Los Jardines del Drac

Carmen Huerto, Carmen Muñoz y Jordi Martínez

LA COMPAÑÍA

El cuento de hoy de nuestro libro “Veintidós Grullas Doradas”, está relacionado con el arcano que representa “El diablo”. Los negocios, el dinero y el encadenamiento a un modo de vida, tienen mucho que ver con la carta XV del Tarot. El relato es de Jordi y en él nos cuenta las vicisitudes de un ”usuario” de una de las grandes compañías telefónicas. Seguro que, muchas de las circunstancias y avatares de la historia, os serán muy familiares.

                                                                                                   La Compañía

 

                                                                              Vive de manera que puedas mirar fijamente a los ojos a cualquiera y mandarlo al diablo

                                                                                                 Henry Louis Mencken

           Pocas veces la vida me aturde y sólo en contadas ocasiones me desespera; sin embargo, debo reconocer  que aquella experiencia pudo concluir en trágicas consecuencias.
      – Debemos cambiarnos de piso – dijo un día mi mujer, coincidiendo con nuestro vigésimo aniversario -.     Éste ya está viejo y se encuentra demasiado alejado del centro. He visto uno majísimo.
       Al día siguiente fuimos a ver el verdadero objeto del deseo de mi esposa. Era algo tarde cuando llegamos al lugar donde se encontraba la casa. La plaza, amplia y capaz, estaba muy concurrida; un edificio de reciente construcción daba justa réplica a un aparente hotel situado justo al otro lado. Frente a la puerta del primer inmueble, con gesto impaciente, nos esperaba la señorita de la agencia. Era pelirroja, esbelta y atractiva; nos sonrió: “Llegan puntuales”, mintió para iniciar la conversación. Con pasos vivos y seguros nos condujo hasta el ático dispuesta a convencernos de las excelencias de la vivienda. La joven olía a colonia de marca y el piso a recién pintado. Recorrimos las estancias con ojos de futuro y debo reconocer que era toda una tentación y yo soy un hombre sometido a muchas tentaciones. Finalmente salimos a la terraza y allí, asomados a la plaza y viendo como se ocultaba el sol, encontramos un nuevo hogar.
No voy a relatar los detalles del traslado. Supongo que muchos de vosotros habréis vivido una situación parecida y presumo, puesto que me estáis leyendo, que sobrevivisteis. No me extrañaría en absoluto que, de repente, se os disparara un nervioso tic recordando vuestro último cambio domiciliario. Este sentimiento, compartido entre los nómadas de las grandes ciudades, es incomprensible para aquellos que, para su fortuna, siguen habitando las hermosas casas de sus ancestros; eso sí, pendientes de reparaciones, capas de pintura y roturas de conducciones varias.
     Nuestra nueva casa se metamorfoseaba en hogar. Íbamosy veníamos del piso antiguo al nuevo como hormigas recolectoras. Buscamos en la nueva vivienda nuestro espacio, nuestro lugar en el sol. ¿Dónde instalamos el despacho? ¿Dónde la habitación deLuis? ¿Dónde la de María? En mitad de aquel trajín, yo trataba de pasar desapercibido, en realidad tan sólo pretendía un lugar sobre el que pudiera ejercer un mínimo derecho y donde pudiera estar solo de vez en cuando. Elegí unapequeña estancia para instalar mi cuartel general, o tal vez fuese ella quien me eligió.
     Llegó el día de dejar nuestra antigua vivienda. Como era de esperar faltaban un montón de detalles en la nueva y alquilamos un par de habitaciones en el hotel de enfrente.
    Desde la azotea del establecimiento – pomposamente denominada solárium – podían verse a los decoradores, pintores y electricistas entrando y saliendo del piso nuevo como abejas construyendo panal ajeno. Desde la improvisada atalaya hotelera disfrutaba del paisaje sabiendo que nuestra terraza tenía parecidos atractivos. De un solo golpe de vista se podían apreciar los balcones vecinos, llenos de sol y vida.   El campanario de la cercana iglesia se alzaba desafiante señalando al cielo, algunos pájaros lo sobrevolaban; pajarillos de ciudad que usan los terrados vacíoscomo propios, no hay fronteras para su vuelo alegre y despreocupado. ¿Tendrán ellos problemas de nido? ¿Existirán decoradores de plumón y ramita?
      Una voz me sacó demis candorosos pensamientos:
     – Juan, el teléfono, ¡el teléfono!
     Miré a mi esposa y agudicé el oído…
     – No oigo nada – dije, tratando de escuchar el cotidiano repiqueteo.
     – No, Juan, no. Me refiero al teléfono de casa – repitió alterada.
      De pronto recordé que no habíamos hecho el cambio de domicilio.
    – No te preocupes, ya lo arreglo yo – respondí insensato.


     El departamento de atención al cliente de la Compañía contestó a mi llamada; era una voz extrañamente metálica que se identifico con un nombre de telenovela venezolana:
    – Le atiende Jorge Alberto. ¿Puedo ayudarle en algo?
     Le conté mi deseo como si del genio maravilloso se tratara. La respuesta de mi interlocutor me dejó muy tranquilo. Sólo tenía que recoger el aparato antiguo y llevarlo a la nueva vivienda, en un par de días pasarían a conectarlo. No obstante, el traslado de barrio suponía depender de una nueva centralita, lo que significaba un cambio de numeración. Antes de despedirse, Jorge Alberto, me pidió un teléfono para localizarme.
     A la mañana del tercer día sonó el móvil, alguien me comunicó nuestro nuevo número. Eran dígitos fáciles y rítmicos; lo comenté con mis hijos, ellos serían, sin duda, losusuarios más contumaces. Medité sobre la tipología de aquellas cifras. ¿Qué hay detrás de un símbolo? ¿Qué esconde? ¿Qué sugiere? Nuestro número tenía tres seises, la cifra del anticristo, me reí de mi propia ocurrencia.

     Dos días después de la llamada dejamos el hotel y nos instalamos. Según mi esposa los decoradores habían hecho un buen trabajo. María y Luis se limitaron a ocupar sus habitaciones y proceder a las modificaciones que consideraron oportunas, es decir, cambiarlo todo de abajo arriba. A los veinte años, o se es inconformista o no se es nada. Al margen de mi parte de derecho sobre el dormitorio de matrimonio, ocupé la pequeña habitación como despacho y la llené de libros, de música y de momentos. Todo estaba listo excepto el teléfono, el aparato que había recuperado de nuestra antigua casa permanecía mudo y expectante.
     – Deberíamos reclamar – dijo mi mujer.
     – Si no quieres pagar un dineral en llamadas – refrendaron mis retoños señalando sus móviles.
     La locución verbal “deber” tiene unsignificado especial para mi familia. Se conjuga en plural: “Debemos”, “deberíamos”, “debíamos”. . . y se realiza en singular y en mi caso, sólo en el mío, en primera persona. Así pues, reclamé.


     Trataré de resumir lo que a continuación sucedió sin que las lágrimas emborronen el escrito. Algo denso, kafkaiano y terrible permanece aún en mí impidiéndome relatar loshechos con imparcialidad y sin vehemencia. Como habréis observado no menciono ni mi nacionalidad ni mi vecindad para no alarmar a mis compatriotas. Dejo para vuestra imaginación situar la latitud exacta de esta historiay a vuestro docto juicio su credibilidad.
     De nuevo llamé al número de atención al cliente. La letanía anunció que estaba al aparato una tal Gloria María. Le conté mis cuitas:
      – Hace una semana que pedí un traslado y… – no me dejó terminar.
     – Dígame su nombre y dirección – me preguntó inquisidora.
     – Juan Pérez López, plaza… – respondí esperanzado.
     – Está en la lista, ya le llamaran.
     – Pero, ¿cuándo?- osé preguntarle.
    – Muy pronto, muy pronto – contestó Gloria María.
    Sería mi imaginación, pero noté cierto tono irónico en la respuesta.
    Desde aquel día anduve atento a las llamadas, incluso desatendí un poco a mis clientes. En casa me preguntaban continuamente: “¿Y el teléfono? ¿Por qué no insistes? ¡Tantos amigos que tienes!”. Sí, lo sé, podría haberles pedido que me relevaran de tan arduo deber; sin embargo, no quería sentirme fracasado. Así las cosas, insistí de nuevo y pedí, incluso supliqué, el teléfono de los instaladores para llamarles personalmente.
     – De ninguna de las maneras- respondió un talRoberto Ángel-.Usted no puede contactar directamente con ellos ¡para eso estamos nosotros!
     Pero ya no estaba dispuesto a concederles más oportunidades:
    – Póngame con reclamaciones – exigí.
    – ¿Cómo dice? Sepa, señor mío, que esta Compañía no tiene departamento de reclamaciones, eso es cosa del pasado. Ahora, nosotros lo arreglamos todo, todo, todo.
     – Páseme con su jefe y déjese de chorradas – le grité, ya fuera de mí.
     Ni me contestó. Al cabo de breves segundos se puso alguien al aparato que se identificó como Carlota Luisa. Reprimí un insulto y le solté, paciente, todo el rollo; cuando hube terminado, ella, me preguntó en tono apático y exageradamente amable:
    – ¿Le importaría repetirme su nombre y domicilio y contarme de nuevo el motivo de su llamada?
     Una extraña mezcla de rabia y desesperación me invadió. Opté por colgar, sin más explicaciones.
     Puse en marcha toda mi artillería pesada y después de remover cielo y tierra, de recurrir a políticosy amigos, mi móvil cantó la esperada llamada:
    – Buenos días, soy de la contrata instaladora de la Compañía, creo que está pendiente…
    No pude contenerme:
    – ¡Por supuesto, hace diez días que está pendiente!
    – Perdone usted – contestó el interpelado – . Hace días que le venimos dejando mensajes en el contestador y…
    – ¿En qué contestador? – pregunté desesperado.
    – Joder, en el suyo – y cantó el número de los tres seis.
    – Pero, hombre de Dios, si no tengo el aparato instalado, ¡cómo cojones voy a escuchar el contestador!
    Hubo un extraño silencio, sentí la vergüenza de mi interlocutor clavada en mi pabellón auditivo y no obstante, la venganza de aquel truhán no se hizo esperar:
    – Pues lo siento, quizás dentro de tres o cuatro días.
    Me tragué todo mi orgullo y acepté. Fijamos fecha.

