Los Jardines del Drac

Carmen Huerto, Carmen Muñoz y Jordi Martínez

Nuevo poema de Jordi

En “Otro Mundo es Posible” acaban de publicar uno de mis poemas. Me gustaría que además de leerlo aquí, entraraís en la página y dierais vuestra docta opinión:  Un abrazo.http://www.otromundoesposible.net/rincon-poesia/poemas-cotidianos

POEMAS COTIDIANOS

 Tengo guardados en  cajones

un montón de poemas cotidianos.

No hablan de pasiones, pero sí de ternura,

tampoco hablan del mar ¡ya lo he contado!

ni de las flores de un jardín lejano,

ni de sueños, sino más bien de despertares.

 

Tengo guardados en un archivo,

bajo nombre extraño,

apuntes para versos rotos

¿o son rotos para versos apuntados?,

ideas de descabellado,

palabras sin sentido exacto;

miradas de niños inocentes,

suspiros de obreros sin trabajo,

respuestas de desglobalizado,

preguntas de desencantado…

y los gritos de los indignados.

 

Tengo guardadas letras de canciones

que hablan de libertad, justicia y emociones

que el capital rechaza porque no comprende.

Tengo razones y hoy ya no las guardo

para creer que hemos sido engañados.

Timados y estafados.

 

Tengo guardados, y ahora no sé donde,

una Biblia de Marx muy desgastada,

un libro de Brech con cinco razones

para contar la verdad

y como apunte:

la letra de la “Internacional”, ciclostilada.

 

Y  aquellos escritos que, por cotidianos,

no tuvieron todavía su poema.

 

Sé que está ahí, algo olvidados;

sin embargo, todavía los conservo,

junto con el tiempo y la esperanza.

Una vieja bandera republicana

y una pareja de ases ¡por si acaso!

 

Escrito por Jardines del Drac

LAS GRULLAS PLANEARON POR MADRID

El pasado domingo día 12, planeamos por la capital del reino firmando grullas y eulalias en la caseta de Éride. Os agradecemos a tod@s vuestra compañía. No hay nada como los amigos.

Las socias con Jodorowsky

Escrito por Jardines del Drac

CARMEN HUERTO

Este relato ha obtenido un accésit en el concurso de relatos “De buena fuente” de Logroño

TREN CORREO ZARAGOZA-BILBAO

 

Pseudónimo: CHEFERIANA

No conocí a mi padre. Murió el mismo mes en el que yo cumplía mi primer año de vida dejando tras de sí dos niños huérfanos y una joven viuda sin más herencia que un reloj de bolsillo de poco valor, un duro de plata con la efigie de Amadeo de Saboya  y una decena de fotos en blanco y negro que mi madre guardó celosamente en un viejo álbum y que mi hermano y yo nos encargamos de arrugar y pintarrajear en las tardes aburridas del invierno.

De niña, yo disfrutaba pasando las hojas de aquel álbum, memorizando el rostro de mi padre e imaginando matices que las fotos no habían sabido atrapar, inventando respuestas a preguntas nunca formuladas. Deseaba descubrir más de él  en aquellos retazos de vida que siempre me devolvían las mismas imágenes grises y negras. Sólo en una de esas fotos aparecía a mi lado, abrazándome, con el rostro desmejorado pero los ojos brillantes, orgulloso de aquel bebé regordete que dormitaba sobre su hombro.  

En otra, se retrataba más joven y adoptaba el gesto de un galán de cine con su fino bigote haciendo sombra a una sonrisa socarrona. Mi madre aseguraba que en ese retrato era “igualito que Errol Flynn” afirmación que provocó que, durante años, yo albergase la esperanza de que seguía vivo, aferrada a la idea de que su atracción por el mundo del cine le había obligado a abandonarnos pero que, cualquier día, volvería cargado de regalos. Y cada vez que la televisión reponía una de sus películas y el actor americano fijaba la vista en el objetivo de la cámara mirando directamente al público, yo estaba convencida de que a quien realmente miraba era a mí sabiéndome cómplice de su secreto.

