Los Jardines del Drac

Carmen Huerto, Carmen Muñoz y Jordi Martínez

Y tú, ¿Quien eres? – Autora: Carmen Huerto

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Las luces de la sala se atenúan permitiendo que los primeros compases del tema “Capote de grana y oro” se desparramen entre las mesas del café-cantante que, abarrotado de gente joven disfrutando del espectáculo, confirma el éxito de su reapertura. El silencio se adueña poco a poco de la sala mientras las palmeras del escenario, herencia de los viejos tiempos, se ondulan al ritmo de la copla escoltando a la exuberante vedette que acaba de hacer aparición. Sólo dos muchachos continúan conversando quedamente con su padre. De vez en cuando lanzan ojeadas fugaces al anciano con el que comparten mesa y que desde su llegada al local ha permanecido, como si en ello le fuese la vida, dibujando con dedos torpes garabatos ininteligibles sobre el tablero de formica. Esperan inútilmente sorprender un gesto de complacencia, de reconocimiento, pero él continúa su tarea imposible de atrapar los destellos provocados por los rayos de luz al atravesar el líquido de las bebidas.

Un descuidado empujón del camarero le obliga a levantar los ojos contemplando incómodo los rostros que le rodean. .

-Y tú, ¿quién eres? –pregunta abruptamente al joven sentado frente a él.

El muchacho coloca la mano sobre el hombro del anciano en un gesto de cariño y protección –Soy Luis, abuelo; tu nieto, el hijo de Paca.

-¡Vete a hacer puñetas, Perico! ¡Tómale el pelo a otro! – Responde con un bufido de incredulidad. – Además, ya me estoy cansando de tener que venir a acompañarte al Plata, la Carmen se me está mosqueando; tú y tu manía  con los besos,  “besitos de celofán”, “besitos de celofán”, –repite con retintín y burla-   a ti lo que te van son las tetas de la gachí que lo canta, la tal Mayte.

Luis y su hermano no pueden evitar reírse y seguirle la corriente pese a los gestos desaprobatorios de su padre que intenta evitar a toda costa confundir al abuelo.

–Sí hombre, ya sabemos que a mí me va la Mayte, pero ¿a ti?… seguro que hay alguien que te hace tilín. Venga,  ¿Quién te gusta?

-El negro Tonsón, cojones, que siempre andas con lo mismo- fue la respuesta categórica y socarrona del abuelo, rememorando a un famoso cantante de antaño y  provocando la sonora carcajada de su yerno.

Aquel  intento de sonsacar al anciano había resultado inútil pero había pintado una sonrisa en el rostro de los cuatro.

Porque era eso, una reunión de los hombres de la familia, un regalo en su ochenta cumpleaños al anciano que perdía la memoria por momentos, un intento de hacerle feliz aunque sólo fuese unos instantes. Paquita, su hija, había discutido largamente con su marido la conveniencia de sacarlo de casa –No sabes cómo va a reaccionar, Mariano, ten en cuenta que ya raramente nos reconoce; si el otro día me confundió con su madre, que en paz descanse, pidiéndome que le hiciese las natillas como a él le gustan. Mira… que no… que no quiero tener problemas.

La idea había surgido de los nietos pero, finalmente, fue el padre quién tuvo que convencer a una reticente Paca.

-Venga mujer, no va a pasar nada; me llevaré a los chicos y malo será que entre los tres no podamos apañarnos. Si te quedas más tranquila, vete a la consulta y le preguntas a Doña Rosa, seguro que te dice que no hay ningún problema.

La mujer casi convencida intentó oponer un último atisbo de resistencia, más por curarse en salud, que por convencimiento. Quería dejar bien claro que si ocurría algo iba a poder utilizar la consabida fórmula del “ya os lo había dicho”. – Pero es que al Plata… –dijo alargando última “a” lo suficiente para dejar constancia de su desaprobación aunque su marido sabía que las últimas defensas habían caído derrotadas.

Toda la familia conocía la relación del abuelo con “El Tubo”; la famosa zona de Zaragoza, sus bares, sus bocadillos de calamares, el olor a fritanga y orines, y sobre todo “el Plata”, aparecían en todas las anécdotas e historietas narradas antes de su enfermedad, siempre referidas al el café cantante más emblemático de la ciudad, y a los locales adyacentes. Y sus nietos disfrutaban desde la adolescencia con los relatos ligeramente subidos de tono que ahora se considerarían casi mojigatos.