    Asomado a la terraza, observando las idas y venidas de los inocentes pajaritos, le vi llegar. Aparcó justo enfrente, en la zona reservada a los clientes del hotel. Nadie le dijo nada, probablemente el establecimiento hotelero tenía pendiente alguna instalación o algún cambio y no quisieron jugar con la suerte. Bajó de la furgoneta majestuoso y seguro de sí mismo; era de mediana estatura, recio, de pelo canoso y brillante, el mono azul que vestía le daba una apariencia de eficacia que me ilusionó y hasta me emocionó. Se dispuso a cruzar la plaza, la caja de herramientas se balanceaba alegre y cadenciosa en su diestra.
     Un coche de apariencia vulgar, de los que apenas salen en los anuncios televisivos, trató de aprovechar el ámbar. Se oyó un golpe seco, un grito sordo y un chirriar de frenos huérfanos de ABS. Bajé corriendo a la calle y llegué sólo a tiempo de recoger los últimos estertores del hombre del mono azul. Allí cerca, la caja de herramientas, cual caja de Pandora, permanecía abierta dejando escapar todos los males. Un pequeño bloc de tapas rojas y páginas llenas de direcciones mostraba con descaro mi nombre y una nota al margen: ¡Urgente!
Me quedé junto al desgraciado operario hasta que llegó la ambulancia. Un piadoso lienzo cubrió el cuerpo y el rostro del muerto, y también mi última esperanza. Ya en el portal escuchando alejarse la sirena me apoyé, desfallecido, en los buzones; intuitivamente abrí el nuestro, sólo había un sobre.
     Al cogerlo noté mi mano manchada con sangre del infortunado instalador, la carta se tiñó de rojo. Miré la misiva y mi asombro no tuvo limites: ¡Era de la Compañía! En ella me agradecían la confianza depositada en sus servicios y me aseguraban proporcionarme un mantenimiento exclusivo de ¡24 horas al día, 365 días al año! Firmaba el Director de Marketing, no había ni dirección, ni teléfono, ni fax… nada, tan solo el membrete de la Compañía; era una carta venida deninguna parte, quizás del cielo, tal vez del infierno. Busqué refugio en mi pequeño despacho y allí lloré como un niño.


     A la mañana siguiente saqué fuerza de flaquezas. No estaba dispuesto a iniciar de nuevo el Vía Crucis. Decidí arreglarlo personalmente, a mi modo, costase lo que costase.
    El taxi me dejó en la puerta del acristalado edificio central de la Compañía. En aquel momento recordé que no hacia tanto tiempo, la Compañía, había sido patrimonio de todos los ciudadanos del país. Todos y cada uno denosotroshabíamos pagado, directa e indirectamente, hasta el último de sus retretes. Los pequeños ahorros de muchas familias estaban depositados en sus acciones. Sin embargo, con falsas excusas de rentabilidad y eficacia en la gestión, el gobierno la había privatizado. Y digo falsas porque la Compañía era de sobras rentable, sus tarifas tenían fama de ser las más caras de nuestro entorno, probablemente del mundo.
    Un guarda de seguridad me impidió el paso. Miré su uniforme y tuve el extraño presentimiento de regresar a tiempos pretéritos de infausta memoria:
    – ¿Dónde va? – preguntó acariciando su revólver Smith & Bensson.
    – Quisiera ver a un responsable- dije nervioso.
    – ¿Responsable de qué? – volvió a preguntar, esta vez en tono de reto.
    – Responsable de atención al cliente… al usuario.
Me miró a losojos, yo le devolví la mirada; era un tipo alto y delgado, fibroso, atlético, de mirada fría y movimientos felinos. Observé un par de muescas en la culata de su arma: “Ah, es eso”, contestó con suficiencia. Una luz roja se encendió en la parte superior de la cabina de guardia. Dos nuevos guardas jurados con aspecto y maneras de simio aparecieron en la recepción: “Un camorrista”, dijo el primero de los vigilantes señalándome. Me invitaron a salir del edificio. Jugué mi última baza gritándoles que era accionista de toda la vida, una estruendosa carcajada me acompañó hasta la puerta.
    Pero yo estaba dispuesto a entrar como fuese. Me puse de acuerdo con media docena de muchachos que salían del instituto. Les pagué generosamente para que simularan una pelea frente al inmueble. Tal y como había previsto salieron los tres vigilantes para separar a los litigantes. La recepción quedó franca y me colé dentro.
     Con las debidas precauciones tomé el ascensor. El edificio aparentaba estar vacío y nadie me salió al paso cuando llegué en la última planta. Un gimnasio, saunas, un estéril green de golf simulado y su pantalla permanecían bajo la tenue oscuridad. Entré en lo que parecía una sala de proyección, retratos de siniestros tipos embutidos en uniformes civiles de ejecutivos especuladores cubrían las paredes. Numerosos soportes informáticos se amontonaban en un mueble de puertas acristaladas; había de todo, desde películas pornográficas hasta biografías de santos. Una pantalla digital de gran tamaño repetía sin cesar las cotizaciones de diferentes bolsas mundiales, los tonos rojos y verdes de aquellos guarismos luminosos, destellando constantemente, se estrellaban contra los retratos dándoles una imposible vida y una siniestra sonrisa. Sentí un escalofrío.
     Un cartel anunciaba la planta noble. Anduve por largos pasillos vacíos de presencia humana, tratando de evitar el ángulo de visión de las numerosas cámaras de control. Llegué frente a la Sala del Consejo todavía asombrado por no haberme cruzado con nadie, la puerta estaba entreabierta; con mucha precaución miré por la abertura. Unos cuarenta ¿hombres? estaban reunidos en torno a una enorme mesa. Rostros feroces, casi grotescos; gruesas papadas, barrigas indecorosas y numerosas calvas; ternos caros y elegantes corbatas. El que parecía dirigir la reunión era de los más jóvenes, cabeza cuadrada, pelo rebelde y barba cerrada, sus ojillos pintaban una mirada innoble y vil, tenía escrutadores fanales en todas las partes de su cuerpo, era la bestia. Entre tremendas risotadas se disponían a repartir beneficios: Opas agresivas, oportunas subidas y bajadas de bolsa, participaciones en otras empresas de telecomunicaciones, opciones de compra preferentes de nuevos negocios. Eran conscientes de que no había riesgo, si ganaban, ganaban ellos; si perdían, perdíamos todos.
Miré aquellos rostros sin alma: Eran los que cortaban el bacalao financiero, los más influyentes, todos los dogmas y todas las ideologías estaba ausentes de sus decisiones, las Constituciones eran papel mojado para ellos. No podía distinguir sus sexos, eran una mezcla de concupiscencia y hermafroditismo. Cerré el puño conteniendo mi rabia, no se podía luchar contra tan poderoso contubernio. Su peso y dominio eran evidentes y sus cómplices, lamentablemente, legión. Me alejé de allí.

     Llegué al sexto, tuve suerte, era precisamente el servicio de Atención al Cliente. Avancé sigilosamente hasta el cartel mural que lo anunciaba y empujé la puerta. Cientos de ordenadores dispuestos en interminables filas parecían estar activos, en sus pantallas iban apareciendo las conversaciones que sostenían y el ruido sordo del eco metálico de sus respuestas imitaba el canto de miles de invisibles cigarras; me acerqué. A través de uno de los monitores pude adivinar que se trataba de equipos conectados a la red telefónica, cada uno de ellos tenía su identificativo, leí: “Gloria María”, “Emilio Andrés”. “Roberto Ángel”, “Carlota Luisa”… ¡todos estaban allí! Con un nudo en la garganta miré alrededor.
     Mis conocidos interlocutores de voz metálica contestaban a cualquier pregunta que les hacían los usuarios y cuando alguna era complicada o machacona, pasaba a la terminal siguiente. Me senté frente al teclado del servidor, no salía de mi asombro. Empecé a preguntar cosas que nada tenían que ver con los negocios de la Compañía. A mis cuestiones los ordenadores respondían con otras preguntas o entraban en un loop repetitivo e inútil. Les hablé de amor, de sentimientos, de poesía; les pregunté por la dicha, la libertad, el consuelo, la solidaridad. Las terminales trataban de contestar. Una a una, fueron abortando sus programas, que se perdieron entre las entrañas de silicio. Matadas por su propia tecnología, iban muriendo mientras los versos de Hernández, Machado, García Lorca, Neruda, Papasseit o Bécquer quemaban sus insensibles circuitos. Un poema de Whitman aceleró el postrer suspiro y todos los monitores se apagaron con un ruido sordo de agonía. El estropicio era inmenso. Solté una demoníaca carcajada al alejarme.
Me deslicé sin hacer ruido camino del ascensor, no sin antes hacer un corte de mangas a las cámaras del pasillo. Al llegar al hall pasé frente a las sorprendidas miradas de los guardias de seguridad que ni reaccionaron. Ya en la calle me llené los pulmones con una bocanada de aire fresco. Iba a tirar el móvil a la alcantarilla, sin embargo decidí hacer una última llamada. Marqué el número de Atención al Cliente, sonó la musiquilla pero no hubo respuesta, los cientos de ordenadores dormían el sueño que instantes antes yo había provocado. Un maldito y oscuro sueño semejante a las conciencias de sus consejeros.