Pero una de aquellas fotos destacaba entre las demás y no sólo porque las triplicase en tamaño sino porque en ella, en primer plano, junto a mi padre y su compañero aparecía una gigantesca locomotora de vapor, flanqueada por dos banderas de España y con un escudo en el frente orlado por la característica leyenda “una, grande y libre” símbolo del régimen. A su espalda, la fila de vagones se perdía en la perspectiva gris y brumosa de la instantánea. Me gustaba lo que podía adivinarse en la pose de esos dos hombres que, pese a ir vestidos con mono de trabajo, habían adoptado una postura acorde con el momento que se conmemoraba y que no era otro que la inauguración de la nueva estación de Logroño, asumiendo un gesto que reforzaba la dignidad de su trabajo, las manos en la espalda y la cabeza ligeramente levantada mirando fijamente el objetivo de la cámara, o quizá más allá, donde las vías se difuminan presintiendo el final del viaje. Y es que ambos eran maquinistas, maquinistas de los de antes, tiznados de carbón, con las mangas remangadas, las uñas negras y el olor a creosota metido en la piel.

Mi hermano y yo creceríamos separados el uno del otro, forzados a un necesario desencuentro, como dos trenes que se cruzan pero que llevan destinos opuestos, el suyo un internado de chicos en Madrid y el mío uno de niñas en la ciudad de Palencia. La distancia de casa me obligaba a tomar el tren dos veces, el primer viaje me llevaba desde Zaragoza al colegio, el segundo, tres meses más tarde, me devolvía de nuevo mi hogar. El recorrido era largo, monótono porque el expreso, que atravesaba la península desde la Barcelona mediterránea hasta las costas gallegas, avanzaba tan lentamente como un anciano que necesitase descansar en los bancos de todas las estaciones por las que pasaba. Sólo un punto endulzaba aquel recorrido amargo: la parada en la estación de Logroño que se había convertido en mi estación favorita desde aquella primera vez en la que un pasajero bajó apresurado al andén y compró una bolsita de caramelos de la Viuda de Solano ofreciendo uno a la niña llorosa que viajaba a su lado. A mi madre no le quedó más remedio que, en cada viaje que realizábamos, apearse durante un par de minutos para adquirir la preciada bolsa capaz de mantener mis dientes pegados en una sonrisa forzada durante el resto del recorrido. Además, en su fuero interno, la mujer se enorgullecía de contribuir al buen funcionamiento de la empresa de alguien que, como ella, era viuda.

Y no podía olvidar que aquella era la estación de la fotografía, mi estación y, mientras pegaba la nariz al cristal vigilando que el tren no se marchase sin mi bolsa de caramelos, esperaba, en un momento mágico, ver aparecer a mi padre entre el vapor de la locomotora, en mono de trabajo, saludando con la mano; pero nunca ocurrió.

Aquellos no fueron buenos años, cualquier periodo de tiempo es malo cuando se añora tanto, pero los colegios de huérfanos de ferroviarios aportaron durante toda nuestra adolescencia nuevas imágenes en blanco y negro al álbum de fotos que se iba engrosando al mismo tiempo que nosotros nos convertíamos en adultos y advertíamos que la vida transcurre al ritmo de los avances ferroviarios: avanzando tan despacio como las viejas máquinas de vapor, en la niñez,  luego, en tu juventud, se acelera  y se convierte en un recorrido en TALGO, ligero y uniforme, hasta que finalmente comprendes que los días circulan mucho más rápido que el AVE y que, sin darte cuenta, estás llegando al final de un viaje en el que el olvido ha ido velando muchas de las instantáneas que guardabas en tu memoria.

No ha sido sino mucho tiempo después cuando aquel álbum de fotos ha vuelto a reclamar mi atención ya que estoy instalándome en mi nueva casa y he decidido recuperar viejas instantáneas de la familia para decorar una de las zonas del salón: fotos añejas que le den un aire nostálgico a la pared. Así que este fin de semana, durante una comida familiar, he obligado a mi madre a rebuscar en los armarios y cajones y, durante el café, los recuerdos se han desparramado sobre la mesa como aquellas dulces y pegajosas pastillas de tofe. La velada se ha alargado hasta bien entrada la noche y en ella hemos saboreado las risas, los silencios y las nostalgias de aquellos años.

