Dentro de nuestro libro de “las Grullas”, aparece este relato mío de “LA CORALISTA”, que espero disfrutéis todos, sobre todo los que, de una forma o de otra, disfrutáis del mundo de los coros.
LA CORALISTA
En algún momento, en algún punto en el espacio y el tiempo, nuestras vidas se cruzaran.
El director hizo un gesto grave, un gesto repetido mil veces en conciertos, en misas, en ensayos. Un gesto aireado a los cuatro puntos cardinales, pero sólo dirigido al coro. Treinta voces volaron al unísono en un mismo tono, a la búsqueda de un mismo futuro, al compás de un mismo espacio del pentagrama. La coral lanzó su canción al aire del recinto, el sonido rebotó en la campana acústica que ofrecía el lugar y las notas acariciaron tímpanos y neuronas.
La cuarta soprano, según se mira desde platea, sintió un escalofrío; siempre le ocurría en las canciones que le gustaban. Era una pieza otras veces cantada y tantas otras veces sentida, un canto popular con arreglos adecuados para cuatro voces: Un mensaje musical de otro tiempo y otro lugar.
Se sintió transportada a una lejana tierra y se descubrió a sí misma rodeada de un paisaje desconocido en un espacio intemporal, el aire traía un suave aroma a flores silvestres. Una colina cercana recogía su canto y lo multiplicaba armoniosamente. Al fondo del paraje divisó un poblado incógnito y sin embargo familiar y cálido que parecía llamarla. Sin dejar de cantar, descendió alegre por la colina. Recitó el estribillo de la copla con la mirada absorta en dirección al pueblo. Llegó a los aledaños del lugar, podía ver las primeras casas y el río que recitaba la melodía; de repente, se dio cuenta de que sonaba el acorde final, vio claramente el gesto del director dando fin al canto y escuchó los aplausos del público. Se esfumó el paisaje y se sintió huérfana sobre el escenario.

Lo comentó a las otras sopranos con diversa suerte: Desde la comprensión, al cachondeo, pasando por las miradas de asombro y preocupación. No obstante, ella estaba tranquila, había sido una placentera sensación e interiormente se hizo dos solemnes promesas: Volver a sentirlo y no contárselo nunca más a nadie.
Llegó a su casa y contestó a las preguntas de siempre. Todo había salido bien y el público había aplaudido mucho. Entre ausencias escuchó la consabida frase: “La próxima vez iremos a oírte”. La cuarta soprano, según se mira desde platea, se sentó en la cama de su dormitorio y acarició la partitura del extraño milagro. Le gustaba cantar, le gustaba interpretar, le emocionaba sentir, gozaba interpretando. Su edad había alcanzado velozmente el cuarto guarismo y no le importaba pasar de los cuarenta, es más, lo deseaba, así sobrepasaba el tiempo de las presiones, de los comentarios, de los consejos…de los futuros aburridos y previsibles. Tenía su música, sus particulares sueños y la esperanza de revivir lo ocurrido aquella tarde.
El concierto estaba anunciado hacía semanas. Los ensayos fueron duros para todos, excepto para nuestra coralista. Cada una de las pruebas y repeticiones daban un nuevo hálito de esperanza a la soprano. La víspera no durmió; extendió sobre su cama cada una de las partituras que componían el repertorio e imaginó cuál de ellas sería capaz de trasportarla: ¿Quizá un aleluya, y poder experimentar el sentir de un coro celestial en presencia del Creador? ¿O tal vez uno de los boleros, y sufrir los desgarradores desamores que cantan? Sonrió, fuese lo que fuese tenía unas terribles ansias por percibir lo que le deparaba la actuación del día siguiente.
Los componentes del coro desfilaron hacia sus posiciones; primero, los bajos con sus voces graves; luego, los tenores, poderosos y dispuestos; aparecieron las contraltos con su media voz para dar réplica y eco a sopranos y tenores; a continuación las sopranos, la voz más aguda, casi tanto como los pensamientos de nuestra coralista que se le antojaron tan altos, que temió que fuesen oídos por el público y por último, el director, dispuesto y eléctrico. Todos formados como un ejército. Uno de los coralistas se adelantó y presentó a la formación; uno a uno, fue anunciando cada uno de los temas que iban a ser cantados. Allí entre las sopranos, la cuarta de ellas, según el punto de vista del respetable, trataba de imaginar.