                                                                                                       Fin

 

LA COMPAÑÍA

Relato

Escrito por Jardines del Drac

EL COLECCIONISTA DE ESQUELAS- CARMEN HUERTO

      

“Vivo sin vivir en mi
  Y tan alta vida espero
  Que muero porque no muero”

   Santa Teresa de Jesús

 
                                                                                                                           
  
Coleccionaba esquelas desde que tenía uso de razón. Podía haber comenzado una colección de llaveros, sellos, vitolas, chapas de champán, bolígrafos, cromos de fútbol, latas de refrescos, muñecas Barbie, monedas, zapatos, fotografías autografiadas por famosos, miniaturas de colonias, barcos de guerra u otras mil zarandajas que se les pudiesen ocurrir en Septiembre a los creadores de fascículos que hacen que los quioscos se transformen en un bazar de todo a un euro; pero no, el coleccionaba esquelas.
 

  

Cuando era niño, los domingos se repartía en casa el periódico como si de un pastel se tratase, los deportes y noticias para su padre, ecos de sociedad e internacional para su madre, su hermano mayor acaparaba los crucigramas y las páginas de humor y el abuelo las cartas al director y los anuncios de contactos, así que la única hoja huérfana de la que él podía disponer era la de efemérides y necrológicas; esto, unido a su prodigiosa memoria, transformó a Atanasio en un espécimen extraño del que todos los amigos huían. 
En realidad daba miedo cuando, invitado a cualquier cumpleaños de un compañerito de clase, entregaba el regalo con la siguiente frase: 
-El día de tu nacimiento, 24 de Mayo de 1962, jueves, en la ciudad de Mettingen (Alemania) se prohíbe que las mujeres lleven bikini en los baños públicos de la ciudad. –O también –Tal día como hoy 2 de Julio de 1903, como efecto de la enmienda Platt, el gobierno de Cuba concede a Estados Unidos el puerto de Guantánamo para construir una base naval. -Imaginen la cara de estupor de los invitados y el soponcio del cumpleañero asustado ante semejante perorata y más cuando el padre, presente en la fiesta, y declarado anti americanista propinaba un puñetazo sobre la mesa soltando un “mecagoendiez” y poniendo el suelo perdido de refrescos. Únicamente dos, fueron las invitaciones recibidas en su periplo estudiantil, una de su vecina, obligada por eso de compartir ascensor con la madre y otra de un niño nuevo que, por supuesto, al año siguiente, no repitió.   


                    Así que, la ausencia de amigos y el reparto dominical, lo convirtió en un ser solitario y obsesionado con la muerte; su único compañero de juegos era aquel trozo de papel que tintaba sus manos cada domingo. Frente a la paella, en aquella casa, no se hablaba, se leía el periódico. 
Una sobremesa hizo un intento:  

–Tal día como hoy 2 de Mayo de 1944, martes el Instituto de Investigaciones de la Marina de guerra presenta una ración de alimentos que consta sólo de tabletas, para ser utilizada por los supervivientes en caso de naufragio –Levantó los ojos para ver el impacto causado por su descubrimiento; su padre, de rostro cambiante dependiendo de la fotografía de portada, seguía oculto tras el diario, sordo a cualquier cosa que tuviese que ver con su familia, el abuelo eructó amodorrado tras atiborrarse de vino barato, mientras su madre recogía los restos del banquete refunfuñando ante los granos de arroz que flotaban dentro del vaso bordeado de grasa del anciano; y su hermano, hacía meses que no se sentaba con ellos a la mesa, durmiendo hasta las cuatro de la tarde tras la cogorza del sábado.
  

Visto el éxito de su intento de conversación se levantó de la mesa, cogió las tijeras del costurero y un tubo de pegamento Imedio y se encerró en su cuarto con la arrugada página. Despejó el escritorio de soldaditos de plástico verde, aquellos monocolor que comprabas al por mayor en un sobre y atrincherabas bajo la cama a la espera de tomar la colina de la mesa de estudio; éstos eran los vencedores pero fueron relegados sin piedad al suelo de los sometidos para poder extender la hoja sobre ella y deslizar con cuidado la mano para hacer desparecer las arrugas. 
No había sido un mal día para la Parca, ocho hombres y tres mujeres, concluyó tras una primera ojeada mientras recortaba con precisión los cuadraditos negros. A sus doce años y con la capacidad de análisis correspondiente a un adulto sacó sus primeras conclusiones: Las esquelas de los hombres suelen ser de mayor tamaño que las de las mujeres, acaso porque a las viudas no les importa malgastar el dinero heredado honrando a sus cónyuges o quizás porque ellas cuando lo hacen ya son viudas y los hijos son más rácanos respecto a sus progenitores. Aquello siempre supuso un problema para Atanasio a la hora de conservar su colección, obligándole siempre a duplicar la cantidad de espacio destinado al género masculino. Un par de cuadernos en espiral, azul para ellos y rojo para las mujeres fueron los comienzos de lo que llegaría a ocupar mil diez volúmenes en cuero índigo y ochocientos treinta y dos en grana, con hermosas letras doradas, perfectamente numerados y clasificados por orden alfabético. 
En un principio se obligó a salir de casa buscando en las hemerotecas las esquelas de sus abuelos maternos y de la yaya Paca arrancando con disimulo y sin pudor las páginas obituarias correspondientes. Sobre una cartulina negra trazó un preciso árbol genealógico, sólo de segunda generación, en cuyas ramas pegó el botín de sus pesquisas adhiriendo un cuadradito blanco en reserva de los espacios aún por ocupar; después, como si de un trabajo escolar se tratase, escribió con rotulador dorado los nombres de los futuros ocupantes a la espera de su correspondiente esquela. El detalle y la minuciosidad con las que realizó la labor, adornado con hermosos ángeles dorados, con abigarradas volutas enlazadas entre sí, le hubiesen permitido obtener un sobresaliente en expresión artística, pero al finalizar el trabajo enrolló con cuidado la cartulina atándola con una cinta, dorada por supuesto, introduciéndola posteriormente en la maleta roja que le habían regalado para su comunión y que nunca había usado. Ya sólo sería abierta cada vez que uno de los espacios en blanco fuera sustituido por el oportuno recorte de periódico. 
Convirtiéndose en un antropólogo de la expiración, gustaba analizar con detalle cada una de sus adquisiciones considerando que, una simple esquela daba la suficiente información para reconstruir, sin conocerlo, la vida del finado. La esquela familiar proporcionaba datos tales como la edad, número de hijos y a veces, por desgracia, aparecía la madre del interfecto (los padres raramente sobrevivían a los hijos, pero algunas madres tenían la desdicha de hacerlo); muchos hijos y esquela grande era signo de elevada posición social, más si junto a ésta aparecía las correspondientes a los empleados de su empresa, compañeros de asociación y ya el colmo de la importancia era que las fuerzas vivas “no te olvidasen”. Daban también información acerca de las creencias religiosas, profesión e incluso, a veces, de la causa de la muerte. 
Sus preferidas eran aquellas que en una esquina, intentando pasar desapercibido, un epitafio mandaba su mensaje final. Imaginaba al cadáver ojeando el periódico a la mañana siguiente vertiendo las lágrimas que ya no podía derramar al leer “que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero”, estaba convencido que, en estos casos, entre el remitente y el destinatario había quedado todo dicho.   

Los ordenadores le facilitaron mucho las cosas, permitiéndole obtener listados por edades, por fecha de defunción, por orden alfabético, por número de hijos. También le facilitaba el localizar determinadas curiosidades tales como personas con el mismo nombre y apellido merecedoras de un archivo especial que él llamaba “Personas Muertas Dos Veces” e incluso se había dado el caso de que algún nombre apareciese tres veces pero poca gente contaba con esa tercera oportunidad. 
También rompía el orden estricto de archivo con aquellos nombres y apellidos fuera de lo común, alabando unas veces y vilipendiando otras, al destino que hacía enamorarse a personas con apellidos tan poco comunes como Condón Triste o padres con un deformado sentido del humor que jugaban con la dignidad de los hijos bautizándolos con nombres como Elena Nito del Bosque, Aida Grima o Aitor Menta y ya el colmo de la estulticia de aquellos que, demasiado influidos por la cultura televisiva, castigaban con nombres como Kevin Costner de Todos los Santos. 
Raramente encontraba esquelas imaginativas fruto, la mayoría de las veces, de desquites póstumos: La “Casi-ex” despechada agradecida por heredar antes de consumar el divorcio que dedicaba una ínfima parte de la herencia en su desagravio particular o un empleado vengativo que gastaba parte de la paga extra para resarcirse de las humillaciones infringidas por un jefe déspota al que no se atrevió a enfrentarse en vida. 
Los muertos consumían su vida mientras el número de archivos crecía sin control. “La muerte ocupa demasiado espacio”, reflexionó cuando su cuarto quedó reducido a la mínima expresión, ocupado por estanterías repletas de archivadores; quizás por eso no le importó abrir de nuevo, en medio del dolor, la maleta de su comunión y desplegar el árbol genealógico, el día que su hermano se estrelló contra un árbol que, según su madre sumida en la desesperación, se le había interpuesto en el camino de casa. Heredó así la habitación que aún llamaban “del abuelo” y que su hermano había ocupado desde que al hombre se lo encontraron muerto una mañana con la sección de contactos en la mano y una sonrisa en los labios, el mismo día 17 de Agosto de 1999 en que el presidente estadounidense Bill Clinton admitió, por primera vez, que había tenido una “relación inapropiada” con la ex becaria Mónica Lewinsky.   