Ahora, de madrugada, cuando todos duermen, me he sentado delante del ordenador con la intención de reflejar en un relato las vivencias de aquellos años y, con la facilidad que nos ofrecen ahora las nuevas tecnologías, he tecleado una búsqueda en la página de Google: INAUGURACIÓN ESTACIÓN DE LOGROÑO: 460.000 resultados no están nada mal pero hay un pequeño recuadro que me obliga a contener la respiración, un link que me redirige a una página de Youtube donde un portal llamado CulturadeRioja ha colgado un vídeo de poco más de dos minutos con lo que parece un reportaje de NODO.

La espera atenaza mi estómago, mi corazón se acelera tanto que necesito unos segundos para tranquilizarme. Es imposible que mi padre aparezca en este vídeo pero la niña huérfana y perdida que había permanecido en mi interior no pierde la esperanza. Los dedos me tiemblan tanto que apenas atino a clicar sobre el símbolo que pone en marcha aquellas imágenes rancias y de los altavoces surge una fanfarria que me devuelve a mi infancia, a aquellas tardes de cine precedidas del noticiario español, a pantanos inaugurados, a bailes regionales, pero esta vez la película no se titula “Murieron con las botas puestas” ni el protagonista es un Errol Flynn trasnochado, es una película colmada de posibilidades.

El locutor comienza a hablar de la nueva estación de autobuses que se inaugura en la ciudad lo que me resulta frustrante, aquella voz sigue hablando y las imágenes no dejan lugar a las dudas, esto no tiene nada que ver con el ferrocarril. Desilusionada, estoy a punto de desistir. Los fotogramas cambian,  de pronto aparece la vieja estación de tren y aumento el volumen de los bafles aún a riesgo de despertar a toda la casa. Expectante, fijo la mirada en la pantalla que me presentaba a las autoridades del momento, gentes ajenas que no me importan y trenes TAF demasiado modernos cuando lo que yo busco es la negra locomotora Mikado que aparece en mi recuerdo. Acaricio instintivamente la fotografía que reposa sobre mi escritorio, no escucho, tan sólo aguardo sin atreverme a apartar los ojos de la pantalla, convertida de nuevo en una chiquilla indefensa que espera a un padre que nunca llega.

Ha sido entonces cuando he visto a la máquina acercarse a mí, “dándose humos”, orgullosa de su papel en aquel acontecimiento y, justo en el momento que corta la cinta, logro entrever asomada en la cabina del maquinista, una borrosa silueta, apenas una sombra.

Levanto mi mano en un conato de saludo:

- Hola papá… soy yo… tu niña pequeña… estoy aquí esperándote.

El tren correo Zaragoza-Bilbao pasa a mi lado y una mota de carbonilla ha debido saltar a mis ojos porque las lágrimas, me impiden ver cómo mi padre se vuelve y me dice adiós con una sonrisa.

FIN

Dedicado a mi padre, el maquinista que conducía la locomotora que el día 9 de noviembre de 1958 cortó la cinta conmemorativa que inauguraba la Estación de Logroño.

Escrito por Jardines del Drac

LOS JARDINES DEL DRAC EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID

El próximo domingo día 12 en la caseta 292 (Éride Ediciones) estaremos ambas cármenes firmando ejemplares de “Veintidós grullas doradas”. Jordi no estará lejos, en la misma caseta y el mismo día, firmara ejemplares de su última novela.

 

 

Al hilo de la vida (Eulalia de Borbón, la indómita).

A todos lo que estéis en Madrid, os esperamos.

Esperamos que si os gusta la portada, más os gustará el contenido

Escrito por Jardines del Drac

LA CIUDAD DE LAS FLORES- CARMEN HUERTO

Dedicada a mis compañeras del CHF y a sus madres.

Se arreglaba despacio, sin ganas, sin apenas mirarse al espejo. De una ojeada comprobó que su aspecto no llamaba la atención. El traje negro que  acentuaba más si cabe su extrema palidez  combinaba con las ojeras marcadas de quien hace tiempo que no descansa.

