Los Jardines del Drac

Carmen Huerto, Carmen Muñoz y Jordi Martínez

LA GRULLA DORADA

De nuestro libro de relatos “Veintidós Grullas Doradas”, queremos ofreceros el de Carmen Muñoz y que da título al libro, como homenaje y canto de esperanza al Japón. La tragedia que vive en estos tiempos el pueblo japonés, estamos seguros que pronto será superada. Así lo hubiese querido Sadako, la heroina del relato.

 
 
 
 
 

Carmen Muñoz

                                                                      La grulla dorada

Nunca llegaré a plegar las 1.000 grullas que me hacen falta.
Sadako Sasaki
(«Pero se equivocaba»): Los autores

Parecía volar. Su menudo y ligero cuerpo semejaba cortar el viento, corriendo sin freno. Era fuerte y veloz, la más veloz, la primera de clase. En cada carrera sus compañeras se disputaban el segundo puesto, ya daban por sentado que Sadako ganaría. Con once años ya sabía lo que quería ser de mayor, profesora de educación física.
También iba a la cabeza aquella vez, pero su pierna falló y cayó al suelo. Su amiga, Chizuko Hamamoto, se acercó rápida- mente ofreciéndole ayuda.
—¿Te has hecho daño? —preguntó.
—Estoy bien, no ha sido nada, sólo una carrera perdida — contestó Sadako, pero una pequeña cojera fue tomando posesión de su pierna izquierda lentamente.
Aquel septiembre de 1954 el otoño pintó su cara de blanco, robándole el rubor a sus mejillas y comenzó a sentirse mal. Le echaron la culpa a un resfriado temprano, pero cuando en noviembre aparecieron unos pequeños bultos en su cuello y detrás de sus orejas, sus padres empezaron a preocuparse, además no mejoraba de su cojera. Dos meses más tarde, en el Hospital de la Cruz Roja, Sasaki-san oyó de labios de un médico lo que ningún padre debiera oír nunca: Su hija iba a morir, le quedaba a lo sumo un año de vida. Diagnóstico, enfermedad de la bomba A, como llamaban entonces a la leucemia.
Aproximadamente diez años separaban ese día de aquel otro, en el que el corazón de uranio de «Little Boy», madre de todas las bombas, estallaba una clara mañana de verano dejando una cicatriz de fuego y humo en el lugar que un segundo antes ocupaba la ciudad de Hiroshima, desintegrando instantáneamente a miles y miles de personas que se preparaban para vivir un nuevo día.

Sadako no recordaba. Tenía dos años cuando salió despedida de su casa por la onda expansiva, cayendo al suelo, ilesa. Parecía que la muerte se había olvidado de ella, pero sólo había aplazado su encuentro. Su madre la recogió y con ella en brazos salió corriendo hacia el puente de Misasa, donde acudía un ejército de fantasmas, negros, desnudos, mutilados, aullando de terror con las manos tendidas hacia el cielo, muchos de ellos ciegos por el resplandor nuclear, la carne hecha jirones colgando de sus huesos abrasados. Se tiraban a las aguas del río para apagar el ardor insoportable de sus quemados cuerpos apartando con los brazos cientos de cadáveres calcinados. Comenzó a llover. Sobre los vivos, el cielo devolvía a la tierra a los muertos en forma de cenizas mezcladas con el resto de materiales que hacía poco habían sido una ciudad. La lluvia negra alcanzó a Sadako derramando lágrimas de miedo sobre el pecho materno. Su madre también lloraba.
—Será por poco tiempo —mintió Sasakisan a su hija cuando ésta fue ingresada—, hasta que los bultos desaparezcan —y una mueca que pretendía ser una sonrisa imposible apareció en su cara.
Cuando la profesora Nomura anunció en clase que Sadako tenía leucemia, todos los alumnos hicieron el pacto de no revelar nunca a la enferma la gravedad de su dolencia. Algunos íntimamente se preguntaban por qué el azar la había elegido a ella si todos estuvieron allí aquel día o si, tal vez, era la primera de una lista que los incluía a ellos también. Estaban en el primer curso de Secundaria, que tanta ilusión hacía a la niña.
—¿Cómo son las clases, Chizuco? —se interesaba.
—¡Bah! Era mucho más divertida la escuela —contestaba su amiga para no entristecerla.
Sadako contempló desde la ventana el fin del invierno, toda la primavera y la llegada del verano. Poco a poco el paisaje desolado y gris iba vistiéndose de colores al tiempo que de los escombros surgían nuevas casas, como flores de esperanza después de la batalla. Únicamente ella parecía estar detenida. Los bultos de su cuerpo disminuyeron gracias al éxito relativo de algún medicamento, pero seguía cojeando y su pierna izquierda hacía meses que estaba plagada de manchas violáceas.
El tres de agosto el hospital fue invadido por un sinfín de grullas multicolores enviadas por las gentes de la ciudad de Nagoya como deseo de curación para los pacientes.
—¡Mira, Chizuco! ¡Cuántas grullas! ¿Por qué las habrán enviado? —exclamó Sadako, después su mirada se ensombreció y preguntó—: ¿Tú crees que volveré a correr? —su amiga, muy seria, le contó una antigua leyenda sobre aquellas aves sa- gradas, símbolo de salud y longevidad en su cultura.
—Dicen que los dioses otorgan un deseo a aquéllos que les hacen una ofrenda de mil grullas de papel —y cogiendo el envoltorio brillante que había encima de una mesa, comenzó a doblarlo. De sus manos surgió una grulla dorada que entregó a Sadako—: Ésta es la primera —dijo Chizuco.
A aquélla le siguieron otras, primero unas decenas y al poco tiempo podían contarse por cientos. En sus largas horas, la enferma transformaba cada papel que encontraba en una figurita de grandes alas que luego colocaba por el pasillo que llevaba a su habitación, como indicando a los dioses el camino hacia ella. Sus pequeños dedos, cada vez más hábiles, hacían grullas de «origami» más y más pequeñas. Visitaba al resto de los enfermos recabando materiales para su ofrenda: Sobres, tarjetas de felicitación, prospectos de medicamentos… Desde el exterior, Chizuco le traía todos los papeles inservibles que encontraba en el colegio. Necesitaba mil grullas para que llevaran su plegaria al cielo.