       La esquela fue colocada con cariño en el espacio destinado a tal efecto agradeciéndole el detalle de cederle un nuevo hueco para colocar sus anaqueles; tres casillas en blanco sobre la oscura cartulina permanecían ávidas, esperando nuevos inquilinos, la de sus padres y la suya. No sentía aprensión, hacía mucho que convivía con espectros y perdido el miedo a la muerte por lo que se recreó deslizando durante unos instantes los dedos sobre los huecos aún vacios, volviendo a enrollar seguidamente el cartón y guardándolo de nuevo en la maleta cual si fuese su más preciado tesoro.
Sin embargo, enseguida tuvo que volver a abrirla cuando su madre incapaz de soportar la angustia de un hijo enterrado y el otro muerto en vida, decidió dejar que la suya se escapase apagándose poco a poco sin que nadie se percatase de ello, y su marido, refrendando la teoría de Atanasio de que la mayoría de viudos sobreviven a sus esposas un máximo de tres años a causa de la vida disipada, la mala alimentación y la falta de cuidados, no tardó en hacerle compañía. 
La casualidad quiso que su padre falleciese el día 21 de Mayo del año 2002, justo treinta años después de que el mismo día, un domingo de 1972 en la Catedral de San Pedro en Roma un perturbado daña seriamente con un martillo la famosa escultura de la Pietà, de Miguel Ángel y Atanasio Cerbero crease un árbol genealógico confeccionado con esquelas comenzando así su extraña colección. Aquel día colocó el póster frente a su cama de manera que era la última cosa que vislumbraba al acostarse y la primera que aparecía ante sus ojos por la mañana o, ¿acaso el cartel velaba su sueño desde la pared? 
Comenzó a no dormir, a ayunar, más por desgana que por desidia, a descuidar su higiene obsesionado por aquella cartulina mellada que le atraía hasta el punto de pensar en el suicidio. ¿Quién completaría su obra cuando faltase? ¿Quién recortaría su esquela pegándola después con cuidado en el sitio que siempre le había correspondido? Esa misma mañana tomó una decisión, la más importante de su no-vida, sólo se necesitaba él mismo para llevarla a cabo y por muy poco dinero. Realizadas todas las gestiones para llevar a buen puerto su plan, aquella noche durmió de un tirón cosa que no hacía en los últimos meses. 
Entreabrió los ojos, espiando entre las pestañas con un disimulo rayano en el ridículo, al fin y al cabo estaba ante una hoja de cartón; luego se levantó acercándose a la pared en un acto de desafío y tal como estaba, en pijama, bajó corriendo al buzón a recoger el diario de la mañana abriendo impaciente las hojas obituarias. Recortó con pulcritud las esquelas del día colocándolas en sus respectivos álbumes e introduciendo los datos en el ordenador como cada mañana. Parecía haber olvidado una sobre la mesa; pequeña, recatada sin fecha ni panegírico, sin esposa, sin padres, sin hijos, sin amigos; sólo un nombre, el suyo, Atanasio Cerbero nacido el 2 de Julio de 1961, el mismo día que el escritor estadounidense Ernest Hemingway se suicida a la edad de 61 años. 
Cubrió con pulcritud el reverso del recorte con pegamento procediendo a completar ceremoniosamente el puzle. Retrocediendo unos pasos sin apartar los ojos de aquel pedazo de cartulina que durante años había frenado su vida, se sintió por primera vez vivo; había muerto.
Un hombre camina por la calle con una maleta roja vacía, indocumentado, sin dinero. Nadie entiende por qué sonríe.   

                                                                                                   FIN   

    

   

     

 

Escrito por Jardines del Drac

LEED LOS CUENTOS DE VEINTIDÓS GRULLAS DORADAS

Os informamos que nuestro libro de relatos “Veintidós Grullas Doradas” se ha agotado. Esta feliz noticia, trae como consecuencia que muchos amig@s se hayan quedado sin leer nuestros cuentos.
A partir de hoy y con periodicidad quincenal aparecerá uno de ellos hasta completar los veintidós. En menos de un año tendréis toda la colección en nuestro blog.
Empezamos con el prólogo y coincidiendo con la noche de difuntos el del arcano sin nombre, es decir el XIII y que se trata del cuento de Carmen Huerto, El coleccionista de esquelas. ¡A disfrutar! Al final de cada relato podéis hacer vuestros comentarios y críticas que serán siempre bien recibidos.

                                                                  PRÓLOGO

                    “-¿Quieres decirme, por favor, qué camino tomar para salir de aquí?

                     - Eso depende  mucho de adónde quieres ir- respondió el Gato.

                      -Poco me preocupa a dónde ir- dijo Alicia.

                      -Entonces poco importa el camino que tomes- replicó el Gato.”

                                                                                                                                   Lewis Carroll.  

                                                                                                      Alicia en el País de las Maravillas.       

 

            En las páginas de este libro encontrarás veintidós senderos. Todos ellos están basado en la experiencia vital que subyace en cada uno de los arcanos del Tarot. No importa por cual empieces, pero sí que los bebas  todos.

            Te invitamos a viajar a través del tiempo y el espacio, recorriendo el extremo Norte del lado Oeste, hacia el Sur de una tierra al Este del Edén, desde el reino ¿imaginario? del Preste Juan hasta el universo virtual encerrado en el fondo de un caleidoscopio. Un viaje geográfico del Mediterráneo a Hiroshima, de Nueva York a un pueblo cualquiera de nuestra geografía. Un viaje realista, surrealista, onírico o iniciático, depende de ti, donde encontrarás hombres-lobo, casas encantadas y palomas dentro de una chistera. Un viaje en el tiempo: El Toledo del siglo XV, la Guerra Civil española o el 20 de diciembre de 2012, último día en que el Quinto Sol se alzará en el horizonte. Un viaje interno, al centro de ti mismo, atrapado en las líneas de una carta de amor o en los pliegues de una bandera republicana. Y por último un viaje hacia lo alto, hasta la luna, subido en una cometa. 

            En cada volumen encontrarás una carta del Tarot incluida al azar, no busques en ella otros significados que los que tú mismo elijas, si acaso te sugerimos que empieces la lectura por el relato correspondiente a este arcano, quizás tenga algo especial que decirte. Deseamos hacerte sonreír, reflexionar, recordar, intuir, emocionarte, embriagarte y hacerte vivir algún momento de “Nuncajamás”, inefable y breve como el paso de un ángel.

Feria del Libro de Zaragoza 2010

Carpa de la Feria del Libro de Zaragoza 2010

Escrito por Jardines del Drac

LA CONCIENCIA DE LAS MARIPOSAS

Debido a las peticiones de muchos amigos y con el consiguiente permiso de la Fundación Max Aub, os ofrecemos el cuento de Carmen Muñoz, que como os informamos en su día fue finalista del Premio Internacional de Cuentos Max Aub en su XXIV edición.

 

CARMEN MUÑOZ ARIZA

                             LA CONCIENCIA DE LAS  MARIPOSAS
 

      Los ojos del coyote seguían el vuelo de las plumas de quetzal. Con mirada brillante se recreaba en el devenir de aquellas dagas incruentas que acuchillaban el viento en la tarde mejicana. La presa seguía poseída por la atávica danza, ofrenda tardía al Quinto Sol que moría un poco más cada día.

     No tenía prisa, estaba condenada,  y se divertía dejándole creer que era todavía un ser libre. Más tarde hincaría los colmillos sobre su cuello robándole el aliento, suavemente, haciéndole saber quien era desde entonces el amo de su vida. Cualquier gesto brusco, cualquier intento por zafarse apretaría el abrazo de sus mandíbulas, estrangulándola, pero aún había tiempo y a él le gustaba ser generoso con sus víctimas.

     Los pies, protegidos por los cactli  golpeaban el suelo en cada salto haciendo sonar las ajorcas alrededor de los tobillos. Sólo los encumbrados podían llevar esas sandalias de tiras de cuero, el resto de la población vivía descalza, parecía no dolerles los guijarros que se les clavaban en las plantas o, al menos, no se quejaban. Antes de comenzar la danza el guerrero se había despojado de su tilmatli, que llevaba sujeto al hombro y cuyos dibujos, entramados de oro y plata, indicaban su alta posición en el rango militar, era un pilli, un héroe. Un rico pectoral oscilaba en cada envite de su pecho al compás de la música monótona, dura y repetitiva que llevaba al éxtasis. Sartales de caracolas y turquesas  acorazaban sus músculos desnudos. No podía dejar de bailar. Los ricos brazaletes de sus brazos lo aferraban como grilletes a la alta posición que detentaba, la de los señores de aquella tierra. Su cabeza se estremecía debajo del penacho de plumas de aves raras como un arco iris enfebrecido. La sangre en sus venas recorría su cuerpo obligándole a sacudirse al dictado de la memoria de sus antepasados. El tiempo había detenido su loca carrera y parecía en suspenso hasta que el último golpe de timbal lo sacó del trance. El poderoso azteca volvió a ser un pobre campesino sin tierra.

.profesorenlinea.

...como un arco iris

     Con cuidado guardó sus galas, como le gustaba llamar a su plumado disfraz, en una caja de cartón sobre el armario del cuartucho que compartía con cinco hermanos desde que el mayor de ellos, Miguel, lo había abandonado para dirigirse a la tierra de los gringos. Una torpe carta, escrita tres meses después de su partida,  les había anunciado que había cruzado la línea divisoria por algún punto de los tres mil quinientos kilómetros de frontera que separaban las dos civilizaciones. Sumergirse en las aguas del río Grande a nado suponía el bautismo que lo convertía en hijo bastardo de  “la gran puta del norte”, un “wet back” o “espaldas mojadas”. Él sería el siguiente.