El día anterior había comprado un ramillete de crisantemos amarillos que esperaban en la cocina dentro de un frasco con agua. Sacó las flores y envolvió los tallos en papel de periódico para no mojarse y las depositó en el mueble de la entrada junto a un abultado bolso luego se dirigió sin hacer ruido a la habitación donde su hija dormía plácidamente y contempló durante unos instantes su bendita ignorancia. Muy a su pesar tenía que despertarla, un beso bastaría.

– Buenos días pequeñaja, ¿A que no sabes qué día es hoy?- no esperaba respuesta – Venga que vamos a perder el tranvía.

Mientras le cepillaba el pelo no pudo evitar pensar lo mucho que se parecía a su padre, el mismo pelo rubio, la misma naricilla chata , el mismo gesto socarrón, “y el mismo carácter impaciente” corroboró mientras intentaba mantenerla quieta tratando de acabar de hacerle las coletas y anudarle los lazos de los zapatos. Ayudando a vestirse a la niña comprobó que, a pesar de su edad, 4 años recién cumplidos, aún se adivinaban las piernas regordetas, de bebé. -¡Cómo pasa el tiempo!- suspiró intentando darle un cariñoso mordisquito del que la niña se zafó con pericia. La broma continuó al sacar del armario el vestido equivocado – Ése no, el azul -protestó entre risas y cosquillas  mientras le abrochaban el vestido; era su mejor vestido, luminoso y alegre, aquel que mamá le ponía solo los días de fiesta para que no se estropease y que a ella le encantaba porque significaba “Día especial”, un ritual que se venía repitiendo todos los domingos desde hacía tres años.

Cogerían el tranvía atravesando la ciudad de punta a punta, unos vagones que entre semana rebosaban de sudor y apretujones de obreros dirigiéndose a las fábricas y mujeres al mercado pero que los domingos se convertía, sólo para ella, en el transporte que la llevaba a la ciudad de las flores.

La pequeña ciudad estaba bordeada por una tapia construida en ladrillo viejo y un portero tan viejo como el ladrillo, que saludaba cabizbajo a todo aquel que atravesaba el enorme portón, la mayoría mujeres; a veces esbozaba un atisbo de sonrisa cuando veía a la pequeña pero nadie se daba cuenta y el gesto se perdía como muchos otros dentro de la muralla. La mujer saludó al portero con un pequeño gesto de la cabeza, sin levantar la vista y sin cruzar la mirada, con un sentimiento más rayano en la vergüenza que en la timidez.

Tuvieron que ceder el paso a un gran coche negro que encabezaba la marcha parsimoniosa de un compacto grupo de personas, muy juntos, como si se apoyasen los unos en los otros contribuyendo a mantener un equilibrio precario y un andar acompasado.  Compartieron el lento deambular durante un tramo hasta que el cortejo giró a la izquierda recordando aquellos bancos de peces que se mueven al unísono como si un ente superior dirigiese sus movimientos. La madre, que en una mano llevaba el ramo de crisantemos, aceleró el paso sujetando fuertemente con la otra el brazo de su hija. Una vez dentro la niña forcejeó unos instantes, en parte por el dolor del apretón y en parte en busca de la libertad, hasta que logró soltarse entrando corriendo por una gran avenida de grava, allí  no había peligro y la mujer la dejo marchar resignada.

La calle principal estaba flanqueada de pequeñas casitas floridas con puertas  acristaladas en mil colores, dibujando historias antiguas; diminutas iglesias coronadas con cruces  y por el suelo, desparramados en un orden incierto,  grandes bloques de piedra grabada rematados por estatuas intentando rescatar del olvido vidas acabadas. Al final de la avenida un monumento a un prócer  de la ciudad, Joaquín Costa; con la cabeza barbuda erguida en lo alto, miraba un futuro que él no disfrutaría, un hito distribuyendo el resto de las calles, menos importantes.