Cuando en uno de sus paseos encontró a un niño, enfermo como ella, Sadako le propuso que hiciera lo mismo para pedir curación.
—Los dioses no pueden ayudarme, sé que esta noche moriré —dijo el chico. Mientras hablaba, Sadako observaba en el pequeño cuerpo consumido los mismos bultos y manchas violáceas que la invadían. Aquella noche el niño murió.
¿Por qué? ¿Qué culpas ajenas pagaba ese ser inocente? Ya no le bastaba salvarse a sí misma, continuaría haciendo grullas, hasta mil trescientas, decidió Sadako, para implorar que ningún otro niño tuviera una muerte así. Desde su habitación del Hospital de la Cruz Roja de Hiroshima, un hongo de amor, con cien colores e incontables alas se elevaba por todas las víctimas del mundo. «Escribiré paz en tus alas y volarás por toda la Tierra», era el mensaje que esparcían sus aves de papel hasta el infinito.
Jamás reveló a su familia que conocía su destino. Siempre era la misma niña serena, afable, agradecida a los suyos por el halo de ternura en que la envolvían. Sin embargo, a veces, cuan- do la luz de la habitación ocupada por un enfermo se apagaba, quedando vacía y muda, preguntaba a las enfermeras:
—¿Yo seré la siguiente, verdad? —entristeciendo a aquellas mujeres que, por no contestar, bajaban la mirada y se alejaban después de acariciarla.
Septiembre le robaba sus últimas fuerzas. Ya no podía andar sola y a duras penas continuaba con su labor. Su trabajo febril se convirtió en un doloroso esfuerzo por dar forma de ave a un ligero papel. Estaba muy delgada, casi etérea. Sólo piel y huesos albergaban el espíritu de Sadako, preparado para volar. Ya no soportaba el peso del bello kimono de seda, donde su madre había bordado cerezos en flor. Su primer kimono de adulta, para la mujer que nunca podría ser.
—Tienes que comer Sadako—chan —imploraba la señora
Sasaki.
—No tengo hambre, más tarde, cuando acabe este «origami».
—Haz un pequeño esfuerzo, ¿qué quieres?
—Té y un poco de arroz —pidió, por hacer feliz a su ma- dre. Su padre fue el encargado de traerle la comida.
Tragó la primera cucharada blanca, ofrecida por las manos maternas, y luego otra.
—Está rico —dijo y suavemente se fue, subida a las alas de la grulla que guardaban sus dedos abiertos. Era el 25 de octubre de 1955. Tenía doce años.

                                               EPÍLOGO

Más de medio siglo después, Sadako Sasaki continúa elevando su plegaria a los cielos. Niños de todo el mundo le prestan sus manos. Cada seis de agosto, aniversario del holocausto nuclear, miles y miles de grullas de papel, venidas de todos los rincones del planeta, se posan en el monumento a Sadako, que se alza en el Parque de la Paz de Hiroshima. Por todos nosotros.

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LA CORALISTA

 

 
 
 Dentro de nuestro libro de “las Grullas”, aparece este relato mío de “LA CORALISTA”, que espero disfrutéis todos, sobre todo los que, de una forma o de otra, disfrutáis del mundo de los coros.
 
 

                                                                            LA CORALISTA

 En algún momento, en algún punto en el espacio y el tiempo, nuestras vidas se cruzaran.

                                                                                

            El director hizo un gesto grave, un gesto repetido mil veces en conciertos, en misas, en ensayos. Un gesto aireado a los cuatro puntos cardinales, pero sólo dirigido al coro. Treinta voces volaron al unísono en un mismo tono, a la búsqueda de un mismo futuro, al compás de un mismo espacio del pentagrama. La coral lanzó su canción al aire del recinto, el sonido rebotó en la campana acústica que ofrecía el lugar y las notas acariciaron tímpanos y neuronas.

            La cuarta soprano, según se mira desde  platea, sintió un escalofrío; siempre le ocurría en las canciones que le gustaban. Era una pieza otras veces cantada y tantas otras veces sentida, un canto popular con arreglos adecuados para cuatro voces: Un mensaje musical  de otro tiempo y otro lugar.

Se sintió transportada a una lejana tierra y se descubrió a sí misma rodeada de un paisaje desconocido en un espacio intemporal, el aire traía un suave aroma a flores silvestres. Una colina cercana recogía su canto y lo multiplicaba armoniosamente. Al fondo del paraje divisó un poblado incógnito y sin embargo familiar y cálido que parecía llamarla. Sin dejar de cantar, descendió alegre por la colina. Recitó el estribillo de la copla con la mirada absorta en dirección al pueblo. Llegó a los aledaños del lugar, podía ver las primeras casas y el río que recitaba la melodía; de repente, se dio cuenta  de que sonaba el acorde final, vio claramente el gesto del director dando fin al canto y escuchó los aplausos del público. Se esfumó el paisaje y se sintió huérfana sobre el escenario.

            Lo comentó a las otras sopranos con diversa suerte: Desde la comprensión, al cachondeo, pasando por las miradas de asombro y preocupación. No obstante, ella estaba tranquila, había sido una placentera sensación e interiormente se hizo dos solemnes promesas: Volver a sentirlo y no contárselo nunca más a nadie.

            Llegó a su casa y contestó a las preguntas de siempre. Todo había salido bien y el público había aplaudido mucho. Entre ausencias escuchó la consabida frase: “La próxima vez iremos a oírte”. La cuarta soprano, según se mira desde platea, se sentó en la cama de su dormitorio y acarició la partitura del extraño milagro. Le gustaba cantar, le gustaba interpretar, le emocionaba sentir, gozaba interpretando. Su edad había alcanzado velozmente el cuarto guarismo y no le importaba pasar de los cuarenta, es más, lo deseaba, así sobrepasaba el tiempo de las presiones, de los comentarios, de los consejos…de los futuros aburridos y previsibles. Tenía su música, sus particulares sueños y la esperanza de revivir  lo ocurrido aquella tarde.

            El concierto estaba anunciado hacía semanas. Los ensayos fueron duros para todos, excepto para nuestra coralista. Cada una de las pruebas y repeticiones daban un nuevo hálito de esperanza a la soprano. La víspera no durmió; extendió sobre su cama cada una de las partituras que componían el repertorio e imaginó cuál de ellas sería capaz de trasportarla: ¿Quizá un aleluya, y poder experimentar el sentir de un coro celestial en presencia del Creador? ¿O tal vez uno de los boleros, y sufrir los desgarradores desamores que cantan? Sonrió, fuese lo que fuese tenía unas terribles ansias por percibir lo que le deparaba la actuación del día siguiente.

            Los componentes del coro desfilaron hacia sus posiciones; primero, los bajos con sus voces graves; luego, los tenores, poderosos y dispuestos; aparecieron las contraltos con su media voz para dar réplica y eco a sopranos y tenores; a continuación las sopranos, la voz más aguda, casi tanto como los pensamientos de nuestra coralista que se le antojaron tan altos, que temió que fuesen oídos por el público y  por último, el director, dispuesto y eléctrico. Todos formados como un ejército. Uno de los coralistas se adelantó y presentó a la formación; uno a uno, fue anunciando cada uno de los temas que iban  a ser cantados. Allí entre las sopranos, la cuarta de ellas, según el punto de vista del respetable, trataba de imaginar.

 El diapasón del mentor dio un la vestido de vibraciones. Subió la mano y al bajarla entraron todos los cantores a un tiempo. Durante algunos pasajes cesaba el cántico de una de las cuerdas mientras las otras seguían  con la letra; en ocasiones, callaban todos excepto los bajos que cerraban la melodía.  El público  agradecía con sinceros aplausos el esfuerzo y buen hacer del coro. Al fin, suena una bella habanera.

            La cuarta soprano presiente algo especial; su voz, sin desentonar de las otras, resuena clara, maravillosa, y su mente vuela hacia el mar antillano. Ahora ve la manigua, con miles de tonos  verdes y un  ingenio tabaquero. No puede, no quiere evitarlo, y sus pasos se encaminan a la hacienda. La habanera sigue sonando, ella atraviesa el batey cantando y cantando; allá sentados, con indumentarias blancas como el algodón criollo, un coro de gentes de color la acompañan. Puede sentir la humedad de la selva y oler el penetrante aroma de los secadores de tabaco. Intuye que en la hermosa mansión de columnas de mármol la están esperando. Una lágrima de alegría se escapa juguetona y siente su sabor mientras unos aplausos, extraños y lejanos, rompen el hechizo.