     Se enfundó sus “jeans” gastados, una camiseta de colores comidos por las lavadas y las deportivas nuevas que escondía debajo de la cama para quitarlas de la vista de sus compañeros de dormitorio, que las miraban golosamente. Ya en la calle, Emiliano se dirigió hacia la plaza festiva en la que hacía un rato se había sentido un amo del mundo, un príncipe de la guerra precolombino. Apoyado en la pared del bar, el coyote lo esperaba con un tequila en la mano. Aunque anochecía, el traficante de ilegales cubría su frente sudorosa con un sombrero tejano y una estrella de plata de cinco puntas ceñida al cuello tapaba el primer botón de su camisa. Entre las rendijas de su mirada oblicua de indio, vio venir a su cliente.

     – Qué hay de bueno, Francisco- saludó Emiliano.

     – Te he dicho que me llames Frank, Francisco es nombre de muertos de hambre como tú ¿has entendido?- El muerto de hambre apretó los dientes y sostuvo la mirada. El recuerdo de una chica le dio fuerzas.

     – Si, Frank.

     – ¿Has traído el dinero?- preguntó el coyote.

     – Si, Frank- respondía Emiliano con falso servilismo. En su interior sabía que tenía que doblarse ante su yugo si quería liberarse de las cadenas de un futuro sin esperanzas.

     Los gruesos dedos del traficante contabilizaron los dólares y su gesto adusto se suavizó. Apoyando su pesado brazo sobre los hombros del campesino lo invitó a un trago y lo condujo al interior de la cantina. El joven se dejó llevar.

      -Mañana a las seis, aquí mismo. Estate preparado o me voy sin ti, no tengo ningún problema en llenar tu plaza, y no te devolveré los pesos si no vienes, los negocios son los negocios- dijo Frank. El trato estaba cerrado. Emiliano fue al encuentro del amor. 

     Atravesando  cúmulos y estratos, viajando en una gota de agua, expandiéndose en cada ráfaga de aire que besa primero la cara de un niño en América Latina y abraza después la cintura de una mujer blanca y azul como el paisaje de su tierra de hielo, flotando entre la niebla que reboza los árboles todavía dormidos, abrasada por los rayos impíos que tuestan la arena de los desiertos, la conciencia penetra en la Naturaleza. Puede bañar los objetos y los seres de forma lenta, impregnándolos hasta que la materia de la que están hechos nota su peso. A veces desciende como un rayo que ciega y cauteriza. Y todo se mueve. Las moléculas se agitan dentro de cada cuerpo y se ponen al mando de la Vida, que se expande en círculos concéntricos. Lejos ya de nosotros, esa vibración conduce los soles y los planetas hasta el centro de las galaxias.

     Nadie sabe donde se aposenta, tal vez no tenga una base anatómica sobre la que descansar y cualquier conjunto de átomos pueda servir de receptáculo: el tímpano en el que choca la música, los dedos que acarician, los ojos que buscan un nuevo horizonte, las alas de una mariposa.

     El tronco del oyamel quedó súbitamente desnudo. Como un solo ser, miles de mariposas monarca emprendieron el vuelo. Habían recibido el mensaje de partir, cuando los días se hacían más largos y la tibieza del aire lamía sus alas. Millones de congéneres habían consumado su ciclo en esas montañas: nacer, reproducirse y morir, un círculo completo que duraba de dos a cinco semanas. Sus hijas, las que ahora tomaban el relevo, dejarían su vida en suspenso hasta completar un viaje de cuatro mil kilómetros hacia el norte. Los Grandes Lagos, en la frontera de Estados Unidos y Canadá serían los testigos y beneficiados: polinizarían flores y pintarían los bosques, sólo entonces podrían transmitir sus genes, antes de que algún guijarro del suelo o el estómago de un pequeño animal les sirviera de tumba. Para ello disponían de un tiempo extra. Las que consiguieran terminar su epopeya habrían alcanzado casi la inmortalidad, nueve meses de vida. Más de mil años para un hombre.

...mariposas monarca

     En silencio cargaron sus cosas. Francisco, Frank, esperaba al volante con el motor al ralentí a que todos tomaran asiento. La furgoneta se puso en marcha con seis personas a bordo: cinco ilegales y el traficante que los conducía dócilmente por una senda plagada de incógnitas. Ninguno miró hacia atrás, nadie habló, el golpe seco de la portezuela al cerrarse  sirvió de saludo.

     Demasiado nervioso para rendirse al sueño de la madrugada, Emiliano contemplaba levantarse el día a través de la ventanilla. El vaho de su aliento se interponía entre él y el paisaje como una cortina de preguntas sin contestar que el joven se esforzaba por disipar con la manga de su camisa pero antes, ocultando el gesto a sus compañeros, escribía con dedo amoroso un nombre de mujer en la superficie blanquecina.

     Habían tomado la carretera que conducía al norte desde las tierras luminosas y pobres del sur de Méjico. Cuanto más avanzaban menos acogedora les parecía la primavera que comenzaba, acostumbrados como estaban a la generosidad de su sol. El primer día transcurrió casi por completo en el mutismo, cortado de vez en cuando por las secas palabras del coyote

     – Cinco minutos para una meada y seguimos. No se alejen mucho o me voy sin ustedes.

     Al atardecer se salieron de la ruta y buscaron una carretera secundaria. Acamparon en un pequeño bosque. Unas cuantas latas de conserva calentadas al calor de una hoguera les sirvió de cena. La luz de las llamas hacía brillar los rostros y, por primera vez, se miraron unos a otros.

     Se levantaron temprano y, como obedeciendo a una ley no escrita, continuaron en silencio la marcha. Después de atravesar una Querétaro somnolienta, la renqueante furgoneta se dirigía hacia San Luis de Potosí. La antigua riqueza minera de la región le había valido este apelativo, hermanada gracias a la plata de sus entrañas con las ricas minas bolivianas de las que había tomado el nombre. Su fortuna procedía ahora de la industria y el comercio. Tal vez no les hubiera resultado muy costoso a aquellos hombres encontrar un trabajo de obrero en una de sus fábricas con el que alimentar una familia; sin embargo, miraban al frente sin detener la vista en el tejido urbano que les rodeaba. Sus sueños estaban poblados de multinacionales en las que trabajar de ocho a cinco, grandes carros con el depósito lleno, pantallas de televisión en la que rubias y esculturales modelos anglosajonas les sonrieran mostrando la sonrisa de la abundancia y después, tras haber ofrendado su sudor en los nuevos altares, volver unos días a sus pueblitos moribundos  con las manos llenas. Para eso habían estado escarbando la tierra durante años, doblando la espalda sobre los surcos para recoger el fruto. Separando monedas y pequeños billetes de los míseros salarios para pagar el precio de la usura, un viaje hacia un destino incierto.

     Un ruido ronco anunciaba problemas. La furgoneta perdió velocidad hasta pararse. Malhumorado, Francisco, bajó del coche y levantó el capó

     -¡La hija de la gran puta, se ha chingado el motor!- aulló el coyote- no podemos seguir-, los demás intercambiaron miradas de preocupación.

     -Vamos a tener que pasar la noche aquí mismo, en la cuneta. El pueblo más cercano está a veinte kilómetros, lo digo por si quieren cenar- apostilló burlonamente.- Si no logramos  arreglar la avería tendré que conseguir un nuevo vehículo y eso costará tiempo y dinero ¿está entendido? los imponderables corren de su cuenta. Miró las caras mestizas que se ensombrecían.

     -Si, ya sé que llevan poco dinero encima pero seguro que sus familiares les pueden ayudar. No se preocupen ya pagarán en destino.

 Un sonido ahogado, triste como una queja no expresada se escapó de una garganta, pero nadie dijo nada. Con las tripas vacías intentaron conciliar el sueño. Tan sólo algún coche tardío iluminaba la noche sin pan de aquellos infelices. Emiliano se juró recordar esa sensación y luchar a vida o muerte para no volver a ser poseído por ella. Más tarde, el chasquido efervescente de una lata que se abría desveló al muchacho. Dentro de la furgoneta, en la oscuridad, el traficante se regalaba unos tragos y unas viandas.

     La nube de mariposas abandonó su santuario de invierno en las montañas de Michoacán. Presintiendo abril, desplegaron las alas y las entregaron a los vientos. Así, mecidas por las corrientes de aire se dejarían arrastrar sin ofrecer resistencia, como minúsculas cometas zafándose del cabo que las sujeta a unas manos. No eran tantas como otros años; muchas de las que habían llegado en octubre desde Canadá habían seguido su vuelo sin detenerse en sus refugios ancestrales. Las monarca necesitan bosques apretados, lujuriosos, para aposentarse, una especie de capullo protector formado por las altas ramas de los oyameles donde vivir a salvo. A ras de suelo, las poblaciones humanas precisaban de la madera para su supervivencia. Apilados en los caminos, grandes troncos esperaban los camiones que los llevarían a los aserraderos. Tarde o temprano ni mariposas ni hombres podrían seguir viviendo en aquellos valles arrasados. Imitando a sus vecinas,  los campesinos de la región extenderían sus alas y buscarían nuevos territorios, al norte, donde dicen que hay comida en abundancia y un futuro mejor para sus hijos; para unos y otras una carrera de obstáculos en la que sólo unos cuantos llegarían a la meta.

...en las montañas de Michoacán

     El coyote parecía intranquilo, apretaba el celular a su oreja y hablaba a gritos mientras caminaba nerviosamente en ambas direcciones. Las noticias que se filtraban a través del minúsculo artefacto parecían no satisfacer sus deseos. Las patrullas fronterizas habían redoblado esfuerzos y su compinche del otro lado estaba inmovilizado en “el corralón”, el centro de detención de ilegales de El Paso, en Texas.  Recluidos entre esas paredes, gentes dispares esperaban ser repatriados: blancos descendientes de españoles, italianos o judíos askenazis, indios de todas las etnias del subcontinente austral, negros y mestizos, unidos todos por un alma que se expresa en la misma lengua, el castellano.

