanco mezclado con agua en una masa sólida y elástica. Soraya se realizaba en la humilde tarea de hacer pan. Tomaba un pedazo del blando cuerpo y lo extendía sobre una piedra modelándolo con un palo de madera hasta convertirlo en una fina superficie circular que después colocaba sobre una plancha convexa de metal ardiente donde se cocía. Sus dedos eran los últimos de una cadena que se perdía en el pasado remoto y que amenazaba con romperse. Hablaba poco, callaba mucho, aunque siempre estaba cantando, silenciosamente. Sentía el latir de los demás tan sólo con mirar: El corazón apretado de su madre recordando a los hijos lejanos, la mente del padre vagando sobre un mundo que iba muriendo, la exaltación del amor en unas mejillas o el profundo desamparo de un niño castigado. Para todos tenía consuelo o caricia en forma de alimento ancestral que entregaba con un movimiento de su brazo y una sonrisa. Ahora comenzaba a ofrecerlo en uno de los hoteles que jalonaban de nuevo la ruta de la seda a gentes extrañas, venidas de muy lejos.

La turista observaba embelesada la refinada habilidad de la mujer que, sentada sobre sus bombachos y ceñida la frente con un pañuelo de seda con pequeñas flores, se afanaba absorta en su trabajo. Aquella tradición arcana que transmutaba la tierra en alimento le pareció la piedra filosofal que transformó al mono cazador en hombre.
Desde su posición, la panadera acertaba a distinguir en la periferia de su visión unos pies presos en unas sandalias inmóviles hacía largos minutos. Levantó los ojos y se encontró con la mirada atenta de una mujer que le sonrió en un ademán de admiración y respeto. Comenzaron un bello diálogo mudo en el universal idioma de los gestos. Con un dedo la artesana hizo un movimiento de arriba abajo invitando a la extranjera a sentarse como ella. Luego le tendió un lienzo blanco, inmaculado, con el propósito doble de servirle de delantal y proteger sus piernas de la desnudez impuesta por una vestimenta impropia para tal postura. La turista obedecía en todo a la maestra, que tomó una bola de la masa blanca que esperaba en una cesta a ser cocinada y la colocó sobre la plana superficie de piedra extendiendo luego el palo a su improvisada alumna con el significado tácito de «ahora tú». Y empezó una ardua tarea de modelaje de un material servil en manos sabias y rebelde y correoso en las suyas. La fuerza de sus brazos no fue suficiente para amaestrar la pasta. Doctora del conocimiento, maestra del arte de pensar, era incapaz de transmitir la orden adecuada a sus dedos ignorantes. ¿Cómo era posible que no le obedeciera, que se resistiera a perder su forma esférica, que toda su sapiencia no sirviera para doblegar la voluntad de un simple grumo de harina? Sentía cómo el orgullo se transformaba en vergüenza y ésta poco a poco en humildad, deshaciendo la tensión de sus músculos. Luchando contra tan débil adversario se vio a sí misma; también ella era una masa cruda. También ella necesitaba dejarse moldear, rendirse al contacto de unas manos que le dieran nueva forma. Luego vendría la verdadera transformación, el cambio íntimo que convierte algo inútil, como una bola de harina, como su propia vida, en alimento. No le importó verse expuesta al ridículo o a la condescendencia de los demás, estaba descubriendo en el proceso una metáfora de su vida, convertida en trigo. Pacientemente, la panadera iba dictándole el siguiente paso, siempre en su mudo lenguaje: Estira de allí, aprieta más, haz movimientos más largos, ahora al otro lado… hasta que al cabo de un buen rato aquello se parecía vagamente al diseño final que había visto anteriormente, algo así como el dibujo de un niño que copia el de un adulto. Con el pulgar hacia arriba, la maestra dio su aprobación e invitó a la extranjera a colocar la fina lámina sobre un fogón de hierro caliente convirtiéndolo en su primer pan. Plenitud llamó al sentimiento que la embargó. Miró con respeto a aquella mujer, analfabeta quizás y no obstante su maestra, la sacerdotisa que la había iniciado sin saberlo en una visión nueva de la vida y de sí misma. En un recóndito lugar de Turquía, la profesora comenzaba un nuevo viaje, desde las aguas someras de la erudición a las profundas de la sabiduría. Dejó caer el fardo de las antiguas creencias y se sintió liberada; era un niño recién nacido y tenía todo por aprender. Una vez cocida, Soraya dobló la fina lámina varias veces sobre sí misma y dejó caer desde arriba un puñado de semillas aromáticas que cayeron irregularmente sobre la tierna superficie formando una mancha oscura que sobresaltó a la novel artesana. Inconscientemente, ésta agarró un cuchillo que estaba cerca con el que se proponía extirpar el cúmulo indeseado, también ella albergaba una mancha oscura, pero una suave mano la detuvo. Con delicadeza, la panadera sopló sobre el alimento llevándose los pequeños granos con su hálito y lo entregó, limpio, a su dueña. Se miraron a los ojos. Una mantuvo su serena mirada, la otra la apartó anegada. ¿Le estaba diciendo algo? ¿Era capaz aquella mujer de ver su interior? ¿Conocía el sufrimiento que la afligía? Las preguntas se agolpaban en su cabeza mientras miraba a su interlocutora que sonreía. No podía tender un puente de palabras entre ellas, sin embargo podía descifrar en su rostro un mensaje de esperanza. Silenciosamente, le dio las gracias más sinceras que jamás había dado.

Se acercó a la mesa que compartía con otros viajeros con su ofrenda y la recibieron con un aplauso. «Lo que no se da se pierde. La vida es reflexión pero sobretodo experiencia nutricia», comprendió al fin. Todos comieron de ella.

 

                                                                     Epílogo
—¿Preparada?
—Preparada. ¿Vendrás a cenar a casa cuando todo acabe, Nicolás?
—Depende de la cena que prepares.
—Pan, sobre todo pan —respondió la nueva Laura.

 

Escrito por Jardines del Drac