 –Cómo han cambiado los tiempos –   evocaba, rascándose la cabeza intentando reavivar los recuerdos. – Cuando yo era joven, coger por la cintura a una chica era pecado mortal y tenías que confesarte rápidamente; yo a vuestra abuela no le di ni un beso hasta la noche de bodas, y no sería por ganas, pero la muy puñetera, “que Dios tenga en su gloria”, decía que ella era muy decente. Y tan decente, cada vez que la tocaba se quedaba embarazada y como sólo quería tener dos hijos, imaginaos. – Llegados a este punto Paca desaparecía hacía la cocina rezongando y con las mejillas ardiendo mientras sus hijos reclamaban más. –Así que había que uno tenía que desfogarse como podía, las más de las veces en la calle del Caballo con alguna puta de buen ver; a mí siempre me han gustado rellenitas, con buenas ancas y mejores pechugas; a las flacas no hay por dónde agarrarlas, un palo, eso es lo que son, un palo -  reafirmó golpeando con su bastón la tarima del salón.

 -Aquellas mujeres sí que hacían una buena labor social, -continuó – la medalla al mérito civil les tenían que haber dado. Yo estaba enchochado con la Portuguesa, una guapa hembra, cariñosa y limpia donde las haya. Que ojos tenía aquella mujer, negros, profundos, cuando la mirabas de cerca parecía que ibas a caer en un pozo sin fondo, esa sí que era una buena moza.  Llegó a España huyendo de un marido que la violaba y pegaba un día sí y otro también, así que como ella decía “el meterme a puta ha sido un descanso por lo menos aquí gano un buen dinero”. Y con el capital ahorrado, le pagó la carrera de derecho a su hijo Joao que ahora está, de vuelta a su país, ejerciendo la abogacía y trata a su madre como una reina, ¡si hasta chacha tiene! Actualmente vive como lo que siempre fue, una gran señora –puntualizó-. No le comentéis nada a vuestra madre pero si hubiese tenido el valor de enfrentarme al qué dirán y sobre todo a la abuela, hoy estaría viviendo felizmen… – Su mutismo repentino y la falta de intención en su mirada, extraviada de repente en el gotelé  de la pared, asustaron a los muchachos que corrieron a la cocina en busca de su madre. Aquellos silencios se habían incrementado con el transcurrir de los meses, hasta el día que, perdido, se había sentado en la mesa del bar sin recordar el camino de vuelta a casa.

Cuando quedó viudo, su hija decidió retornar al domicilio familiar –Tu casa es el doble de grande que la nuestra y más céntrica- impuso, el tono autoritario no admitió réplica y tanto padre como marido acataron sumisamente las órdenes.  No se arrepentía, estos cinco años que le habían permitido ejercer de maestro y compañero de juegos con sus nietos, y disfrutar de los arrumacos que su hija aún le dispensaba.  Estableció una rutina diaria cómoda y gratificante. Cada tarde, después de comer, cogía su bastón y renqueaba hasta la Plaza de Santa Marta –A tomar un carajillo- decía, -que si no, no me funcionan las tripas. –Y la hija lo dejaba marchar aliviada porque así disponía de un pequeño espacio de tiempo para sí misma; con los niños en el colegio y Miguel trabajando,  recogía rápidamente la cocina y se acurrucaba en el sofá, tranquilamente, con un café con leche calentito a ver la telenovela. Aquella tarde Cristal le había dicho “sí quiero” a Luis Alfredo dando por finiquitada una serie que había tenido a media España colgada del televisor durante meses. Paca se secaba las lágrimas con el delantal  mientras llevaba la taza a la fregadera, extrañada de que su padre no hubiese vuelto aún a casa; lo habitual era que lo hiciese en medio de las escenas más emotivas o de las más inquietantes, pero siempre a tiempo de ver el programa de la tarde. Poniéndose en lo peor llamó a su marido al trabajo.

– Seguro que lo ha atropellado un coche, mira que le tengo dicho que no salga a la avenida; si es que siempre se tiene que salir con la suya, es un cabezón, y ahora habrá que llamar a todos los hospitales, porque claro, si está inconsciente cómo van a saber que es mi padre y que encima es alérgico a la penicilina. –El marido intentaba interrumpir, sin conseguirlo, aquel maremoto imparable así que aprovechó el segundo en que su mujer se detuvo para tomar aliento.