       No era la primera vez ni sería la última, Alfredo Morata, Fred desde hacía unos años, tenía tanta habilidad para dejarse atrapar por “la migra” como para zafarse de ella. Formaba parte de su “job” como llamaba eufemísticamente a su labor para ayudar a cruzar la frontera a sus compatriotas. Antiguo “wet back”, acompañaba a los ilegales en su incursión en Estados Unidos. Cuando olisqueaba un “jeep” de la pasma ocultaba a los mejicanos en algún zulo y les daba instrucciones por si no volvía en veinticuatro horas, luego salía al encuentro de la policía y se dejaba atrapar, esquivando la suerte de los ilegales. No podían hacerle nada, tenía papeles y, aunque sospechaban de él, jamás lo habían pillado traficando con seres humanos. Era cuestión de días o de horas y saldría libre. Al otro lado, la suerte de unos hombres quedaba en suspenso.

     -Decidan-, comunicó Francisco cuando terminó de hablar por teléfono. – O tomamos a la izquierda, por Chihuahua a Ciudad Juárez para cruzar por El Paso o tiramos recto hasta Piedras Negras y atraviesan la frontera por Eagle Pass-, terminó. Uno de los compañeros de Emiliano, un tal Rubén, que recorría el mismo trayecto por tercera vez, fue el primero en hablar

     -¿Qué posibilidades tenemos en cada caso?- la ingenua pregunta dibujó una torcida sonrisa en el coyote, a veces hasta él mismo sentía lástima de esos miserables.

     – Si vamos a  El Paso contarán con la ayuda de mi compadre, Fred, y les será más fácil tener éxito, pero no sabemos cuánto tendremos que esperar, mi socio está detenido y tiene a los “polis” sobre su pista y yo no voy a perder mi tiempo con ustedes a menos que ajustemos de nuevo el precio.

     Protestaron, gritaron, maldijeron al coyote y a la vida perra que les había tocado vivir, algunos se llevaban con impotencia las manos a la cabeza y otros, como Emiliano, cerraban los dedos crispados sobre las palmas convirtiendo unas manos que sirven en puños que luchan. Desprovisto de todo adorno, aquel gesto otorgaba de nuevo al danzante azteca su condición de guerrero.

     Francisco estaba acostumbrado a estas reacciones y sabía manejarlas, sólo en contadas ocasiones había sacado a pasear su “pipa” como medida disuasoria

     – Si deciden ir a Piedras Negras mañana mismo podrán atravesar a nado el Río Grande, conozco algún recodo tranquilo y con poca vigilancia, aparte de eso, tendrán que contar ustedes con sus propias fuerzas. Les daré las direcciones de unas cuantas granjas que no piden documentos y contratan “espaldas mojadas”. Lo que les suceda a partir de entonces será cosa suya- concluyó.

     El cenzontle espera entusiasmado la caravana multicolor que todas las primaveras cae como una lluvia de confeti de las alturas. Las mariposas monarca se creen protegidas por el escudo venenoso que les proporcionan las asclepias, las flores anaranjadas que son su fuente principal de alimento. Los alcaloides venenosos de estas plantas impregnan sus tejidos haciéndolas poco apetecibles para pájaros, ratones y lagartos. Los llamativos colores de sus alas, de tonos ambarinos bordeados en negro, ponen sobre aviso a los posibles depredadores de su toxicidad, pero esta avecilla, llamada también calandria americana, ha aprendido a distinguir las partes comestibles de estos insectos convirtiéndose en su verdugo. Aunque  nada tiene que ver con la calandria del otro lado del Atlántico, los primeros pobladores europeos le dieron ese nombre por compartir la rara habilidad con la que despliega su canto, capaz, incluso, de imitar el de otras aves y la música de los hombres. Después de volar durante horas por encima de las nubes, a una altura de mil metros, recorriendo distancias de hasta ciento veinte kilómetros, de controlar la posición de sus alas para no gastar energía, después de enfrentarse al choque con otras especies migratorias o de perder el rumbo por alguna violenta ráfaga de aire las monarcas descienden al atardecer para posarse en los troncos y ramas de los árboles, pero antes deben esquivar los picos de los cenzontles, que aguardan vigilantes su llegada.

...el cenzontle espera

     Como un solo ser cubren troncos y ramas, las unas sobre las otras, en un afán de no perder calor y poder atravesar la noche sin dejarse vencer por el frío. En la oscuridad, el ruido de sus alas parece un rumor de papel de seda arrugado. A veces, vencidas por su excesivo número, caen al suelo húmedo del bosque y quedan condenadas. Las que permanecen aferradas no podrán abandonar su improvisado lecho hasta que el sol caliente y la temperatura del aire alcance dieciséis grados centígrados.

     Tenía demasiado miedo para sentir miedo. Ni siquiera el abrazo helado del agua llegaba a su conciencia. No podía dejar el menor resquicio para la duda; la más pequeña  excusa no debía retenerle a este lado del mundo o se arrepentiría toda la vida. Se había despojado de sus deportivas, las había atado  por sus cordones  colocándolas alrededor de su cuello; esperaba que no se le enredaran en la garganta durante la travesía. Sus pies sintieron el seco contacto de la tierra de Méjico antes de ser engullido por el río; la próxima vez que tocaran suelo sería el suelo de otros, hijos de emigrantes como él, pero de eso hacía tanto tiempo que ya no se acordaban.

     Una pequeña mochila a la espalda era el ajuar con el que comenzaría una nueva vida; dentro, algo de ropa, unas fotos, unos dólares y el reloj que heredó de su padre, envuelto todo en unos plásticos para preservarlo del agua. En la memoria, la dirección y el número de teléfono de su hermano Miguel (¿”Maicol”?) en San Antonio y el recuerdo de la futura madre de sus hijos “americanos”.

     La noche cerrada daba sentido al nombre de aquel lugar, Piedras Negras, y teñía de negrura también a los hombres que se atrevían a desafiar  la muerte: almas negras, miedo negro, esperanza negra. Se habían alineado como soldados delante del imponente cauce haciendo acopio de valor cuando la furgoneta del traficante había abierto las puertas y soltado su carga en un camino pedregoso. Ni siquiera había acompañado su despedida con las luces de los faros iluminándoles el trayecto. Un gajo de luna era la única claridad que tenían para guiarse. Emiliano, con el agua a las rodillas, veía mojarse la espalda de un compañero que avanzaba unos pasos por delante. Por detrás gemidos, sollozos, el llanto de Rubén golpeando con los puños el agua: “No sé nadar” creyó oír, pero no se volvió.

     La corriente lo llevaba río abajo. Luchaba por avanzar en sentido transversal pero su cuerpo ancho y macizo no estaba hecho para cortar el agua sino para caminar interminablemente bajo la mirada abrumadora del sol. Algún remolino hundía su cabeza y apretaba el lazo de los cordones de su calzado, como un cordón umbilical enredándose en su cuello, mientras flotaba en un líquido amniótico que debía abandonar si quería nacer a una nueva vida. Sintió la angustia de venir al mundo. El peso del pequeño fardo que transportaba se le hizo insoportable y tuvo que deshacerse de él. Libre ya de todo, con la esperanza como única carga, sus brazos fibrosos consiguieron alcanzar la otra orilla. Se arrastró unos metros y se echó a llorar. Estaba solo, tenía hambre y frío. Tendido sobre su espalda mojada miraba la noche a su alrededor; le parecía tan negra e inhóspita como la de su tierra.

     Debía seguir caminando si no quería sufrir de hipotermia. Miraba a un lado y otro para descubrir algún indicio de los otros hombres, sin hacer ruido para no ser descubierto. Súbitamente se hizo de día y una luz cegadora le hizo cerrar con fuerza los ojos llevándose las manos a la cara. Estallaron colores y comenzó a bailar su danza guerrera haciendo sonar las ajorcas alrededor de sus tobillos, mientras sartales de caracolas y turquesas subían y bajaban orgullosas al compás de su pecho. Sus pies obedecían al ritmo del timbal y sus pulmones se llenaban de los aromas de las resinas quemadas que endulzaban el aire con sus volutas rizadas. Era un príncipe azteca, un amo del mundo.

     Un dolor insoportable en su flanco derecho lo sacó de la inconsciencia. Se levantó la camiseta húmeda y un círculo violáceo apareció en el lugar  donde había impactado la bala de goma. Una coraza sanguinolenta, como una red de collares de coral y amatista cubría su costado. Apretó el brazo contra su pecho y se acurrucó en el suelo, rodeado de flores anaranjadas, bajo un abismo tan azul que parecía desconocer las tormentas.

     Se quedó largo tiempo mirando hacia arriba, hasta que una lluvia de confeti comenzó a caer sobre él. Las mariposas monarca descendían de las alturas para libar el néctar de las asclepias antes de continuar rumbo al norte. Emiliano reconoció aquellos insectos que vivían en cálidos refugios al sur de su tierra hasta que la conciencia sacudía sus alas y las empujaba a dejar sus bosques de oyameles. Las miró revolotear nerviosas e insoportablemente frágiles, entregadas confiadamente a los caminos de viento que las llevarían a su nuevo hogar hasta que, como un solo ser, levantaron el vuelo. Emiliano se puso en pie penosamente, conteniendo el dolor de la herida con una mano mientras con la otra intentaba agarrarse a las alas de las mariposas. Alucinado por la fiebre se sintió una de ellas y le pareció volar. El miedo se disipó y se rindió a su destino. Creyó que unas manos invisibles lo sujetaban y lo conducían. Aún no había acabado el viaje para ninguno de ellos pero la frontera quedaba detrás. Muchos de esos seres de papel conseguirían alcanzar la meta; tal vez él fuera uno de ellos. Como único equipaje llevaba en la memoria las señas de su hermano y el amor de una mujer.