El diapasón del mentor dio un la vestido de vibraciones. Subió la mano y al bajarla entraron todos los cantores a un tiempo. Durante algunos pasajes cesaba el cántico de una de las cuerdas mientras las otras seguían con la letra; en ocasiones, callaban todos excepto los bajos que cerraban la melodía. El público agradecía con sinceros aplausos el esfuerzo y buen hacer del coro. Al fin, suena una bella habanera.
La cuarta soprano presiente algo especial; su voz, sin desentonar de las otras, resuena clara, maravillosa, y su mente vuela hacia el mar antillano. Ahora ve la manigua, con miles de tonos verdes y un ingenio tabaquero. No puede, no quiere evitarlo, y sus pasos se encaminan a la hacienda. La habanera sigue sonando, ella atraviesa el batey cantando y cantando; allá sentados, con indumentarias blancas como el algodón criollo, un coro de gentes de color la acompañan. Puede sentir la humedad de la selva y oler el penetrante aroma de los secadores de tabaco. Intuye que en la hermosa mansión de columnas de mármol la están esperando. Una lágrima de alegría se escapa juguetona y siente su sabor mientras unos aplausos, extraños y lejanos, rompen el hechizo.

No tiene prisa por regresar a casa porque no tiene nada que decirles, tal vez reprocharles que tampoco hoy estuvieran en el Auditórium. Camina entre la gente tarareando la habanera, encerrada en su propio sueño. Aunque breve, ha vivido una hermosa historia.
Al día siguiente llega puntual a su trabajo. La Navidad está cerca y en los Grandes Almacenes no hay demasiados momentos tranquilos en estas fechas; sin embargo, entre cliente y cliente, sigue soñando. Por los altavoces de ambiente suenan villancicos y canciones navideñas que compiten con el sonido de las cajas registradoras y los suspiros de quienes no saben “disfrutar” de las fiestas, confundiendo fraternidad con consumo. La publicidad bombardea con sus eslóganes y la gente acaba por pensar que no puede ser feliz si no compra. Los niños fantasean con los envoltorios de cartón de los ingenios electrónicos a la vez que las niñas pasan de muñecas para imaginar que serán ingenieros o médicos. En cambio, sus padres, tratan de satisfacer al chiquillo que todavía llevan dentro, tentando a sus hijos con los juguetes que ellos nunca tuvieron y los grandes almacenes hacen su agosto en pleno invierno. Mientras tanto, nuestra heroína recuerda que diciembre es el mes con más compromisos del coro y disfruta al pensar que muy pronto volverá a cantar.
En efecto, su grupo tiene un concierto, precisamente en el mismo almacén donde trabaja la soprano y los villancicos serán la base del repertorio. Por una vez cambiará su uniforme de dependienta por el traje negro y estilado de la coral. Un público multicolor y diverso asiste al evento. Suena el primer villancico que canta a unas navidades blancas y anglosajonas; nadie se da cuenta de que la cuarta soprano, según disfrutan los críos del público, está entrando en el elegante salón de una casa en alguna parte de los Estados Unidos, un enorme abeto preside el lugar y algunos niños reclaman impacientes sus regalos. Cantad, cantad, Navidad llegó, de blanco mi hogar vistió…entona el coro. Suenan los aplausos, nuestra protagonista se estremece. Continúa el concierto y vibra otro villancico; esta vez, evoca a un infante que ha nacido en un establo de una tierra mártir. Y ella tiene la sensación de estar allí, en un tiempo pretérito conocido por todos, salvo por los que están siendo los protagonistas: Un humilde matrimonio judío que trata de dar calor a su hijo recién nacido en el suburbio de un miserable pueblo llamado Belén, bajo la mirada indiferente de algunos lugareños. Pero la música es magia y de pronto, sin saber de dónde ni el porqué, surgen pastores con ofrendas y tres reyes de lejanas tierras que vienen a adorarle y los indiferentes regresan para ver al niño y suenan las zambombas; un pequeño tamborilero aporrea su tambor frente al establo alboreado de una luz celestial.
Por vez primera sus ensoñaciones han sido continuadas y no han finalizado al término de una canción, sino que se han encadenado durante tres o cuatro villancicos. Ha disfrutado, casi, de un contacto físico con los personajes y se ha sentido “viva” dentro de su ensueño. Viva y feliz. Al volver a su casa no comenta nada ¿para qué? Lo más seguro sería que la enviaran al psiquiatra. Se refugia en su dormitorio y se sacude alguna de las pajas que han quedado en el uniforme. Sonríe.
