por Carmen Muñoz
…Y no voy a hablar de la final del mundial en la que a todos se nos paró el corazón durante dos horas. Dos horas en las que las calles descansaron de pisadas, los cines de espectadores y las urgencias de los hospitales eran realmente eso, urgencias.
Quiero hablar del verano, ese tiempo al que nos entregamos con furia después de un último esfuerzo, un último latido que haga correr la sangre por nuestras venas el breve lapso de las vacaciones. Hechos a imagen y semejanza de un Creador también nosotros necesitamos descansar y contemplar nuestra obra.
Al igual que el músculo cardiaco se exprime en cada sístole, desalojando el contenido, cada uno de nosotros necesitamos experimentar el vacío, la nada, el bendito encefalograma plano, en otras palabras: el olvido. No más despertador, corbata, colegio, autobús, trabajo, horarios, problemas, servidumbres casi todas ellas que nos permiten ser dueños de nosotros mismos uno de cada doce meses. Y se produce la diáspora. La ciudad, corazón de ladrillo, se vacía de nosotros, y el mar nos acoge. Nos quitamos prendas, capas y capas que nos envuelven, nos definen y nos pesan y las cambiamos por otras: bermudas y sandalias para el sufrido director de lo que sea, que aspira a no ser don Manuel por unos días, si no Manolito, como le llama su madre. Tacones, vestidos, accesorios y mucho rimmel para la cajera, la secretaria o la estudiante que buscan amor entre los decibelios de una discoteca playera. Gomina, camisetas ceñidas y perfume masculino para ellos, que buscan lo mismo pero lo llaman sexo. Hijos que se van de campamentos, libres al fin de las consignas diarias: estudia, lávate los dientes, hazte la cama, no te muerdas las uñas… Padres que recorren la casa disfrutando del silencio, intentando recordar la última vez que se sintieron pareja, novios, amantes… Tiempo de verano…en el que nos perdemos o nos encontramos, según se mire. La vida en suspenso, como un corazón entre dos latidos. O, simplemente, vida.