            No tiene prisa por regresar a casa porque no tiene nada que decirles, tal vez reprocharles que tampoco hoy estuvieran en el Auditórium. Camina entre la gente tarareando la habanera, encerrada en su propio sueño. Aunque breve, ha vivido una hermosa historia.

            Al día siguiente llega puntual a su trabajo. La Navidad está cerca y en los Grandes Almacenes no hay demasiados momentos tranquilos en estas fechas; sin embargo, entre cliente y cliente, sigue soñando. Por los altavoces de ambiente suenan villancicos y canciones navideñas que compiten con el sonido de las cajas registradoras y los suspiros de quienes no saben  “disfrutar” de las fiestas, confundiendo fraternidad  con consumo. La publicidad bombardea con sus eslóganes y la gente acaba por pensar que no puede ser feliz si no compra. Los niños fantasean  con los envoltorios de cartón de los ingenios electrónicos a la vez que  las niñas pasan de muñecas para imaginar que serán ingenieros o médicos. En cambio, sus padres, tratan de satisfacer al chiquillo que todavía llevan dentro, tentando a sus hijos con los juguetes que ellos nunca tuvieron y los grandes almacenes hacen su agosto en pleno invierno. Mientras tanto, nuestra heroína recuerda que diciembre es el mes con más compromisos del coro y disfruta al pensar que muy pronto volverá a cantar.

            En efecto, su grupo tiene un concierto, precisamente en el mismo almacén donde trabaja la soprano y los villancicos serán la base del repertorio. Por una vez  cambiará su uniforme de dependienta por el traje negro y estilado de la coral. Un público multicolor y diverso asiste al evento. Suena el primer villancico que canta a unas navidades blancas y anglosajonas; nadie se da cuenta de que la cuarta soprano, según disfrutan los críos del público, está entrando en el  elegante salón de una casa en alguna parte de los Estados Unidos, un enorme abeto preside el lugar y algunos niños reclaman impacientes sus regalos. Cantad, cantad, Navidad llegó, de blanco mi hogar vistió…entona el coro. Suenan los aplausos, nuestra protagonista se estremece. Continúa el concierto y vibra otro villancico; esta vez, evoca a un infante que ha nacido en un establo de una  tierra mártir. Y ella tiene la sensación de estar allí, en un tiempo pretérito conocido por todos, salvo por los que están siendo los protagonistas: Un humilde matrimonio judío que trata de dar calor a su hijo recién nacido en el suburbio de un miserable pueblo llamado Belén, bajo la mirada indiferente de algunos lugareños. Pero la música es magia y de pronto, sin saber de dónde ni el porqué, surgen pastores con ofrendas y tres reyes de lejanas tierras que vienen a adorarle y los indiferentes regresan para ver al niño y suenan las zambombas; un pequeño tamborilero aporrea su tambor frente al establo alboreado de una luz celestial.    

            Por vez primera sus ensoñaciones han sido continuadas y no han finalizado al término de una canción, sino que se han encadenado durante tres o cuatro villancicos. Ha disfrutado, casi, de un contacto físico con los personajes y se ha sentido “viva” dentro de su ensueño. Viva y feliz. Al volver a su casa no comenta nada ¿para qué? Lo más seguro sería que la enviaran al psiquiatra. Se refugia en su dormitorio y se sacude alguna de las pajas que  han quedado en el uniforme. Sonríe.

            Pronto comprende que puede controlar sus “fugas”, aprende a escaparse en  dirección a la ensoñación elegida. El resto de sus compañeros de coro nada le han comentado, por lo que deduce que sus “viajes” pasan desapercibidos para todos, tal vez la única excepción es la del director: “Estás mejorando mucho, hay momentos que cantas de una forma especialmente clara y hermosa, como si lo vivieras”   

            Encerrada en su cuarto, nuestra soprano repasa los temas del próximo concierto. Busca una pieza que la motive lo suficiente. Tiene en sus manos el programa a interpretar el sábado. ¡Aquí está! Es un poema de Mario Benedetti, musicado por Fabero, una bella historia de amor titulada: Te quiero. Lee la letra del genial uruguayo: Si te quiero es por que “sos”, mi amor, mi cómplice y todo… y en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos. Es un hermoso texto capaz de trasportar aun careciendo de la facilidad de nuestra heroína. Ella lee y relee los versos de Benedetti, imaginando quién puede decir tan sentidas palabras.

 La semana se le hace eterna, las fiestas navideñas han dado paso a las consabidas rebajas y la gente compra segundas marcas con etiqueta de primeras por la mitad de precio – sin saber que es justamente el doble de lo que vale aquella mercancía –. Nuestra coralista no está  por detalles económicos y sólo espera  el momento del Te quiero

              El coro ha interpretado ya la mitad de los temas cuando el director hace una leve señal, la solista avanza para quedar por delante de sus compañeros y se sitúa entre el director y nuestra soprano. Empieza la canción. Tenores y bajos acompañan a las sopranos y contraltos que desgranan la letra del poema, luego las cuatro voces son las que flanquean con susurros a la solista que canta: Tus manos son mi caricia, mis acordes cotidianos, te quiero porque tus manos, trabajan por la justicia. La soprano se siente aparecer en el comedor de una casa de clase media en mitad de una ciudad del cono Sur, no puede precisar si se trata de un lugar en Argentina, Chile o Uruguay; sin embargo sabe que está en el continente americano, los libros del estante están en castellano, el póster de la pared retrata un paisaje de aquellas latitudes. Se siente  tremendamente feliz. Está esperando a alguien; sí, a él, sabe que a esta hora vuelve del trabajo, ella ya hace media hora que ha regresado del suyo. Empieza a preparar la comida, suena un llavín en la puerta y allí está: Alto, moreno, con ojos verde  esmeralda, y aquellas manos de honesto trabajador y de luchador obrero, capaces de las más tiernas caricias.   

- ¡Nadia!  – grita el recién llegado.

La coralista no sabe qué decir, ni tan siquiera sabe que se llama Nadia, no recuerda tampoco cuál es su nombre en la realidad de dónde viene, ni  dónde está, ni cuál es su relación con aquel hombre del que lo ignora todo, pero con el que, sin embargo, le  parece haber compartido la mejor parte de su vida. Sólo está segura de una cosa: Le quiere y le consta que él a ella. Se abrazan y el hombre la besa con una intensidad que no hubiese tan siquiera imaginado. Ella contesta a sus caricias  y aspira el olor de su piel que se le antoja tremendamente familiar.

- ¿Cómo ha ido el trabajo? – pregunta, conmovida con la situación.

- Bien, aunque ya sabes… tendremos huelga. Será más política que sindical,  no  nos queda otro remedio, mi amor,  tú lo sabes ¡hemos luchado tanto!

Nadia se estremece, ignora de qué le habla pero le comprende, ¡ella!, que su únicas luchas han sido las rabietas del trabajo y  la incomprensión de su familia. Como una autómata se dirige a la cocina y apaga el fuego. Él la coge por la cintura:

- Podríamos dejar las gachas para más tarde….