     Al atardecer divisó lo que debía de ser una granja.

     -Could you help me, please?- preguntó  en un improvisado  inglés de supervivencia.

Los ojos irlandeses del granjero se clavaron en Emiliano.

     -¿Wet back?

     – Yes.

     – Come in.                                     

     En un bosque cercano cientos de árboles se vestían de alas.

                                                                    FIN

... cientos de árboles se vestían de alas.

Escrito por Jardines del Drac

Alejandro Casona

El próximo día 17 se cumplen cuarenta y cinco años de la muerte de  Alejandro Rodríguez Álvarez,  a quienes algunos llamaban el”el Solitario” y al que todos conocemos como Alejandro Casona.

          Casona  nació en Besullo, una aldea de Cangas de Nacea en Asturias y murió en Madrid el 17 de septiembre 1965. Fue escritor, poeta, articulista, pero sobre todo destacó como un genial draaturgo. En muchos lugares y publicaciones podéis encontrar su biografía y su exitosa bibliografía.

     En el pasado he podido visitar varias veces su aldea de nacimiento y constatar que no fue en la Casona dónde nació o habitó Alejandro Rodríguez, aunque él mismo lo dijera en New York y a unos periodistas y a quién quería preguntárselo y es por eso, que así lo aseguran sus biógrafos. Tampoco tiene siete balcones la casa en cuestión. Sin embargo, Casona trasmite el alma de Besullo y de toda Asturias en sus escritos: la Dama del Alba o La casa de los siete balcones, así lo atestiguan. Y su estilo drámatico y lírico destaca en toda su producción literaria. La sirena varada; Los árboles mueren de pie; Nuestra Natacha o Siete gritos en el mar, son parte de sus perlas literarias.

               Hace unos pocos años gané un concurso de relatos con una obra que quería destacar la personalidad del autor y su constante relación con la muerte ( la Dama del Alba). Aquí os lo inserto, para vuestro disfrute y como un pequeño homenaje al maestro.

 

  

                             

                                                             LA DAMA DEL BOSQUE  

                                                                        por

                                                               Jordi Siracusa            

       Sé que ha venido, que está ahí, entre el público que abarrota la sala. Sé que ha venido al estreno, que no quiere perderse mi última obra: sabe que es ella y sólo ella la protagonista.

           Me refugio entre bastidores y desde allí espío a los que van tomando asiento en  platea. Encerrado en mi mundo de tramoyas, decorados y fantasía la espero. La intuyo. Quizá esté ya dentro de mí, disputando el aire a mis células, haciéndose espacio entre mis órganos. Quizá esté sentada en las primeras filas aguardando a que el telón se levante, deseosa de verse representada.  La presiento como el día que la conocí, allá, en Asturias,  en mi lejana aldea.

         Besullo está muy cerca del Paraíso. Las aldeas asturianas del interior se pierden entre frondosos bosques y alegres ríos trucheros. Por las noches la carpa celestial que las cubre  se puebla de millones de estrellas: luminosas ciudadanas del cielo, verdaderos ojos de un universo extraño y eterno. Escenario para la fantasía y las noches de amor.  El aire en la aldea es limpio, la ausencia de ruidos provoca una sensación de tranquilidad y bienestar. Las casas van elevándose a lo largo de la calle principal por encima de la vega. Desde la aldea baja un camino hacia “El Pradón” frente al cual está la capilla de Las Veigas. El mismo camino que bajan y suben los romeros el día de su patrona.

            A pesar de haberme marchado de la aldea a los siete años, regresaba cada verano. Me sabía las caprichosas formas de los castaños de Las Veigas de memoria. Mis más hermosos recuerdos vagan todavía por aquellos parajes.  Cada uno de los troncos vacíos y heridos de los árboles fueron fortaleza, trinchera, refugio o jardín encantado. Por las noches, sobre todo en las hermosas noches de verano, las estrellas de Asturias eran mis confidentes y amigas. Allí, tumbado de cara a la inmensidad, pretendí mil veces contar las luces que con tanta generosidad me ofrecía el cielo. Era  feliz. Por esas razones volvía cada verano a mi aldea.   El reencuentro con los amigos de infancia y de juegos se me antojaba como una bendición. La palabra amigo era sinónimo de alegrías compartidas, de meriendas en el río, de bailes, de fiestas. La palabra amigo me traía siempre dulces sensaciones, pero sobre todo, me inundaba de una tremenda ternura. Ternura  y  sentimiento por  aquellos compañeros  para los que el tiempo  pasaba exageradamente veloz convirtiéndoles prematuramente en  hombres y surcándoles el rostro de desengaños. Aquellas gentes hospitalarias, amables y sencillas, sólo tenían  sus propios valores y un pedazo de tierra. Unos en la superficie, con los distintos tonos verdes con que se pintan  los prados y los cultivos; otros, en la mina, tierras ocres y negras de carbón. Y todos, unos y otros, en el campo santo.  Mi primera visita era siempre para “La Casona”. Era, La Casona,  un hermoso edificio rectangular situado en el centro de la aldea. Sus balcones dominaban las calles y caminos de tierra que atravesaban el lugar. Era mi lugar preferido, mi castillo. En mi imaginación de adolescente  la había hecho “mía”. Y nada más cierto porque las cosas, como las personas, son del que las ama no del que las posee. Jamás cuatro paredes consiguieron despertar tanto cariño y admiración como la que yo sentía  por la mansión. Aquel era mi lugar de encuentro y el primer destello al llegar a la aldea, la primera mirada, el primer suspiro. . . el regreso.

           Recuerdo aquel día como hoy mismo. La leche recién ordeñada, el pan todavía caliente, y los “freisuelos” con miel fueron mi desayuno. Disponía de toda la mañana.  Mis amigos estaban en el campo ayudando a sus padres; desde la ventana de la cocina los veía trasegar con la hierba o llevar las vacas a pastar. Los gritos y silbidos llamando a  los animales rasgaban el silencio y llegaban a mis oídos  como una canción amada de agradable y familiar armonía. Era la melodía de la aldea que la ninfa Eco devolvía alegre desde las cercanas montañas.  Bajé a la Veiga saludando a cuantos encontré a mi paso. A pesar de la hora, el calor  ya se hacía notar; al llegar al Pradón no pude resistir lanzarme al mar de hierba y revolcarme por el heno. Quedé tendido boca arriba mirando la capilla, el pequeño templo parecía estar colgando del cielo sujetado por un invisible hilo. Lancé un profundo suspiro, me parecía increíble estar allí ¡lo había deseado tanto!  Pegué un brinco,  corrí hacia el bosque y me adentré en él.  Los helechos  parecían inclinarse y saludarme. Miré  los enormes castaños esculpidos por el viento. Todo olía a humedad, a una agradable fragancia  que anunciaba la presencia cercana del río. Todo estaba vivo y en movimiento, todo sentía: las plantas, las flores, los árboles, hasta la tierra. . . húmeda y viva.  Mi fértil imaginación  se disparaba con el entorno, cada rincón del bosque me parecía perfecto para imaginar una historia; en cada cueva, adivinaba la guarida de algún mitológico animal  que allí dormía desde hacía siglos, y en cada paisaje me parecía advertir la presencia de algún ser fantástico. 

           La memoria me traía todos y cada uno de los cuentos que el viejo Antón  me había relatado. Amaba a todos los personajes que en ellos aparecían: el Cuélebre, misterioso dragón que habita en los bosques de Asturias, a veces, bondadoso; otras, terrible y vengativo. Los Trasgu: pequeños duendes capaces de hacer  prodigios  y   pesadas bromas; las  Xanas: bellas y misteriosas doncellas, mezcla de hadas y de ninfas que  acostumbran a bañarse en los innumerables ríos  asturianos y  otorgan deseos a las aldeanas y aldeanos que se cruzan en sus caminos.  El bosque brindaba la posibilidad de toparse con uno de estos seres maravillosos. Y yo sabía que estaban allí, esperando cada verano mi regreso. ¡Ah, el viejo Antón!, sabía como nadie contar las quiméricas historias y las increíbles leyendas que escondía el bosque, lo hacia en la puerta de su casa, cuando los mayores dormían la siesta, en voz baja y con tintes misteriosos; acariciándose la barba cada vez que el cuento llegaba al punto culminante.  Llegué al río y me quedé largo rato contemplando las limpias y transparentes aguas. En algunos recodos quedaba momentáneamente atrapada asemejando un espejo; sin apenas movimiento,  la clara superficie sólo se rompía por la aparición de alguna golosa trucha en busca de un apetitoso insecto. En todo su recorrido, ya fuera en los tranquilos pozos o en los agitados cambios de nivel, el río mantenía su cristalina condición permitiendo ver todo su limpio lecho. Las piedras, algunas ramas, las plantas ribereñas, todo, servía de refugio y guarida a los cientos de truchas que sesteaban tranquilamente. Me senté en el tosco puente de madera.