-Lo primero tranquilízate, ¿vale? Espera un poco más no se haya encontrado con algún compañero de la mili o con algún vecino y se haya entretenido. Si en diez minutos no ha vuelto, te bajas en un momento hasta el bar por el camino de siempre y si no lo localizas, me vuelves a llamar que entonces daremos aviso a la Guardia Civil. Y no seas agorera, mujer, que seguro que no es nada.

Y allí se lo había encontrado, sentado al sol, en la terraza del bar con la mirada ausente, agarrado al bastón como último nexo con el mundo. Las lagrimas brotaron de los ojos de la hija al verlo allí, tan indefenso. Le cogió de la mano haciéndole volver a la realidad –Papá…- él se derrumbó estallando también en llanto mientras susurraba al oído de su hija mientras la abrazaba: -No sabía volver a casa, hija mía, no sabía volver a casa.

Las pruebas confirmaron lo que ya los hechos hacían sospechar y la doctora, Doña Rosa, pronunció la terrible sentencia:

-Alzheimer, no hay nada que hacer, su memoria se irá deteriorando poco a poco, no sabemos a qué ritmo, en cada persona avanza a una velocidad distinta, dejará de recordar datos, costumbres, caras… ésta será la época más difícil para ustedes, perderá la noción del tiempo, y ya en la última etapa dejará de controlar sus esfínteres y sus funciones vitales hasta el desenlace final. Lo único que puede ofrecerles hoy en día la ciencia son soluciones paliativas y recomendarles paciencia y cariño. Piensen que en estos primeros momentos él lo está pasando tan mal como ustedes.

¿Cuántos meses hacía ya de esto?, ¿diez?, ¿veinte?, ¿cinco años? No importaba, para ellos había supuesto una eternidad.

Los nietos en parte por ayudar y en parte por curiosidad preguntaban continuamente al anciano sobre sus andanzas de juventud.

–Dejadlo en paz, no lo mareéis.- Suplicaba la madre.

-Si le viene estupendamente, ¿verdad que sí abuelo? Anda cuéntanos lo de los condones, no mejor lo de “la Portuguesa”, o si no lo de la boina y la “rifa del beso”

El abuelo, dando unos pequeños golpecitos con su bastón en las espinillas de los muchachos, reclamando una atención que ya poseía, comenzaba una nueva historia, o una antigua ¿qué más daba?

-Lo de comprar condones sí que era la caraba, el único sitio que conocíamos los quintos de entonces era la “Ortopedia La Francesa”, todos venerábamos aquel lugar que nos había sacado de no sé cuántos apuros. Aún recuerdo mi primera vez. Tenía alrededor de dieciocho años y las criadillas disparadas; aquel domingo había baile en el pueblo, eso sí con la presencia del cura para impedir, no tanto los malos pensamientos, que esos no los podía controlar, como los actos impuros y no sin hablar antes, en el sermón de la mañana, de lo malos que podían ser los hombres. Y tan malos, como que  todos los muchachos bajamos a Zaragoza en el tren  dispuestos a agenciarnos uno de aquellos escudos de goma frente a embarazos indeseados y enfermedades venéreas. Desde la estación hasta los aledaños del “Tubo” todo fueron jolgorios y bromas subiditas de tono, pero conforme entrábamos en la calle Cuatro de Agosto los pasos se hicieron más cortos y las voces se fueron convirtiendo en silencios. ¿Quién sería el primero? Mi hermano mayor me había dado algunas indicaciones que lejos de tranquilizarme contribuyeron a aumentar mi inquietud.

 – Entrad en la calle, pero con cuidado; hay un limpiabotas que es confidente de la policía y que tomará nota de todo lo que digáis, no os llaméis por vuestros nombres; lo mejor es que uno se pare a darle conversación distrayéndolo mientras le limpia los zapatos y otro entre en la tienda a efectuar la compra.

Sorteamos entre todos quiénes serían los pardillos de turno con tan mala suerte que nos toco al Perico y a un servidor. Convinimos que yo, que aparentaba más años y me empezaba a salir el bigote, sería el encargado de efectuar la compra mientras que su misión sería distraer al confidente, a pesar de que sus zapatos estaban inmaculadamente limpios; mientras los demás nos esperarían tomándose un Soberano, y luego nos invitarían a un bocadillo de calamares en recompensa por el esfuerzo.