Ella se deja conducir hacia el dormitorio sin dejar de besarle. Se da cuenta entonces de que no sabe su nombre, sin embargo no le importa y se deja desnudar lenta y dulcemente por aquellas manos nobles y luchadoras; de repente se deshoja una palabra de no sabe  que recóndita flor de su cerebro: ¡Mario!

Todo el coro se quedó boquiabierto. Era la primera vez que la soprano se equivocaba. Fue al final de la canción, justo cuando habían terminado el estribillo y el director daba su última señal; todos los componentes del coro callaron al unísono y durante una breve décima de segundo se hizo el silencio, pero antes de que el público pudiese empezar a aplaudir se oyó  claro y alto un nombre: Mario.

 El incidente no quedó tan mal si tenemos en cuenta el nombre del autor de los versos; no obstante, al director no le hizo ninguna gracia. Los compañeros trataron de animar a la soprano:

 - ¿En quién estabas pensando? – preguntaban unos.

- A la más fina se le escapa un pedo – afirmaba otro de los veteranos.

No contestó. Un tímido gesto  atenuó de su rostro una fugaz sonrisa. No estaba allí, andaba imaginando por una vida distinta y preguntándose cuándo volvería a ella.        

La vida sin Mario se le hacía insoportable. Habitualmente salía muy poco, pero desde la última actuación no había vuelto a salir con las amigas. Había probado a cantar la pieza ella sola, en su vacío dormitorio, buscando el puente que la trasladara al  otro extremo de su fantasía y sólo conseguía un eco lejano en el cerebro. No le quedaba más remedio que esperar la próxima actuación del coro.

A las pocas semanas llega la esperada noticia: El coro cantará en una boda y por expreso deseo de la novia interpretarían, como canto final, el Te quiero.  Nadia – como le gusta ahora que la llamen – no cabe de gozo.

 La misa de esponsales transcurre lenta y monótona para ella; las palabras del oficiante deseando la mayor felicidad para los contrayentes  son el toque de salida para que empiece la deseada melodía. Como por arte de magia se produce el milagro del regreso y Nadia siente los ojos de Mario clavados en los suyos. Como el murmullo de una lejana lluvia, puede todavía percibir la estrofa de la solista: Tus ojos son mi conjuro, contra la mala jornada, te quiero por tu mirada, que mira y siembra futuro. Y de nuevo se deja arrastrar a la alcoba y se funde con el hombre a quien ama. Una y otra vez los cuerpos de ambos se buscan y él navega por el aplacerado vientre  de la coralista;  ella se deja embrujar por aquellas lucetas verdes de animal noble; tal vez un puma de patas felinas y garras tiernas; de dorado cuerpo, melena  corta y azabache, rugido discreto acompasando al tambor del corazón. Envueltos sus ojos en el fragor del deseo busca los de él en la penumbra y el alma se le dispara al verlos, son ojos que miran y siembran futuro. Un futuro para el presente que está viviendo, para compartirlo. Percibe que la canción ha terminado, que los novios e invitados aplauden; sin embargo, no “regresa” se queda con Mario. Tu boca que es tuya y mía, tu boca no se equivoca. . .

Mario se había quedado dormido, Nadia le acarició dulcemente. Se levantó resuelta y feliz; se miró en el espejo del baño: ¡Era ella, con veinte años menos! Su desnudez era la misma que la del pájaro que recupera su libertad y puede volar. No se sintió encadenada a su “pasado” y se sentía libre en ese “presente” sublime que estaba viviendo.

 Por primera vez se dio cuenta de que el hombre del que se sentía profundamente enamorada tendría apenas veinticinco. Paseó por la casa descubriendo cada rincón y saboreando cada lugar. Aquí y allí aparecían detalles que tan sólo a ella podrían habérsele ocurrido. Una vela dorada guardiana de secretos íntimos, unas piedras de playa torneadas por la mar, aquel pequeño detalle pintado con una clave de Sol.  Sin duda era  su hogar. Vaciló: ¿Cuál era su realidad? ¿la que durante cuarenta años creía haber vivido o ésta del presente? Se pasó la lengua por los labios y sintió el sabor de Mario, y en su piel el aroma de la piel de Mario. ¿Cómo no amar a lo que representaba la más tierna esencia del amor? “Estoy en casa”, dijo en un susurro, mientras le besaba.   

Eran los días más felices en la existencia de Nadia, conoció a sus amigos de “toda la vida”, conversó con sus vecinos de “siempre”, compartió tertulia con los compañeros del partido político en el que militaban ambos desde hacía más de tres años y descubrió dentro de una cajita con su nombre los poemas que Mario le escribió en la universidad. No quiso averiguar más, era dichosa.

  Aquella mañana la casa se llenó de gente. Compañeros y sindicalistas pintaban pancartas y banderas para la anunciada huelga general. Nadia preparaba café para todos, sentía un terrible desasosiego, la huelga estaba prohibida y a los “milicos” no les iba a hacer mucha gracia. Trató de decirle algo a Mario, éste la miró y sin dejarla continuar la besó largamente en la boca, ella respondió al beso: Tu boca no se equivoca, te quiero porque tu boca, sabe gritar rebeldía.

Angustiada, esperó y esperó. Al atardecer, la radio daba la noticia del fracaso de la huelga general, el dictador se dirigió a la nación para anunciar severas medidas. La represión había sido feroz: Muchos detenidos, centenares de heridos y media docena de muertos era el balance del desigual enfrentamiento entre el pueblo y sus explotadores. Sonó el teléfono, no sabía si responder, tenía un miedo atroz, no obstante descolgó el auricular. Un compañero del partido le informó de que Mario estaba huido, le daba una dirección para reunirse con él y le sugería que saliera rápido de la casa, en cualquier momento podían aparecer los de policía secreta. Nadia se sintió desfallecer. Se escuchó desde la calle  el ruido de los jeeps de los gendarmes que andaban registrando el barrio, su último jirón de entereza se escondió entre la vela dorada y la clave de Sol, el miedo se le hizo insoportable y deseó fervientemente regresar a su tiempo, a su país, al coro.

El público aplaudió con rabia la canción que cerraba el concierto. El director saludó y señaló con su diestra a los cantantes, estos iniciaron una leve reverencia y de nuevo la sala estalló en aplausos; la cuarta soprano, según la posición de los que aplaudían, estaba confusa.  Miró a sus compañeros, al director, al respetable que seguía aplaudiendo… y se sintió tranquila y confortada.     

Cogió un taxi para regresar a casa, la radio del automóvil anunciaba nuevas elecciones y recordaba los treinta y tantos años de democracia del país. El taxista apagó el transistor: “Políticos, políticos,  ya les daría yo, son todos unos…” Nadia no contestó,  el taxi se detuvo y ella pagó lo que marcaba el taxímetro; no dio propina. Subió a casa con cierta reserva; al entrar todos se disculparon: “Lo sentimos, no hemos podido ir al concierto, ¿qué tal ha salido?”. “Bien, bien”, contestó sin apenas quedarse en el salón: “Estoy cansada, me voy a mi cuarto”, dijo, sabiendo que ya no la escuchaban.

Se sentó en la cama, miró alrededor, todo estaba igual: Sus libros, las partituras, el folleto para ir a Marbella en verano, el uniforme del trabajo sobre la silla y una tremenda soledad flotando en el ambiente. Se levantó lentamente y entró en el baño; se miró en el espejo y vio a una mujer que acababa de cumplir cuarenta y tres años, que al día siguiente tenía que trabajar y que, probablemente, iría el sábado con sus amigas al mismo bar de siempre. Se quedó dormida en el limbo de los indiferentes.