           En aquel maravilloso entorno algo llamó mi atención, allá más lejos, en un pequeño claro de la ribera, se adivinaba la figura de una mujer aparentemente dormida. Se trataba de una hermosa  joven reclinada sobre su lado izquierdo con su larga cabellera rubia flotando sobre la hierba. Se cubría con una túnica de color claro de imposible relación con cualquier gama de colores. No era blanca y sin embargo, el tono de la prenda, no podía catalogarse como gris. Era de un extraño color perla que bajo el efecto del sol parecía más nítido y en las zonas de sombra más oscuro. Una guirnalda de pequeñas florecillas le rodeaba la frente a la bella. Mi corazón  dio un brinco ¡Era ella! ¡La Xana del río!  Me levanté como un resorte, atravesé el puente y sigilosamente, me acerqué a la desconocida procurando no ser visto. La observé con deleite. Comparada con las mujeres de las aldeas era delgada, no de una delgadez exagerada, se trataba de una esbeltez exótica,  equilibrada y estéticamente correcta. Miré sus manos: unas manos largas y perfectas con unos hermosos dedos de artista. No había duda, se estaba realizando uno de mis deseos más queridos: ver una Xana. Hada de los bosques y reina de los ríos.  Quise contemplar más de cerca aquel rostro y sin darme cuenta, me encontré sentado a medio metro de ella. Una extraña sensación me recorrió la espalda. A  pesar de mi sigilo no pude evitar que mi presencia despertara a la durmiente. La mujer  se incorporó algo sobresaltada. Mi primera impresión se vio satisfecha por entero: era una beldad. No obstante, sus facciones, extremadamente duras, disipaban en parte su belleza.

            -¿Te he asustado? – pregunté, esbozando una sonrisa de disculpa. Ella me devolvió la sonrisa.

            – No, no me asusto fácilmente -  respondió visiblemente divertida. Su voz sonó lejana, distinta.

           El río pareció callar y un extraño silencio, ausente de ecos del bosque, ofrecía un insólito escenario a nuestra conversación:

           – Entonces. . .  ¿no te importa que te haya despertado?

           – No, en absoluto, debí de quedarme dormida. Tenía que ir a buscar a alguien,  pero ya no es posible. . . llego tarde y ahora deberé esperar un largo tiempo.

           -¿Se enfadarán contigo?

           – En este caso, no. Me esperaban; sin embargo, se alegraran de que no vaya.

           – ¿Por qué? ¿No te quieren?

           – A veces sí, me desean, me llaman. Pero habitualmente no soy bien recibida.

           Traté de  decirle que a mí sí me gustaba, pero callé. Durante un buen rato hablamos y hablamos. La conversación giró en torno al bosque y sus fantásticos habitantes. Y nuestras risas volaron por un entorno silencioso e intranquilo.

           -   Debo marcharme, es ya muy tarde. . . o quizás muy pronto – dijo ella.

         No entendí sus palabras. No obstante, le sonreí. Era la forma de agradecerle su agradable conversación. Ella trató de devolverme la sonrisa; sin embargo sólo consiguió dibujar una extraña mueca. Nos despedimos sobre el viejo puente. La mujer desapareció entre los árboles y yo corrí hacia el pueblo, feliz por el encuentro. El río inició de nuevo su murmullo y los sonidos de los animales del bosque se volvieron a escuchar, los árboles parecieron animarse. El bosque volvía a ser bosque.

           Al llegar a Besullo me dieron la noticia. La pequeña Alicia – una vecinita de la aldea – había sufrido una terrible caída desde la panera donde jugaba. El fatal vuelo había terminado con un tremendo golpe en la cabeza de la niña. Cuando sólo quedaba el recurso de las lágrimas y los rezos, cuando todo estaba perdido, la niña se recuperó milagrosamente. Unos días más tarde, Alicia, me contaba su “aventura”. Con la  descriptiva sencillez de los niños, la pequeña desgranó los momentos antes de la caída, incluso recordaba el imposible salto. Luego, acercando su carita a mi oído, me relató la parte más extraña  de su historia. La pequeña recordaba que en su inconsciencia pudo adivinar una brillante luz al final de un largo camino. Atraída por la luz había avanzado hacia la claridad, segura de que alguien la estaba esperando, pero al llegar al final del sendero se encontró sola, sin saber qué hacer frente aquel sol luminoso, regresó sobre sus pasos. Me impresionó el relato de Alicia. Durante días dos temas me obsesionaron: la aventura de mi pequeña amiga y el encuentro con la extraña dama. La inminencia de las fiestas del pueblo me hizo olvidar un poco ambas cuestiones.

           Un cohete surcando el azul cielo de Besullo anunció que se iniciaba la procesión. Los gaiteros convirtieron el aire en sonido y los romeros iniciaron la bajada a las Veigas. Mozas ataviadas con el traje típico asturiano rodeaban las imágenes que eran portadas a hombros.  Hay sensaciones que nos llegan y  quedan  dormitando en nuestra piel. Hasta que un sonido, un aroma, o un grito las despiertan y vuelven a pasearse por nuestras neuronas devolviéndonos recuerdos que nos pertenecen y a los que pertenecemos. Una de esas sensaciones fue siempre el recuerdo del cohete anunciando el inicio la fiesta. El repicar de campanas, el olor a manzana, o el peculiar lamento de una gaita me acompañaron siempre, incluso después de muchos años y muy lejos de Asturias. Son recuerdos de la aldea, de mi infancia; tantos, que cuando tuve que escoger un seudónimo para mi oficio de escritor, periodista, cuentero y autor teatral, mi elección evocó aquella casona lejana y querida. Dejé de ser Alejandro Rodríguez para convertirme en Alejandro Casona.

           La gente se arremolinaba para ver a los romeros portando a su Virgen. Y Allí, entre los lugareños y visitantes que esperaban en la ermita que bajara la procesión, me pareció verla. ¡Sí, era ella! La extraña dama del bosque. Bajé corriendo adelantándome a la romería. Grité tratando de llamar la atención de mi nueva amiga; en aquel preciso instante la traca de cohetes y voladores empezó su ruidosa ofrenda  elevándose en pos de un cielo azul y maravillosamente cercano. El olor a pólvora y el humo cubrieron los alrededores de la ermita. Sólo pude ver cómo la dama desaparecía en el camino. La fiesta continuó; las gaitas sonaron por toda la Veiga iniciando el baile y el olor a sidra y rosquillas de anís se extendió por los prados vecinos. Sobre los manteles tendidos en la hierba aparecieron empanadas, pollo, ternera, el lacón y el excelente arroz con leche. A la siesta, bajo la sombra de acogedores árboles y de mullidas alfombras de hierba, siguió un animado baile. Los niños jugaban a pillarse entre los danzantes y los mozos buscaban a la moza de sus sueños entre trago y trago de sidra. Al anochecer, el baile y la bebida habían hecho estragos entre las cristianas huestes que empezaron a retirarse. Entre las despedidas  y los postreros rayos solares, me pareció ver a mi amiga alejarse con el viejo Antón; él parecía feliz y tranquilo.

           A la mañana siguiente el pueblo amaneció tarde; el olor a pan y empanada recién hecha volaban de un lado a otro de Besullo. Una noticia truncó la alegría de todos: el viejo Antón había aparecido muerto en su cama. Todo el mundo se sentía un poco culpable, nadie había notado su ausencia en la fiesta y el anciano había muerto solo en su cabaña. Les consolaba saber que, Antón, con sus cerca de cien años y  múltiples achaques había confesado en más de una ocasión sus deseos de descansar.  Sentí la pérdida de Antón. Él me había introducido en el mundo de la fantasía y la mitología. No comenté con nadie que le vi en compañía de la dama. En el entierro lloré amargamente y aunque no pude verla, noté la presencia de mi extraña amiga. Los días pasaron veloces como sólo pasan los días de vacaciones y la felicidad. Pero aquel atardecer quedaría en la memoria de todos. En la mina donde trabajaban muchos de los habitantes del “Concejo de Cangas”, el grisú, la terrible venganza de la tierra, había dejado atrapado a cinco mineros, dos de ellos vecinos de Besullo.   Los compañeros de galería contaban cómo el olor a metano pudrió el aire, una terrible explosión les ensordeció y la tierra engulló, en calientes bocanadas, a los cinco infortunados. Todos los hombres disponibles se trasladaron a la boca de la mina. Las mujeres acudían a consolar a los familiares de los mineros. En los rostros se podía ver el miedo; aquel miedo  tantas veces repetido: el temor de tantas y tantas salidas a la mina para ganar el pan.   El descombro de las galerías dañadas era lento y engorroso. Si estaban vivos, cada segundo era vital. Los mineros lloraban y  alguien maldijo a la muerte. Nadie se acostó aquella noche esperando noticias. Sin saber por qué mis pasos se dirigieron al río. La vi coger el camino de la mina. Corrí hasta darle alcance, me situé frente a ella y le miré a los ojos. La dama me devolvió la mirada:

                 -  Debo hacerlo – susurró.                  

                 Busqué su mano, aquella hermosa pero fría mano. Un extraño sentimiento nos invadió. Sin decir palabra la dama me miró, dejó una suave caricia en mi mano, giró sobre sus pasos y se alejó. Llegaba el alba. Volví a casa con lágrimas en los ojos,.  amanecía y en el pueblo todo era regocijo: los mineros habían sido milagrosamente rescatados.

                                                                                 Epílogo

           La volví a ver años más tarde, sobre una piel de toro ensangrentada por el odio entre hermanos y la ambición de los dictadores. Y en los lugares donde el exiliado pasa hambre de alimentos y hartura de nostalgias, y en las ciudades donde se enriquecen los poderosos. Y la retraté en mis libros, tal como es; tal y como queremos que sea  cada uno de nosotros. Y ahora sé que está aquí, en el estreno.  Mientras la compañía saluda al público y me llaman para compartir aplausos y éxitos, la presiento.

En la segunda fila, sobre el centro, se ha roto un corazón. . . ¡ella ha venido a mi estreno!           

                                                                                Fin

 Placa de Alejandro Casona en Besullo

 

Escrito por jordi