Pronto comprende que puede controlar sus “fugas”, aprende a escaparse en dirección a la ensoñación elegida. El resto de sus compañeros de coro nada le han comentado, por lo que deduce que sus “viajes” pasan desapercibidos para todos, tal vez la única excepción es la del director: “Estás mejorando mucho, hay momentos que cantas de una forma especialmente clara y hermosa, como si lo vivieras”
Encerrada en su cuarto, nuestra soprano repasa los temas del próximo concierto. Busca una pieza que la motive lo suficiente. Tiene en sus manos el programa a interpretar el sábado. ¡Aquí está! Es un poema de Mario Benedetti, musicado por Fabero, una bella historia de amor titulada: Te quiero. Lee la letra del genial uruguayo: Si te quiero es por que “sos”, mi amor, mi cómplice y todo… y en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos. Es un hermoso texto capaz de trasportar aun careciendo de la facilidad de nuestra heroína. Ella lee y relee los versos de Benedetti, imaginando quién puede decir tan sentidas palabras.
La semana se le hace eterna, las fiestas navideñas han dado paso a las consabidas rebajas y la gente compra segundas marcas con etiqueta de primeras por la mitad de precio – sin saber que es justamente el doble de lo que vale aquella mercancía –. Nuestra coralista no está por detalles económicos y sólo espera el momento del Te quiero.

El coro ha interpretado ya la mitad de los temas cuando el director hace una leve señal, la solista avanza para quedar por delante de sus compañeros y se sitúa entre el director y nuestra soprano. Empieza la canción. Tenores y bajos acompañan a las sopranos y contraltos que desgranan la letra del poema, luego las cuatro voces son las que flanquean con susurros a la solista que canta: Tus manos son mi caricia, mis acordes cotidianos, te quiero porque tus manos, trabajan por la justicia. La soprano se siente aparecer en el comedor de una casa de clase media en mitad de una ciudad del cono Sur, no puede precisar si se trata de un lugar en Argentina, Chile o Uruguay; sin embargo sabe que está en el continente americano, los libros del estante están en castellano, el póster de la pared retrata un paisaje de aquellas latitudes. Se siente tremendamente feliz. Está esperando a alguien; sí, a él, sabe que a esta hora vuelve del trabajo, ella ya hace media hora que ha regresado del suyo. Empieza a preparar la comida, suena un llavín en la puerta y allí está: Alto, moreno, con ojos verde esmeralda, y aquellas manos de honesto trabajador y de luchador obrero, capaces de las más tiernas caricias.
- ¡Nadia! – grita el recién llegado.
La coralista no sabe qué decir, ni tan siquiera sabe que se llama Nadia, no recuerda tampoco cuál es su nombre en la realidad de dónde viene, ni dónde está, ni cuál es su relación con aquel hombre del que lo ignora todo, pero con el que, sin embargo, le parece haber compartido la mejor parte de su vida. Sólo está segura de una cosa: Le quiere y le consta que él a ella. Se abrazan y el hombre la besa con una intensidad que no hubiese tan siquiera imaginado. Ella contesta a sus caricias y aspira el olor de su piel que se le antoja tremendamente familiar.
- ¿Cómo ha ido el trabajo? – pregunta, conmovida con la situación.
- Bien, aunque ya sabes… tendremos huelga. Será más política que sindical, no nos queda otro remedio, mi amor, tú lo sabes ¡hemos luchado tanto!
Nadia se estremece, ignora de qué le habla pero le comprende, ¡ella!, que su únicas luchas han sido las rabietas del trabajo y la incomprensión de su familia. Como una autómata se dirige a la cocina y apaga el fuego. Él la coge por la cintura:
- Podríamos dejar las gachas para más tarde….
Ella se deja conducir hacia el dormitorio sin dejar de besarle. Se da cuenta entonces de que no sabe su nombre, sin embargo no le importa y se deja desnudar lenta y dulcemente por aquellas manos nobles y luchadoras; de repente se deshoja una palabra de no sabe que recóndita flor de su cerebro: ¡Mario!
Todo el coro se quedó boquiabierto. Era la primera vez que la soprano se equivocaba. Fue al final de la canción, justo cuando habían terminado el estribillo y el director daba su última señal; todos los componentes del coro callaron al unísono y durante una breve décima de segundo se hizo el silencio, pero antes de que el público pudiese empezar a aplaudir se oyó claro y alto un nombre: Mario.