La niña va y viene, se siente como en casa -Cucú, cucú – nadie contesta- holaaa- el sonido escapa, sin eco, sin respuesta. A ella le divierte, no espera nada. Le gustaba asomarse a aquellas pequeñas casitas silenciosas, casi de su tamaño, como si estuviesen construidas para ser habitadas por niños. En ningún sitio había visto tanto mármol, tanto oro, tantas flores, tantos ángeles. Cuando se aburre de jugar con el silencio y la oscuridad vuelve a coger la mano de la mujer y con un pié en la calzada y el otro en la acera, simula una cojera y da saltitos, arriba, abajo y otra vez arriba mientras giran a una de las últimas calles adyacentes mucho más estrecha.

Aquí ya no hay ángeles ni grandes estatuas, no hay capillas exclusivas, ni panteones familiares, aquí las paredes son monótonas, una cuadrícula gris y negra en la que las flores escasean o están marchitas. La niña intenta alcanzar unos claveles frescos colocados probablemente el día anterior en un jarrón  desistiendo ante el  sobresalto provocado por la foto de un anciano que desde el muro de piedra caliza la observa con ceño fruncido y mirada acusadora. Un gesto reprobatorio de su madre que no había hablado desde que salieron de casa y parecía apagarse por momentos, hace que se acerque tomando de nuevo su mano y se rebuje entre sus piernas; por unos instantes ha sentido frío.

La mujer se detiene, ya han llegado a su destino, levanta la vista y con la respiración entrecortada deposita el abultado bolso negro en el suelo sacando un trapo y comenzando a limpiar el trozo de pared de su propiedad, algo menos de medio metro cuadrado. Desliza el paño con cariño, acariciando centímetro a centímetro su parcela, el retrato, el nombre, dos fechas 1930-1962, una frase “de tu amada esposa e hija”, una ventana a ninguna parte.

Tira las flores ajadas del domingo anterior a una papelera y se agacha con dificultad para sacar del bolso un frasco de cristal con agua; sus movimientos son precisos, aprendidos a fuerza de repetirlos, sin olvidarse de nada;  llena los jarrones con el agua colocando los crisantemos frescos, durarán exactamente una semana. Mientras su hija se entretiene contemplando las ventanitas cercanas, ya los conoce de siempre, por allí hay un par de alpinistas, su ventana es muy bonita, no tiene los retratos pero sí el perfil de unas montañas, la madre le explicó que eran los Mallos de Riglos, -un día podemos ir a verlos, están aquí cerquita, al lado de Huesca,- y una montaña de Suiza “El Eiger” – No, a ésta no podemos ir que está muy lejos.

Un poco más arriba hay otro cuadradito que también tiene flores frescas todos los domingos y la foto de una niña aproximadamente de su edad, con unas coletas cuidadosamente peinadas, ha aprendido a leer ese nombre tan rápidamente como el suyo, Rosa María; a veces se cruzan con sus papás, tristes y cabizbajos, cogidos de la mano. Ella querría preguntar, conocer a aquella niña, podían compartir juegos en la ciudad de las flores y cuando el anciano de la foto no mirase, robar un clavel para colocárselo en el pelo. No entiende por qué su madre no le quiere que moleste al matrimonio, seguro que ellos también quieren que su hija tenga una amiguita.

-Ven aquí, que se nos hace tarde. -Llama la mujer, que se santigua y ayuda a su hija a repetir el gesto -¿Te acuerdas del Padre Nuestro? -juntas recitan la oración despacio, en voz baja como si temieran molestar a alguien; luego la coge en brazos, levantándola, para que pueda besar la foto sepia, ovalada,  desde la que un guapo joven con bigote y una media sonrisa parece agradecer el gesto desde el nicho. La madre se entretiene un poco más en la caricia y el beso secándose las lágrimas con el mismo pañuelo con el que luego limpia por enésima vez la foto.

Escurriéndose de entre los brazos la pequeña ya corre a la otra acera hablándole a un nicho vacio – Holaaa.

El portero ve salir del cementerio a la madre, de luto, cabizbaja y a la niña sonriente saltando con su vestido azul como el cielo con el que se confunde, arriba, abajo y otra vez arriba.

-Hasta el domingo- musita, pero sus palabras se pierden en la ciudad de las flores.

FIN

Escrito por Jardines del Drac