Ya durante el ensayo sintió una sensación de mareo que se repitió al día siguiente. Nada comentó en casa. La doctora de la Seguridad Social, amiga suya desde hacía tiempo,  no tuvo ninguna duda: “Haremos un análisis, pero no creo que aporte nada nuevo, enhorabuena, ¿el padre lo sabe?” Cómo decirle que el padre era una ensoñación del pretérito y de un país inconcreto; la hubiesen llevado directamente al manicomio. Se preguntó qué diría en casa  ¿quién iba a creerla? Acudiría al concierto de aquella tarde para evitar dar explicaciones que ni le apetecía, ni podía contar.    

Mientras se dirigía a la sala de la actuación meditó la solución a tomar, por primera vez en mucho tiempo se sintió valiente, seguía estando enamorada y aunque su amor fuese imaginario en su vientre latía algo real; real y hermoso. Se sentía del mundo y también de sí misma. Ahora sabía cual era su sitio. Pidió encarecidamente al director, que incluyera el Te quiero en el programa. Cuando empezaron sus sones, ella se preparó: Se despidió mentalmente de sus padres, de sus amigas, del coro y del mundo en el que había vivido. Se acarició el vientre y entornó los ojos.

-         Sabía que vendrías – dijo Mario, besándola con pasión.

-         Sí mi amor y siempre estaré a tu lado… tengo algo que contarte.

-         Luego, mi vida, luego – y la besó tiernamente…

Lejos, muy lejos, se oía la voz casi imperceptible de la solista: Y porque amor no es aureola, ni cándida moraleja, y porque somos pareja, que sabe que no está sola.

 

Jordi Siracusa

Escrito por Jardines del Drac

LA CARTA – CARMEN HUERTO

Para celebrar el día de los enamorados ahí va el relato correspondiente al arcano nº VI “L’Amoreux”.

También informaros que, el lunes 14 de febrero, “San Valentín”, podéis encontrarnos alos tres autores en la librería Albareda que cumple 16 años. Os esperamos.

LA CARTA

“No quiero arrepentirme después de lo que pudo haber sido y no fue.”

                                                                                  (Bolero)

Le despertó el sonido de su propio ronquido; como de costumbre y sin abrir los ojos estiro el brazo palpando el otro lado de la cama en busca de la calidez del cuerpo de su mujer. El habitual  rifirrafe  amoroso del sábado por la mañana se vio frustrado al toparse con la frialdad de las sábanas vacías que le recordaron el viaje de trabajo de Merche.

Limpiándose la saliva de la comisura de los labios se enfrentó a la mañana con pereza y resignación; no estaba acostumbrado a esta soledad así que mientras se cepillaba los dientes barajó la posibilidad de no afeitarse, no tenía que dar explicaciones a nadie, ni salir de casa, es más, pasaría el día en pijama, televisión, cervecita…

La música del móvil interrumpió su ducha, sonando insistente, cada vez más alta, tan impertinente que le obligó a coger el teléfono con un extremo de la toalla secándose la oreja con el otro.

            -Buenos días cariño, ¿te he despertado? – Su mujer, siempre tan oportuna.

-No creo que quieras saberlo. La verdad es que estaba en la bañera con una rubia despampanante después de una noche de sexo y desenfreno -contestó fingiendo un exagerado tono de embriaguez- ¿Cómo va la reunión? ¿Ya habéis salvado el mundo? –Esta vez su voz había recuperado la normalidad.

-El mundo puede esperar, que ahora estamos tomando un café. A propósito, antes de despertarte de este sueño dile a la rubia que deje la cama hecha, ponga la lavadora y te recuerde que terminamos la reunión antes de tiempo y me tienes que pasar a recoger al aeropuerto al mediodía.

-Sí, mi ama, lo que usted ordene, pero haz saber a tu jefe que sigue siendo un explotador y que quiero a mi mujer en casa el fin de semana.

Le interrumpió antes de terminar la frase convirtiendo su voz en un susurro apenas audible – Perdona pero cuelgo, la conferencia ha vuelto a empezar. Un beso y pórtate bien.

- Hasta la tarde, un beso.- Colgó en cuanto oyó el adiós de su mujer, dejando el teléfono en la repisa del lavabo para terminar de secarse.

Ya en la cocina no pudo evitar volver a sonreír al abrir la nevera y descubrir un post-it con un claro mensaje “AFEITATE COCHINO” y el dibujo de un cerdito,  en venganza  bebió directamente el zumo del tetra-brick  y, tal y como su mujer habría predicho, se manchó la camiseta.- ¡Bruja!

A la vuelta del aeropuerto la discusión con Mercedes acabó con su paciencia,  sólo habían sido media hora de retraso, se había despistado, tampoco hacía falta que se lo reprochase a cada momento. Ya en el ascensor el aire se hizo denso y el tiempo eterno, sin palabras, sin cruces de mirada, sin perdones. Al llegar a casa se encerró en su despacho, golpeando la puerta con saña, reivindicando su propio espacio, mañana estaría  todo olvidado pero en ese momento sólo buscaba la soledad, rumiar su enfado mientras ella deshacía las maletas. Buscando transformar su ira en actividad frenética comenzó a vaciar cajones y estanterías. Cualquier cosa con tal de desfogar su resentimiento.

Muy pronto la tarea se había transformado en un verdadero frenesí. Rastreaba en los estantes del despacho haciendo montones: extractos bancarios y recibos, documentos para revisar, para tirar, cada vez aumentaba el número cubriendo casi por completo el suelo de la habitación. Su existencia reflejada en papeles de los que siempre se negaba a deshacerse por superstición pero que necesitaban ser puestos en orden. Hizo un primer viaje al contenedor de papel con periódicos y viejas revistas calibrando lo que pesaba una vida y el sudor que costaba desprenderse de ella.

Una caja guardaba las facturas de los primeros muebles y la televisión que compraron a plazos, recuerdos del viaje de novios a Tenerife e incluso una piedra del Teide que su mujer se había empeñado en meter en la maleta (como si no fuesen lo suficientemente cargados con los mantones para sus sobrinas, los transistores para los abuelos y el tabaco para su cuñado). –Si todos los turistas fuesen como tú, en pocos años el Teide dejaría de ser el pico más alto de España- había refunfuñado sabiendo que no podía negarle nada.

Todo fue recolocado en su sitio: nóminas, análisis médicos, solo un par de cajas con apuntes de la universidad, mudo recuerdo de su época de estudiante, iban quedando relegados a la espera una decisión; habían sobrevivido a dos mudanzas y varias limpiezas generales.

Abrió la primera, que exhaló un tufillo a tabaco y partidas de mus, a noches en vela memorizando poemas. Apuntes de economía, arte y literatura. Sonriendo la apartó a un lado destapando la segunda donde bajo resmas de papeles asomaron varios trabajos encuadernados con espiral de plástico, guardados con celo, los mejores, aquellos que le producían un especial orgullo: “Neruda, 20 Poemas de amor y una canción desesperada”, “Lorca, el Romancero Gitano” y un cuadernito con poemas propios, vano intento de convertirse en el escritor que nunca fue. Los ojeó con nostalgia deslizando los dedos sobre las letras apagadas y allí, entre poemas de dolor y sangre y gitanos de luna roja, entre los versos más tristes escritos ésa noche, estaba la carta pidiendo ser rescatada del olvido.