El incidente no quedó tan mal si tenemos en cuenta el nombre del autor de los versos; no obstante, al director no le hizo ninguna gracia. Los compañeros trataron de animar a la soprano:
- ¿En quién estabas pensando? – preguntaban unos.
- A la más fina se le escapa un pedo – afirmaba otro de los veteranos.
No contestó. Un tímido gesto atenuó de su rostro una fugaz sonrisa. No estaba allí, andaba imaginando por una vida distinta y preguntándose cuándo volvería a ella.
La vida sin Mario se le hacía insoportable. Habitualmente salía muy poco, pero desde la última actuación no había vuelto a salir con las amigas. Había probado a cantar la pieza ella sola, en su vacío dormitorio, buscando el puente que la trasladara al otro extremo de su fantasía y sólo conseguía un eco lejano en el cerebro. No le quedaba más remedio que esperar la próxima actuación del coro.
A las pocas semanas llega la esperada noticia: El coro cantará en una boda y por expreso deseo de la novia interpretarían, como canto final, el Te quiero. Nadia – como le gusta ahora que la llamen – no cabe de gozo.
La misa de esponsales transcurre lenta y monótona para ella; las palabras del oficiante deseando la mayor felicidad para los contrayentes son el toque de salida para que empiece la deseada melodía. Como por arte de magia se produce el milagro del regreso y Nadia siente los ojos de Mario clavados en los suyos. Como el murmullo de una lejana lluvia, puede todavía percibir la estrofa de la solista: Tus ojos son mi conjuro, contra la mala jornada, te quiero por tu mirada, que mira y siembra futuro. Y de nuevo se deja arrastrar a la alcoba y se funde con el hombre a quien ama. Una y otra vez los cuerpos de ambos se buscan y él navega por el aplacerado vientre de la coralista; ella se deja embrujar por aquellas lucetas verdes de animal noble; tal vez un puma de patas felinas y garras tiernas; de dorado cuerpo, melena corta y azabache, rugido discreto acompasando al tambor del corazón. Envueltos sus ojos en el fragor del deseo busca los de él en la penumbra y el alma se le dispara al verlos, son ojos que miran y siembran futuro. Un futuro para el presente que está viviendo, para compartirlo. Percibe que la canción ha terminado, que los novios e invitados aplauden; sin embargo, no “regresa” se queda con Mario. Tu boca que es tuya y mía, tu boca no se equivoca. . .
Mario se había quedado dormido, Nadia le acarició dulcemente. Se levantó resuelta y feliz; se miró en el espejo del baño: ¡Era ella, con veinte años menos! Su desnudez era la misma que la del pájaro que recupera su libertad y puede volar. No se sintió encadenada a su “pasado” y se sentía libre en ese “presente” sublime que estaba viviendo.
Por primera vez se dio cuenta de que el hombre del que se sentía profundamente enamorada tendría apenas veinticinco. Paseó por la casa descubriendo cada rincón y saboreando cada lugar. Aquí y allí aparecían detalles que tan sólo a ella podrían habérsele ocurrido. Una vela dorada guardiana de secretos íntimos, unas piedras de playa torneadas por la mar, aquel pequeño detalle pintado con una clave de Sol. Sin duda era su hogar. Vaciló: ¿Cuál era su realidad? ¿la que durante cuarenta años creía haber vivido o ésta del presente? Se pasó la lengua por los labios y sintió el sabor de Mario, y en su piel el aroma de la piel de Mario. ¿Cómo no amar a lo que representaba la más tierna esencia del amor? “Estoy en casa”, dijo en un susurro, mientras le besaba.
Eran los días más felices en la existencia de Nadia, conoció a sus amigos de “toda la vida”, conversó con sus vecinos de “siempre”, compartió tertulia con los compañeros del partido político en el que militaban ambos desde hacía más de tres años y descubrió dentro de una cajita con su nombre los poemas que Mario le escribió en la universidad. No quiso averiguar más, era dichosa.
Aquella mañana la casa se llenó de gente. Compañeros y sindicalistas pintaban pancartas y banderas para la anunciada huelga general. Nadia preparaba café para todos, sentía un terrible desasosiego, la huelga estaba prohibida y a los “milicos” no les iba a hacer mucha gracia. Trató de decirle algo a Mario, éste la miró y sin dejarla continuar la besó largamente en la boca, ella respondió al beso: Tu boca no se equivoca, te quiero porque tu boca, sabe gritar rebeldía.