El Perico se detuvo junto al sujeto colocando el pie sobre la plataforma preparada a tal efecto, mientras el supuesto confidente lo observaba con mirada escrutadora; las canillas le temblaban tanto que el pobre limpiabotas tuvo que sacar un pañuelo limpio de su bolsillo, colocarlo sobre la pierna de mi amigo para no mancharle el pantalón,  y apoyar sobre él la embetunada mano, intentando frenar las convulsiones  y así poder trabajar. Yo, contagiado por el  temblor, caminaba con dificultad intentando aparentar una seguridad que no tenía. Finalmente llegué al local y empujé la puerta que permaneció obstinadamente atrancada; tiré hacia mí, riéndome de mi torpeza, pero tampoco se abrió. Me encontraba aturdido, no entendía por qué a las diez de la mañana el establecimiento permanecía cerrado.

 – Es esa otra puerta.

Volví la cabeza hacía mi amigo, extrañado. Él tampoco conocía el local, por tanto no había podido ofrecerme aquella ayuda. Pero allí estaba aquel otro hombre, en cuclillas mientras limpiaba los impolutos zapatos, señalándome unos metros más allá la entrada al establecimiento. Su guiño de complicidad me convenció para, minutos más tarde, dejarle una espléndida propina, merecida tras un trabajo bien hecho. Retrocedí unos pasos para tener una visión clara del lugar y poder situarme la próxima vez, porque hubo muchas más veces. ¿Sabéis? aquel sería mi primer encuentro con el Plata pero eso ya os lo contaré otro día.

 Calló unos instantes y los nietos temieron que hubiese entrado en otro de esos espacios de tiempo de vacío y desvarío. Cuando ya se iban a levantar, la voz continuó.

- Como os iba diciendo, comprendí lo torpe que era, al ver el escaparate, el cartel… todo había estado siempre delante de mis narices. Y yo más cabezón que una mula. Pero poneos en mi situación, los nervios, la novedad y que en aquella época todo lo que oliese a sexo estaba prohibidísimo. Más tarde juraríamos yo y el Perico guardar el secreto de los temblores y de la puerta, si no ahora seríais en el pueblo los nietos del “Portillas” o del “Portón” y a él le hubieran bautizado el “Tembleque” o algo así, que en aquella época en los pueblos eran muy suyos y a la mínima te cascaban un mote, – dijo enfatizando  el acento de su tierra-. Y que conste que he mantenido el juramento hasta ahora, que todos están muertos.

El gesto de amargor que se instaló en su rostro no le impidió continuar con su historia.

-La persona que me atendió, un joven atildado, seco, con aires de suficiencia me miró de arriba abajo calibrando mi edad y mi atrevimiento y lanzó un “¿qué desea?”, que sólo admitía una réplica: “salir corriendo”. Aquella fue la respuesta de mi cerebro porque mi boca, más osada, pronunciaba la palabreja. –Condones- dije mientras intentaba sin conseguirlo mantener la mirada. Él, en un juego aprendido durante años y practicado sádicamente con cualquier novato que entrase a su establecimiento, se quedó quieto junto al mostrador, expectante. “Preservativos, o sea, gomas”. Repetí a punto de que se me saltasen las lágrimas. Otro eterno minuto de silencio; disfrutaba de su superioridad. Finalmente con una sardónica sonrisa me pregunto “¿Cuántos?, ¿uno?, ¿una caja?, ¿diez cajas?”. ¡Joder! No habíamos pensado en eso. Hice la cuenta mentalmente, el Paco, el Perico, el hijo del alcalde, el Carapez y así hasta nueve personas, pero, ¿y si no llevaba suficiente dinero? Decidí rápidamente tirar por la de en medio. “Deme un duro de condones”, Con el puñado que me dio tuve suficiente preservativos hasta que me casé y más. También hay que decir que en aquella época se follaba poco y mal.

-Abuelo, no les cuente esas cosas a los chicos, y no diga que ya son mayores, que es usted un mal ejemplo -interrumpió Paca que en ese momento volvía de la calle y llegando a tiempo para escuchar las últimas frases.

Otras veces les contaba aventuras de su niñez en el pueblo, de la escopeta de perdigones y de cómo los civiles habían dado caza a un asesino en la paridera del monte propiedad de su abuelo; siempre había sospechado que el ánima del hombre había quedado encerrada en aquel recinto y, a pesar de recibir algún correazo, se negó obstinadamente a volver a entrar y guardar los aperos.

 

Conforme la enfermedad avanzaba su noción del tiempo se iba perdiendo. Confundía a su hija con su madre, creía que era un niño, o un joven, a veces ni siquiera creía, porque no era nada, se quedaba inmóvil contemplando el infinito. Sus nietos al volver del trabajo recitaban siempre la misma cantinela

–Cuéntanos algo abuelo.