Madrid 24 de Octubre de 1976

Querida mía:

Te esperaba desde el amanecer de los tiempos.

Has pasado por mi lado, te he presentido en un aroma a jazmines y luego has aparecido. Me he acercado, temeroso, esperando un gesto, el reconocimiento de dos almas que se buscan y que acaban de encontrarse, pero tus ojos se han deslizado sobre mí, sin detenerse, como un cuchillo afilado dejando un surco sangrante en mi pecho. ¿Acaso me despreciabas?

Pero has vuelto tu rost…

La puerta se abrió de repente.

-¡Qué!, ¿vamos a estar enfadados toda la tarde? – La  voz de su mujer sonaba conciliadora -Ayúdame con la cena anda.

Metió rápidamente las hojas en el cajón, el corazón culpable, temeroso, como un niño al que acaban de pillar en falta. Se levantó apresuradamente esperando que su mujer no se hubiese percatado del movimiento de ocultación.

La conversación trivial durante la cena no lograba borrar de su cabeza las palabras “te esperaba desde el amanecer de los tiempos”, por mucho que se esforzaba no recordaba haber escrito esa carta; intentó rememorar las mujeres de su vida en aquella época, no muchas muy a su pesar, deduciendo finalmente que la destinataria de la carta sería casi con toda seguridad Marta; cómo olvidarla,  “cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos” decía el poeta sin conocerla. Cómo intentaba él que sus manos se encontrasen, que sus dedos se rozasen, que sus ojos se cruzasen. Ella  miraba desdeñosa, sabiéndose deseada en silencio por todos los muchachos de la clase, hermosa, fría, distante.  Recordó su obsesión, comía pensando en ella, sus pensamientos giraban en torno a ella; en sus sueños siempre aparecía ella, Marta inaccesible, Marta altiva. Sin duda ella era la musa.

Durante el primer curso había intentado varias estrategias de acercamiento, pero luego, cobarde, había desistido al ver fracasar a otros compañeros y continuó  amándola en silencio. Desde la trinchera no experimentaría la gloria del combate, pero tampoco caería herido.

Ya en el lecho, esperó inmóvil intentando  imaginar cómo habría sido su vida con Marta, ejercicio vano, podía crear una vida de ensueño o todo un infierno, casarse, divorciarse, engañarse, amarse, podría escribir cientos de boleros, pero serían sólo una canción. Escuchó por fin cómo la respiración de su mujer se hacía rítmica y profunda y con mucho cuidado se deslizó hasta el borde de la cama con un ligero sentimiento de culpabilidad y dirigiéndose descalzo hacia el despacho abrió el cajón silenciosamente.

Madrid 24 de Octubre de 1976

Querida mía:

Te esperaba desde el amanecer de los tiempos.

Has pasado por mi lado, te he presentido en un aroma a jazmines y luego has aparecido. Me he acercado,  temeroso, esperando un gesto, el reconocimiento de dos almas que se buscan y que acaban de encontrarse pero tus ojos se han deslizado sobre mí, sin detenerse, como un cuchillo afilado dejando un surco sangrante en mi pecho. ¿Acaso me despreciabas?

Pero has vuelto tu rostro en el último segundo y tus labios se han abierto en una espléndida sonrisa, la herida abierta ha sanado y he sentido mi sangre, toda mi sangre, agolparse en mi corazón, incapaz de latir.

He seguido tu estela, andado sobre tus pisadas, respirado tu mismo aliento, escuchado tus silencios a la espera de una señal.  Me he armado de valor, te he tocado y cuando te has vuelto me has susurrado tu nombre. –Me llamo Mercedes- y tu nombre me ha dado un nuevo mantra que repito a cada momento: Mercedes, dones, regalos. “Te pareces al mundo en tu actitud de entrega” Tú misma eres la dádiva generosa.

Por siempre y para siempre tuyo

Ángel

¿Por qué se había sorprendido tanto? ¿Acaso había olvidado después de tantos años el amor que sentía hacia su mujer. El temblor que le provocó la primera vez que habló con ella?  La rutina no podía, no debería  haber amortiguado el recuerdo de su  pasión. “Para siempre y por siempre tuyo”.

Pensó en su mujer cercana, amorosa y en la gélida Marta y recordó por qué él había elegido a Merche: las tardes en la biblioteca cogidos de la mano, los besos de principiante, las risas ante sus primeras torpezas amorosas.

Volvió a la cama en silencio y al sentarse en el borde su mujer entreabrió los ojos.

 -¿Dónde estabas?- musitó.

-Recuperando la cordura -contestó mientras se aferraba a ella acoplándose a su contorno como todas las noches durante tantos años  –y recordando cuánto te quiero -le susurró dándole un beso.

Ella ya no escuchaba.

FIN

Escrito por carmenhuerto

FELICITACIONES A TODOS

Escrito por Jardines del Drac

La cometa

 

¡FELICES FIESTAS!

Una nueva entrega de nuestro libro de relatos “Veintidós Grullas Doradas”. Esta vez se trata del primero de ellos, “La cometa”, un imaginativo cuento de Carmen Muñoz, correspondiente al arcano de El loco.
 

LA COMETA

“Todo lo que una persona pueda imaginar otras podrán hacerlo realidad”
JulesVerne

Tengo casi cincuenta años, qué más da la cifra exacta, la vida pasa tan deprisa que no da tiempo a acomodarte a ninguna edad. Dicho de otra manera, he abierto los ojos a un nuevo amanecer alrededor de dieciocho mil veces, más o menos, y mis párpados empiezan a notar el peso de tanto esfuerzo. Nuestra flaca memoria nos hace recordar una cifra irrisoria de esa elevada cantidad, de no ser así no soportaríamos tanta tristeza, o alegría, o pasión, o decepción, o ira.

No me preguntéis qué hacía yo el uno de marzo de mil novecientos noventa o el veintiocho de febrero de mil novecientos setenta y seis, por decir algo, no me acuerdo, vosotros tampoco. Sin embargo, os puedo contar minuto a minuto todo lo sucedido un día de octubre, el diez, de mil novecientos sesenta y nueve: lo conocí a él.
Fue el año  en el que el hombre llegó a la luna y en el que alcancé mi primera década. Recuerdo, como si fuera ayer, la emoción que sentí al ver aquella huella sobre el polvo blanco y escuchar a Armstrong diciendo aquello de “un pequeño paso para el Hombre, un gran paso para la Humanidad”. A mis ojos, el astronauta se convirtió en el ser humano más importante de todos los tiempos, el primero en pisar aquel pedazo desgajado de la Tierra. Primero sentí envidia, luego desesperanza, yo nunca podría dejar mi impronta sobre la superficie lunar, pero nunca conformismo, y aquella quimera se convirtió en sueño, razón y meta.