Angustiada, esperó y esperó. Al atardecer, la radio daba la noticia del fracaso de la huelga general, el dictador se dirigió a la nación para anunciar severas medidas. La represión había sido feroz: Muchos detenidos, centenares de heridos y media docena de muertos era el balance del desigual enfrentamiento entre el pueblo y sus explotadores. Sonó el teléfono, no sabía si responder, tenía un miedo atroz, no obstante descolgó el auricular. Un compañero del partido le informó de que Mario estaba huido, le daba una dirección para reunirse con él y le sugería que saliera rápido de la casa, en cualquier momento podían aparecer los de policía secreta. Nadia se sintió desfallecer. Se escuchó desde la calle el ruido de los jeeps de los gendarmes que andaban registrando el barrio, su último jirón de entereza se escondió entre la vela dorada y la clave de Sol, el miedo se le hizo insoportable y deseó fervientemente regresar a su tiempo, a su país, al coro.

El público aplaudió con rabia la canción que cerraba el concierto. El director saludó y señaló con su diestra a los cantantes, estos iniciaron una leve reverencia y de nuevo la sala estalló en aplausos; la cuarta soprano, según la posición de los que aplaudían, estaba confusa. Miró a sus compañeros, al director, al respetable que seguía aplaudiendo… y se sintió tranquila y confortada.
Cogió un taxi para regresar a casa, la radio del automóvil anunciaba nuevas elecciones y recordaba los treinta y tantos años de democracia del país. El taxista apagó el transistor: “Políticos, políticos, ya les daría yo, son todos unos…” Nadia no contestó, el taxi se detuvo y ella pagó lo que marcaba el taxímetro; no dio propina. Subió a casa con cierta reserva; al entrar todos se disculparon: “Lo sentimos, no hemos podido ir al concierto, ¿qué tal ha salido?”. “Bien, bien”, contestó sin apenas quedarse en el salón: “Estoy cansada, me voy a mi cuarto”, dijo, sabiendo que ya no la escuchaban.
Se sentó en la cama, miró alrededor, todo estaba igual: Sus libros, las partituras, el folleto para ir a Marbella en verano, el uniforme del trabajo sobre la silla y una tremenda soledad flotando en el ambiente. Se levantó lentamente y entró en el baño; se miró en el espejo y vio a una mujer que acababa de cumplir cuarenta y tres años, que al día siguiente tenía que trabajar y que, probablemente, iría el sábado con sus amigas al mismo bar de siempre. Se quedó dormida en el limbo de los indiferentes.
Ya durante el ensayo sintió una sensación de mareo que se repitió al día siguiente. Nada comentó en casa. La doctora de la Seguridad Social, amiga suya desde hacía tiempo, no tuvo ninguna duda: “Haremos un análisis, pero no creo que aporte nada nuevo, enhorabuena, ¿el padre lo sabe?” Cómo decirle que el padre era una ensoñación del pretérito y de un país inconcreto; la hubiesen llevado directamente al manicomio. Se preguntó qué diría en casa ¿quién iba a creerla? Acudiría al concierto de aquella tarde para evitar dar explicaciones que ni le apetecía, ni podía contar.
Mientras se dirigía a la sala de la actuación meditó la solución a tomar, por primera vez en mucho tiempo se sintió valiente, seguía estando enamorada y aunque su amor fuese imaginario en su vientre latía algo real; real y hermoso. Se sentía del mundo y también de sí misma. Ahora sabía cual era su sitio. Pidió encarecidamente al director, que incluyera el Te quiero en el programa. Cuando empezaron sus sones, ella se preparó: Se despidió mentalmente de sus padres, de sus amigas, del coro y del mundo en el que había vivido. Se acarició el vientre y entornó los ojos.
- Sabía que vendrías – dijo Mario, besándola con pasión.
- Sí mi amor y siempre estaré a tu lado… tengo algo que contarte.
- Luego, mi vida, luego – y la besó tiernamente…
Lejos, muy lejos, se oía la voz casi imperceptible de la solista: Y porque amor no es aureola, ni cándida moraleja, y porque somos pareja, que sabe que no está sola.


Jordi Siracusa
Escrito por Jardines del Drac