- Si queréis entretenimiento iros al circo; más os valdría buscaros una buena mujer y casaros que os estáis convirtiendo en “tiones” – respondía, pero acababa engatusado por las zalamerías y las bromas de los chicos.

-¿Os he contado “lo del Perico”?

Veinte veces lo había contado, pero una más no importaba si su mente volvía a razonar.

–Pues estaba enamorisqueado de “la Mayte”, la cantante de los “Besos de Celofán”, y cada martes, con excusa de algunas gestiones en el ayuntamiento, se calaba la boina y se venía a Zaragoza presentándose  en el Plata en la sesión del medio día. Sitio fijo tenía ya el tío, si hasta el camarero le conocía por su nombre, “¿qué quiere tomar don Perico?” le decía, “¿un sol y sombra?” y sin esperar la respuesta recogía del mostrador la peseta que por aquel entonces valía la bebida, porque Perico, que siempre había sido un tacaño, evitaba sentarse en la mesa para ahorrarse los treinta y cinco céntimos de más. Alguna vez le acompañaba, pero pocas porque ya festejaba con vuestra abuela y me vigilaba como un guardia civil, además, estábamos ahorrando para la boda, poder comprarnos este piso y venir a vivir a Zaragoza. La obsesión de Perico era enfermiza y yo me burlaba viendo cómo se le caía la baba cuando creía que su idolatrada le dirigía algún arrumaco. “Tú, guapo, el de la boina” y él se derretía pese a que la mayoría de los presentes se cubría con dicha prenda; no había quién le convenciese. “¿Has visto? Me ha puesto morritos.” Dos años estuvo el fulano bajando del pueblo, cada martes, de memoria se sabía el número del “ama de cría”; finalmente se enteró que la Mayte se iba a casar con un americano. “Ciento doce pesetas que me he gastao, ciento doce.” Me repitió durante semanas

  Los repentinos aplausos sobresaltan al anciano, ensimismado durante la actuación con el juego de luces sobre las cristaleras. Cruza la mirada con un joven sonriente sentado frente a él.

-Y tú, ¿quién eres? –pregunta.

FIN

Escrito por Jardines del Drac

Presentación de la novela “Veintidós grullas doradas”

veintidos-grullas-doradasLa presentación de la novela “Veintidós grullas doradas” escrita por Carmen Huerto, Jordi Martínez Brotons y Carmen Muñoz, tendrá lugar en el Centro de Historia de Zaragoza, situado en la calle de San Agustín, 2, el domingo 22 de Noviembre de 2009 a las 12:00.

El acto contará con la presencia de Pilar Alcober, Concejala de Cultura del Exmo. Ayuntamiento de Zaragoza, Jorge Pardo, miembro del Grupo Zaragozano de Papiroflexia, Ángel Jiménez, editor y los autores de la obra. Durante el acto tendrá lugar un concierto del Grupo Alcor de Música Antigua.


En las páginas de este libro encontrarás veintidós senderos. Cada uno de ellos está basado en la experiencia vital que subyace en cada uno de los arcanos del Tarot, no importa por cual empieces pero sí que los bebas  todos.

Te invitamos a viajar a través del tiempo y el espacio, recorriendo el extremo norte del lado oeste, hacia el sur de una tierra al este del Edén, desde el reino ¿imaginario? del Preste Juan hasta el universo virtual encerrado en el fondo de un caleidoscopio. Un viaje geográfico del Mediterráneo a Hiroshima, de Nueva York a un pueblo cualquiera de nuestra geografía. Un viaje realista, surrealista, onírico o iniciático, depende de ti, donde encontrarás hombres-lobo, casas encantadas y musas perdidas. Un viaje en el tiempo: El Toledo del siglo XV, la Guerra Civil española o el 20 de diciembre de 2012, último día en que el Quinto Sol se alzará en el horizonte. Un viaje interno, al centro de ti mismo, atrapado en las líneas de una carta de amor o en los pliegues de una bandera republicana. Y por último un viaje hacia lo alto, hasta la luna, subido en una cometa. En cada volumen encontrarás una carta del Tarot incluida al azar, no busques en ella otros significados que los que tú mismo elijas, si acaso te sugerimos que empieces la lectura por el relato correspondiente a este arcano, quizás tenga algo especial que decirte. Deseamos hacerte sonreír, reflexionar, recordar, intuir, emocionarte, embriagarte y hacerte vivir algún momento de “Nuncajamás”, inefable y breve como el paso de un ángel.

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