 

 
El día del que os hablo salí a volar la cometa que me habían regalado hacía poco por mi cumpleaños. La tarde del tierno otoño invitaba a contemplar el cielo y puse mi alma en mi nave de papel volador. Ninguno de mis amigos quiso acompañarme y, solo, llegué a las afueras del pueblo, un sitio poco arbolado visitado frecuentemente por la brisa. Eché a correr y el viento hinchó la pequeña vela. Fui largando cuerda y el frágil juguete ganó altura. Me quedé un rato contemplando su suave deambular hasta que, de repente, empezó a caer en picado barrenando el aire. No llegó a suelo, la rama baja de uno de los pocos árboles que había por allí se lo impidió. Quedó suspendida cerca de mí pero fuera del alcance de mi brazo. Empecé a saltar para intentar tocarla, no pude. Busqué algo a lo que subirme pero las rocas que había alrededor estaban más allá de lo que mis pequeños brazos podían transportar. Recuerdo que lloré de impotencia y que me senté debajo apoyado en el tronco, esperando un milagro o la hora de volver a casa.
Lo vi venir a lo lejos y reconocí su caminar asimétrico y cadencioso. Era uno de los residentes de “La Institución”, como era conocido el centro para enfermos psiquiátricos que ocupaba una gran casona de paredes grises en las lindes del pueblo.  Caminaba entre nosotros con su pasito incierto y una bolsa de tela al hombro donde todo tenía cabida. Cualquier cosa: Un libro viejo, una armónica, una caja metálica con fotos añejas, una brújula o una figurita de barro cocido podía anidar en las entrañas de trapo, sacado todo ello de los talleres donde los terapeutas de la residencia se esforzaban en mantener ocupadas las mentes de aquellos seres, habitantes de otro mundo. También era común verlo sentado en un banco de la plaza escribiendo versos que luego declamaba en voz alta o poniendo sobre la pila de la fuente su colección de soldaditos de plomo. Nadie le tenía miedo, era totalmente inofensivo, incluso benéfico, diría yo, y todos los vecinos sonreían al contestar la eterna pregunta que salía de sus labios: ¿Sabes quién soy? Había olvidado la mayor parte de su vida y andaba buscándose en los ptros.Yo nunca había hablado con él, hasta aquella tarde.
     Cuando llegó a mi lado se detuvo y se me quedó mirando. Al cabo de unos segundos me preguntó:
     -¿Sabes quién soy?
     – Sí- contesté – al oír mi respuesta se puso en guardia esperando que le desvelara todos los enigmas de su existencia –. Eres uno de los loc…- me paré en seco y corregí mi discurso: – vives en “La Institución”- respondí sin saber si mi respuesta era de su agrado. Por el gesto de decepción que puso comprendí que no le habían gustado mis torpes palabras.
    – Quiero saber quién soy, no donde vivo, eso ya lo sé- explicó con mucha lógica y se sentó a mi lado.
     Seguidamente se interesó por lo que hacía un chiquillo solo por aquellos andurriales. Miré hacia arriba y enseguida comprendió a qué se debía mi cara de aflicción.
    –Yo puedo ayudarte- dijo inmediatamente -. Confía en mi y súbete a mi espalda.
     Entonces fui yo quien se puso en guardia.
     Dudé un momento, una cosa era hablar con él y otra muy distinta subirse a su lomo, pero sus hombros anchos y sólidos me hicieron sentir seguro. De esta guisa pude alcanzar el extremo de la rama y rescatar mi cometa, después, con sumo cuidado, me dejó en el suelo y me acarició la cabeza regalándome una mirada llena de emoción y ternura; quizás fuera un tonto,- pensé- pero un tonto encantador
.
      Era un hombre viejísimo, o así se lo pareció a mis ojos de chiquillo. Nuestras vidas debían de estar separadas por una distancia de varias décadas, pero cuando sonreía, de un plumazo se borraba los signos del paso del tiempo de su rostro y podía verse el niño que había sido y que seguía siendo. Hasta ese momento nunca me había dado cuenta del paso de los años, como todos a mi edad vivía en un continuo presente, en el que hijos, padres y abuelos parecían ocupar eternamente su posición en el mundo. Asomado a su sonrisa vi al hombre como un ser en tránsito, conocí su pasado y comprendí mi futuro.
     Para celebrar la hazaña le invité a compartir mi juego.
    -¿Sabes volar una cometa?- pregunté.
    - No sé, no me acuerdo- me respondió.
    –Es muy fácil, sólo tienes que correr contra el viento e ir soltando cuerda- expliqué.
     Lo intentó, pero la torpeza de su carrera le impedía cazar cualquier débil ráfaga de aire. Con gesto triste me entregó el cabo diciendo:
    – Desde que me hirieron en la guerra mi pierna ya no es la misma- y calló. Como es natural quise saber más acerca de aquella guerra de la que hablaban todos y que hacía muchísimos años había acabado. El testimonio en primera persona de un superviviente.
    Sentados en una gran piedra comenzó a narrar su historia:
    – Recuerdo que corría por la ladera de una colina, nuestra compañía tenía que tomar aquella posición antes de anochecer y el capitán nos daba gritos para lanzarnos hacia delante -¡Allons-y!- clamaba, alzando el su puño al aire.
    – ¿Alonsi?- pregunté yo extrañado, nunca había oído esa palabra
    -Si-, me dijo- significa: ¡Vamos!, en francés.
    -¿Sabes francés?- seguí interrogando cada vez más intrigado.
    -No lo sé, pero de eso sí me acuerdo- explicó y retomó el curso de sus pensamientos, a nuestro alrededor iba oscureciendo-. El sudor empapaba mi gorra y la sal me picaba en los ojos. Tenía las manos mojadas y sujetaba el arma con fuerza para que no se me escapara. Era un día frío y seco pero, todos, sudábamos de miedo. Las granadas estallaban a nuestro alrededor y rezábamos para no ser alcanzados. El ruido era ensordecedor y frente a nosotros grupos de soldados alemanes asomaban las cabezas disparando sobre las trincheras mientras otros, por los flancos, venían a la carga para detener nuestro avance. A un lado y a otro, compañeros míos dejaban súbitamente de avanzar y caían desplomados al suelo. Mientras corría me acordaba de mi madre, creo que hasta la llamé en voz alta llorando, pidiendo que viniera a abrazarme. Estábamos ya tan próximos al enemigo que veíamos con toda nitidez los jóvenes rostros de aquellos que teníamos que matar. Algunos parecían arrancados del pecho materno para ir a combatir por su káiser.

 mientras corría me acordaba de mi madre...

 
       A esas alturas el hombre parecía hablar consigo mismo y creo que si me hubiera ido no se habría enterado, pero seguí allí, atrapado en una guerra que ya no sabía si era real o imaginaria. Me arrebujé dentro de mi jersey de lana y metí los puños dentro de las mangas. Un escalofrío me subió por la espina dorsal no sé si fruto del abandono del sol o de aquellas palabras. Intentando comprender pregunté:
     -Ese káiser. ¿Era Franco?
     - ¿Quién es ése?- preguntó a su vez -. Luchábanmos contra Guillermo II, el emperador alemán.
      Siguió, según él, recordando, ajeno a que sus palabras eran destinadas a un niño. Frunció el ceño y entornó los ojos buscando el infinito, su voz se hizo más grave:
    – Entonces lo vi- continuó- corría hacia mi, colina abajo, y se paró en seco apuntándome a la cabeza. Me quedé parado y no pensé nada, ni sentí nada, tan solo esperaba a que todo se pusiera negro. Sentí que dudaba y que le temblaba el arma. Gritaba mientras me encañonaba, sin decidirse a apretar el gatillo. Lanzó un alarido y disparó. Me destrozó la pierna y caí de espaldas. Allá arriba, la serenidad de aquel cielo azul sin nubes, inmóvil y transparente me pareció cruel. Desde el suelo vi que se acercaba, para rematarme, pensé, pero soltó el fusil y se arrodilló ante mí, tendría veinte años, como yo. Lloraba amargamente mientras decía con fuerte acento alemán:” ¡No puedo, no puedo!, ¡el quinto!, ¡no matarás!, ¡no mat…! … y el estallido de una granada ahogó su voz para siempre. Cayó sobre mí. Yo sentí el fuego del infierno devorándome el pecho y el vientre. Luego morí.
    Tal vez porque apenas había atravesado el umbral de la existencia y aún guardaba memoria del otro lado o porque mi alma era porosa como un montón de arena, le creí. Volvió a iluminarme con la candidez de su sonrisa y, como quien muestra un trofeo, me enseñó sus “heridas”. Se remangó el pantalón hasta la rodilla dejando ver una pierna debilitada y reseca. Pasó su manos por los empobrecidos músculos como queriendo transmitir el calor de la vida a aquellos nervios estrangulados. A continuación abrió su camisa y dejó al descubierto una larga cicatriz que dividía su vientre en dos. Parecía más obra de cirujano que carne retorcida por los cascotes de una bomba, pero di todo por bueno. Únicamente la piel de su pecho no mostraba signos de los trozos de metralla que amenazaban su corazón.
    Aquella historia, tan diferente a las que contaban los viejos en la taberna, me pareció tan real e inalcanzable a las limitadas posibilidades de mi mente como la esfera recién hollada que nos acariciaba con sus largos dedos de luz e ingenuamente pregunté:
    -Pero… ¿tú eras de los rojos o de los nacionales?
     Me miró extrañado y contestó:
    -¿En qué mundo vives, muchacho? Soy un soldado francés de la Triple Entente, ¡mon p´tit!
     Por primera vez en mi vida estuve en presencia del misterio, de lo insondable. Toda la realidad parecía derretirse como la pintura fresca de un cuadro puesto al calor y a partir de entonces hasta ahora, y por el resto de mi vida empecé a mirar más allá de lo que veían mis ojos. Nos levantamos y empezamos a caminar hacia el pueblo a paso lento.
     – Conozco un lugar donde siempre sopla el viento- comentó-, el mejor para volar tu cometa
     Yo le escuchaba con interés.
     –Está hacia el oeste, muy cerca de aquí y hay que subir un trecho. Es un alto donde los cuatro vientos se dan cita y forman remolinos. Si quieres te enseño el camino para que vayas tú siempre que quieras.
    Asentí con la cabeza y continuamos andando en silencio. Él se dio cuenta de que de tanto en tanto alzaba la vista al cielo y, como quien lee el pensamiento, dijo:
    – Dicen que ya hay pisadas humanas en la luna, incluso una bandera. Siempre se pone una bandera cuando se conquista un territorio, ¿a que te gustaría llegar allí?
     Le miré y un tímido “sí” derrotado se escapó de mis labios.
    -Yo puedo ayudarte- fue su respuesta, envuelta en una franca sonrisa. Fue entonces, y sólo entonces cuando pensé que estaba loco. Nos citamos para el sábado al atardecer pero antes de despedirnos me preguntó mi nombre.
   -José- respondí.
   – Como yo- contestó él.
    Me contagié de su locura y los siguientes días fui un ser enajenado, arrebatado por la idea más peregrina que nunca había tenido, “ yo en la luna” , pensando a cada momento en las ilusas palabras del hombre del manicomio, José, como yo. No pensé ni por un momento en que no lo conseguiría sino en cómo lo haría. Me devoraba la curiosidad y, aunque en el fondo sabía que era un sueño, me dispuse a vivir aquella aventura.
     El sábado por la tarde fui el primero en llegar a la cita y esperé con impaciencia ver su figura aparecer por el camino.        Trajo con él su sonrisa y un enorme saco, poco pesado, que cargaba en un hombro y juntos emprendimos la ruta hasta la encrucijada de los vientos. Alcanzamos el lugar justo en el momento en que anochecía y la reina del cielo lucía bella y redonda. Esperé que la magia viniera a jugar conmigo. Y vino. De la gran bolsa extrajo una enorme cometa rectangular con tres franjas verticales, azul, blanca y roja. Por un momento pensé que me había engañado y que todo había sido una treta para llevarme allí y enseñarme el volantín que había confeccionado con sus propias manos. Intentó volarla él solo, pero no pudo y me pidió ayuda. Traté de sobreponerme a mi decepción y eché a correr en contra de la brisa; nunca he podido negarme a volar una cometa. Rápidamente ascendió y se vio pequeña y alegre bailando sola en la inmensidad. Mi corazón se atemperó y mis pies volvían a tocar tierra. Llegué a donde estaba el niño más viejo que nunca conocí y puse la cuerda en sus manos. La sujetó firmemente y desde el primer momento aquel trozo de madera y papel obedeció sus órdenes igual que una espada obedece al brazo del caballero que la blande. Por un momento aquel hombre volvió a ser un soldado, empuñando ahora su arma contra los ejércitos de Eolo. No sabía que sabía y, sin embargo, parecía que lo había hecho siempre. Muchos años más tarde, no sé cuando exactamente, en un día cualquiera de los últimos cinco mil, escuché decir, tampoco recuerdo a quién, que tarde o temprano el espíritu, llamémosle intemporal o eterno, de una persona se manifiesta y actúa a través de la vida. ¿Quién era ese viejo al que la memoria le había robado el libro de su exsistencia, por lo menos de ésta, dejándole tan sólo la última página de la anterior? ¿Por qué incluso jugando con el viento parecía un guerrero?

 

  
 Cuando ya creía que eso era todo, se dirigió a mí sin dejar de mirar hacia arriba:
   – Saca el objeto que queda en el fardo- dijo con voz segura.
    Obedecí y me quedé mirando detenidamente lo que apareció en el interior. Al cabo de unos minutos otra cometa surcaba el aire. Recuerdo que primero sonreí, después lancé una carcajada de alegría y luego corrí gritando de emoción. Era muy grande, rectangular, como una bandera, sobre su fondo rojo un enorme círculo de brillante papel plateado ocupaba el centro y dentro en negro unas gruesas letras. Allá arriba la luz del satélite se reflejaba en el gran círculo plateado haciéndole parecer otra luna en cuya superficie un dedo invisible había grabado un nombre, el mío.
    En aquel momento supe que todo es posible, siempre, de alguna manera. Sin dejar de mirar al cielo exclamé:
   -¡Ya sé quién eres tú, eres EL HACEDOR DE SUEÑOS! Me miró agradecido y se echó a llorar.
    Ahora, a mis casi cincuenta años, he comprendido que el espíritu que anidaba en aquel hombre y que la memoria no fue capaz de destruir era el de un maestro, el mío.
   Desde entonces, cuando las carreteras de la vida se cierran a mi alrededor, entorno los ojos y vuelvo al camino que lleva al palacio de los sueños realizados, el que él me enseñó, donde alcancé la luna, porque yo no volé una cometa, la cometa era yo.
                                                                         
 
                                                                                              FIN

 

 
 
 
 
 
 

 

Escrito por Jardines del Drac